Blatta orientalis


Un corrido mexicano me inmortalizó. Su música es pegajosa, como yo. Pero, hay algo que me inquieta: un hombre escribe de insectos. Él no me ve cuando paso entre sus zapatos y no sospecha que cuando duerme yo trepo a la mesa y cabalgo las hojas tatuadas. Leo y leo; no me canso. A veces, mastico las esquinas. Su sabor es muy similar a la corteza de los árboles. Al amanecer vuelvo a mi escondrijo y sueño con Gregorio y Grete, con esas vidas tan trágicas. Sueño con Gabriele, Valerie y Ottilie exterminadas en Auschwitz; sueño que no puedo comer y que muero en un sanatorio creyéndome un grajo.





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Acherontia atropos


Me dejaron sola. Abraxas grossularatia dijo que era terrorífica; Vanessa polychloros quiso envenenarme; Cossus cossus me sedujo para después bloquearme; Rumia luteolata era una murmuradora; Lymantria dispar tenía otra identidad; Papilio machaon era veleidoso, y Macroglossum stellatarum aseguró ver una calavera en el dorso de mi tórax. 

Mi mejor amigo, Samsa, me trajo jazmines y un poco de miel cuando caía la tarde. Luego, su padre lo golpeó hasta destrozarle el caparazón.

En la oscuridad, bebí sus heridas, mientras él imploraba la muerte. Fui generosa: yo terminé de escribir su historia.


 Son parte del juego:

Danaus plexippus

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Nicrophorus vespillo


Soy como soy, señores del jurado. Mi familia es la más antigua del planeta. Ya en el año 1300 A.C., momificábamos los cadáveres de los otros, los inocentes que paseaban cerca nuestro, alardeando de sus élitros transparentes. Silphidus era el encargado de engañarlos. Hasta las ratitas caían en sus juegos de tenazas.

Es cierto que maté a Gregorio. Se miraba todo el día en el espejo, esperando la transformación. Buenos días, Franz, decía frente a su imagen coleóptera, creyendo ver a un muchacho flaco y ojeroso.

No alcanzó a sentir el golpe, lo juro. Escarbé la tierra, lo deposité en su lecho y comencé de inmediato a hacer la bola. Con ella se alimentaron mis larvas, que crecieron y crecieron hasta llegar a ser una multitud de jóvenes tísicos, pálidos y muy melancólicos, todos escritores.








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Esto sí es literatura

 Para León y Sofía


Natalia lo trajo de San Pedro de Atacama el año 2000. Era un bebé. Vivió sus primeros años en maceta. Creció y creció y lo traspasé a la tierra, junto a las Espostoa lanata. Tuvo varios hijos, y de noche cantaba letanías del norte de Chile. Se hizo monstrua alargada: un metro, dos, tres. ¿Cuándo vas a florecer, madrecita?, le preguntaba año tras año. Y ella me respondía con silbidos de viento pacífico.

Para el terremoto del 27-F, se meció de un lado a otro hasta casi tocar el suelo. Pasamos la tembladera con ella, mientras el poste de la luz, rígido de cemento, crujía y estallaba en destellos de horror. Pensé que la casa se desplomaría y que moriríamos junto al cactus de alegre figura. La casa del año 50 resistió; el cactus dejó de agitarse. Yo caminé descalza en busca de una linterna; pisé copas rotas y espejos sin herirme y, típico de hembra, comencé a juntar agua en la bañera. Ivalú, la loba blanca, se escondió bajo una cama y no salió más.

Vi los pimpollos antes de irme a las VI Jornadas Nacionales de Minificción, en Mendoza, Argentina. Eran los primeros días de noviembre. Vi cómo crecían. La espera fue eterna.

La primera flor abrió el 16 de enero de 2012, a las seis de la tarde, justo a las seis. Grité de emoción. La vecina se asomó por la ventana para ver qué ocurría. El cactus, de cuatro metros de altura, me obligó a traer una escalera y ni así pude llegar a tocarla. Sólo Natalia, más joven y audaz, se trepó y tocó la flor. Como una abeja, metió la cara en ella.

De noche, cuando el calor emprendía la retirada, me llegaron oleadas de su perfume. Exquisito, embriagante, indescriptible. La flor, blanca y gigante, se erguía en su máxima belleza, abierta a la noche, a León y Sofía que recién ese mismo día, a las dos, habían partido de vuelta a York, Inglaterra, luego de un mes de estadía en la casa amarilla, la morada de los cactus; la casa de la abuela Leelee (así León escribe mi nombre, tan british). Y ella lloró sin que la vieran, escuchando aún las risas, las canciones de Alvin and the chipmunks, los juegos de las tardes de verano, la ropa manchada de cerezas. Por eso la flor nació esa tarde: para protegerlos en el viaje de 16 horas a París y luego a Manchester, y tren a York, junto a sus padres.

Pensarán que estoy loca. Puede ser. Para ser coleccionista de cactus hay que armarse de paciencia. Esperé diez años para ver florecer a mi Lophophora williamsii, y doce para asistir a este momento estelar: el florecimiento del Trichocereus panachoi, San Pedrito para los amigos.

Me siento inmensamente afortunada, bendecida por la naturaleza. Aquí está la literatura, sin metáforas, sin palabras. Lo saben Tigre y Fábola, silenciosos y atrapados en su propio libro. Lo sabe la escritora, que ha dejado la pluma para ser mirada. 









Natalia toca la flor

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El crujido de la seda VI




Godoy finalmente acuchilla a los harapientos. Los dos hombres se desangran en una esquina oscura. La ciudad continúa su ritmo de lagartija con la cola cercenada; bocinazos lejanos, perros hurgueteando en los tarros de basura, una puta disfrazada de mucama espera apoyada contra una pared hedionda a orines.

-En todo caso, me alegro.
-¿Y de qué te alegrai, huevón? Ya nos pifiaron el paño.
- Por más que buscó, el jetón no encontró el pañuelo.
- Hmm.
- Hasta aquí no más llegamos.
- Fue bueno conocerte.
-Lo mismo digo.
- Se me helaron las piernas.
- Y a mí los dedos de las manos.
-Toma.
-¿Y tú?
- …
-Gracias, compadre.
-De nada. Si cruje, no te asustes. La seda es así.

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El crujido de la seda V



Dos harapientos conversan en una esquina.  El gentío repleta la gran avenida.  Hay luces multicolores, música, pantallas gigantes, serpentinas. Un animador vestido de esmoquin avisa que sólo quedan tres minutos. Todos gritan y alzan sus botellas de champaña.

-Por aquí debe andar Godoy.
-Mira, ahí está.
-¿Dónde?
-Ése de ahí, ése. El que le está mirando las tetas a la rubia. El de gorro frigio.
-¿Gorro qué?
-¡Ja! ¡Me crees todo lo que digo!
-Claro que te creo. Si el jetón nos pilla...
- Y si nos pilla, ¿qué? Me cansé de andar arrancando.
-Eres huevón al cuadrado. Te dije que botaras el pañuelo, pero no, tenías que guardarlo como si fuera una joya. Deshazte de él antes de que termine este año.
-Ni cagando. Es mío, mío, mío. Me hace dormir, me abriga, me protege. Y cruje cuando tiene que crujir.
-En todo caso, dicen que el mundo se va a acabar y si el mundo se acaba, Godoy también.
-Y nosotros. Aunque me imagino que si escondo bien el pañuelo puede resistir la peste y los bombazos.
-Tonto. Es lo primero que se va a quemar. Y yo voy a estar feliz porque ese trapo nos ha traído puras desgracias.
-Ya, cállate. Falta poco.
-¿Nos darán algo esta noche?
-No.
-Otro año, compadre.
- Otro.

***
El crujido de la seda I, II, III y IV.

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Relato del leproso


Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la Luna en una piedra obscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la Tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.
–¿Quién eres? –le dije.
–Johannes el Teutón –respondió.
Y sus palabras eran límpidas y saludables.
–¿Adónde vas? –repliqué.
Y él respondió:
–A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.
Entonces me puse a reír, y le pregunté:
–¿Quién es tu Señor?
Y él me dijo:
–No lo sé; es blanco.
Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:
–¿Por qué no tienes miedo de mí?
Y él dijo:
–¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?
Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la Tierra con mis labios terribles, y grité:
–¡Porque soy leproso!
Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:
–No lo sé.
¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.
–Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.
Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el Sol. Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libértame!

***
En La cruzada de los niños, de Marcel Schwob.
Dibujo: Mariana Baizán.

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sesilU



Me han de llamar sesilU porque me vi en el espejo de las aguas. Antes, los graznidos de las gaviotas alertaron la desesperanza. La arena era gruesa, no podía caminar. El dolor del retorno era más fuerte, sin embargo. Volver, mientras una mano suave retenía la mía. Volver a la otra orilla, pero ¿cuál?
No había viento. El sol se iba de mis ojos, y la muerte llegaba dócil a mojarme los pies. ¡sesilU!, gritaron las sirenas, arrastrándome a una historia sin batallas.


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LA VOZ

Mis agradecimientos a Ricardo Lagos Miranda.
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