Animalia


Cuando ella lo cabalga, los huesos de la clavícula y esternón protuberan en un exceso que a él continúa agradándole. La encuentra más delgada que en su último encuentro. La sostiene de las caderas y, a veces, cuando ella coloca la cabeza en su pecho, los glúteos le parecen perfectos para acariciar, abriéndolos y cerrándolos lentamente, como un acordeón mudo. Siempre arriba de él, ella coge la copa y bebe un par de sorbos; luego, termina de una vez el contenido. Sus labios brillan y él da cuenta del mensaje placentero besándola, lamiendo las últimas gotas de vino depositados en sus labios. La contorsión escapa a todo entendimiento racional; los cuerpos se unen más arriba, a la altura del pecho. Él siente clavada la pelvis de ella y en cada movimiento ese par de terminaciones óseas se incrustan, queriendo fagocitar su piel. Ahí está su amor. Ella también lo penetra. Y él grita de miedo.
No hablan, no emiten ningún sonido; la habitación es un espacio en silencio donde dos cuerpos descansan o duermen profundamente. No hablan del futuro, del amor y del odio, de las traiciones. Sólo afuera, en la calle, existe un ruido uniforme y monótono. Es el ruido de la lluvia a punto de convertirse en nieve. En la penumbra esos cuerpos respiran, están desparramados arriba de la cama, sueltos. A ella el pelo le cubre casi por completo la cara; él se la tapa con una mano semi cerrada, quizás para protegerse de la poca luz de la ventana. Esa laxitud evoca algún cuadro de Schiller, de trazado simple y de poco color. Esos cuerpos son un bosquejo del placer que antes experimentaron, cuando las lenguas eran como la serpiente del anillo, comiéndose a sí misma, en una eternidad que destruye todos los ciclos del tiempo.
Aún dormida, ella se apega a él, sus pechos se aplastan contra la espalda que, rítmicamente, sube y baja. Él abre los ojos y aspira el aroma del sexo que es una culpa sin nombre. Quiere contemplarla desnuda arriba de la cama, desea mirar su boca apenas entreabierta, el ir y venir de los párpados, el pubis insinuado en el principio de las piernas cruzadas. Repta hacia un costado, intentando no despertarla, ella gime o dice algo que no se entiende. Está soñando con lobos, intuye él, besando apenas la areola del pezón, lamiendo con la punta de la lengua el brote café, erecto y único en su soledad.
Ella despierta para salir de la habitación, se viste con calma, notando que el vestido está manchado. Antes de salir por la puerta de arabescos tallados, bebe de la misma botella de vino, en un acto de infantil rebeldía .
Él dice:
- La vez pasada olvidaste tu anillo.
- Es tuyo. Siempre lo fue, incluso antes de tenerlo. -responde limpiándose la boca con la manga del vestido.
- La serpiente me da un poco de miedo –confiesa él en un susurro inaudible.
- No te preocupes, ella te cuidará.
Antes de abrir la manilla, ella piensa que debería orinar. Da la vuelta y se dirige al baño. Él la sigue sólo para oír su orina cayendo en el agua.

Descansarán para volver a desgarrarse a mordiscos, siempre intentando hacerle el quite al daño. Se trata de satisfacer las singularidades de la carne y el oficio del ego, envueltos en el hálito ambiguo de la vida. No quieren muerte, aunque la sueñen.

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