Arcaica


Como dije antes, las palabras no sirven, aunque las cartas te lleguen atiborradas de ellas y el cartero asuma contigo el gesto de complicidad, el guiño sonriente de los ojos y luego te pida la estampilla. Pero yo sé que nunca se la das; guardas los sobres en un cajón del escritorio, junto a cuentas de teléfono, lapiceras viejas, fotos, fotos mías quizás, en un desorden que sólo tú comprendes.
No imagino mis cartas atadas con diferentes lazos de colores, según el tema, la fecha o día de llegada. No te imagino releyéndolas una y otra vez, obsesionado con mi lenguaje de abeja migratoria.
Es extraño escribir cuando perfectamente podría llamarte por teléfono y conversar horas, hasta que la oreja enrojezca y arda, hasta que digamos "bueno" y los puntos suspensivos aparezcan solos en el cordón ensortijado. Son mis manías de escriba, es el deseo de retenerte en mi ventana cuando llueve, porque si algo nos impide vernos, cruzar la calle y pedirnos azúcar como vecinos amigables, hay otro espacio que me promete palabras y es ahí donde puedo reprochar tu eterno descuido de no querer seguir el juego de contestarme y no a través de las dos puertas que nos separan o de dos cristales o de una calle que en la noche está vacía y huele a brea.
Pero es cierto, las palabras no sirven. Las noches que te aguardo revolcándome en amantes sucesivos no tienen principio, como las sábanas que cambio no tienen orilla y se deshilachan en mis propios sueños que debo urdir por las mañanas.
El impulso es más fuerte, sin embargo. Cuando veo tu luz allá al frente, cuando vas de una pieza a otra leyendo lo mío, mirándome a través de las persianas, esperando mi confirmación. Sí, sí, eso lo escribí yo, yo lo pensé, yo lo estampé ahí en esa hoja. Entonces sigo con otra carta que no acaba, evitando la cotidianidad, los ínfimos quehaceres habituales, los recuerdos toscos; transgrediéndome a causa de tu silueta que recibe cartas y que luego las guarda en un cajón desordenado con olor a tabaco, que dice gracias por las palabras bonitas y que sonríe como un hombrecito cruzado de sombras.
Como te dije antes, si es que te lo dije alguna vez, las cartas no aguardan finales felices; los destinatarios se pierden al tratar de interpretarlas.

invierno de 1987

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