Erinnerungen an Kafka


Franz Kafka , por René Avilés Fabila
Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia un espejo y horrorizado pudo comprobar que:

a) seguía siendo Franz Kafka.

b) no estaba convertido en un monstruoso insecto.

c) su figura era todavía humana.

Seleccione el final que más le agrade marcándole con una equis.

(En Cuentos y descuentos).

En Jorge Letralia


La cucaracha soñadora, por Augusto Monterroso
Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Paréntesis
A veces por las noches -meditaba aquella ocasión la Pulga- cuando el insomnio no me deja dormir como ahora y leo, hago un paréntesis en la lectura, pienso en mi oficio de escritor y, viendo largamente al techo, por breves instantes imagino que soy, o que podría serlo si me lo propusiera con seriedad desde mañana, como Kafka (claro que sin su existencia miserable), o como Joyce (sin su vida llena de trabajos para subsistir con dignidad), o como Cervantes (sin los inconvenientes de la pobreza), o como Catulo (aun en contra, o quizá por ello mismo, de su afición a sufrir por las mujeres), o como Swift (sin la amenaza de la locura), o como Goethe (sin su triste destino de ganarse la vida en Palacio), o como Bloy (a pesar de su decidida inclinación a sacrificarse por las putas), o como Thoreau (a pesar de nada), o como Sor Juana (a pesar de todo); nunca Anónimo; siempre Lui Même, el colmo de los colmos de cualquier gloria terrestre.

(En La oveja negra y demás fábulas).


Franz Kafka y la niña, por Josefa Sarrionandía
Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín. En el 23 de noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa – Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila. Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca. -No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes. -Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito. Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero. El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle. La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

En El cajón de sastre

Cementerio de la Ciudad Vieja, por Virginia Vidal
K, el niño, para jugar, no tiene sino el cementerio judío de la Ciudad Vieja. Por fuerza, debe pasar ante la estatua de Jan Hus y, como toda vez, un aleteo de urraca le toca el corazón: cura que sabe latín y en checo escribe, puede asarse en la hoguera.
Dentro del cementerio no corre sino salta sorteando lápidas. Terreno erizado de piedras sin flores ni pasto, apenas unos adustos cipreses.
Nadie sabe qué deseo escribió en un papel y lo metió en un intersticio de la estela empinada sobre la tumba del rabino Loew, el creador del Golem.

Karlstein
Soberbia humana impregna la piedra del castillo construido para albergar el ascetismo, la meditación y la sensualidad atormentada de un rey lujurioso. Abajo, muy abajo, la aldea chata. Apenas un sendero tenue y escarpado accede al castillo donde nunca pudo entrar el joven K.

En Anaquel de Virginia Vidal


Gajes del oficio, por Molly Bloom
A Augusto y Franz
Cuando Monterroso despertó, Kafka se había convertido en un monstruoso insecto. “Tengo que dejar una constancia de esta metamorfosis”, dijo Monterroso, y escribió El dinosaurio.

POSTDATA

Die Brücke
Franz Kafka

Ich war steif und kalt, ich war eine Brücke, über einem Abgrund lag ich, diesseits waren die Fußspitzen, jenseits die Hände eingebohrt, in bröckelndem Lehm hatte ich mich festgebissen. Die Schöße meines Rockes wehten zu meinen Seiten. In der Tiefe lärmte der eisige Forellenbach. Kein Tourist verirrte sich zu dieser unwegsamen Höhe, die Brücke war in den Karten noch nicht eingezeichnet. So lag ich und wartete; ich mußte warten; ohne abzustürzen kann keine einmal errichtete Brücke aufhören Brücke zu sein. Einmal gegen Abend, war es der erste, war es der tausendste, ich weiß nicht, meine Gedanken giengen immer in einem Wirrwarr, und immer immer in der Runde - gegen Abend im Sommer, dunkler rauschte der Bach, hörte ich einen Mannesschritt. Zu mir, zu mir. Strecke Dich Brücke, setze Dich in Stand, geländloser Balken, halte den Dir Anvertrauten, die Unsicherheiten seines Schrittes gleiche unmerklich aus, schwankt er aber, dann gib Dich zu erkennen und wie ein Berggott schleudere ihn ans Land. Er kam, mit der Eisenspitze seines Stockes beklopfte er mich, dann hob er mit ihr meine Rockschöße und ordnete sie auf mir, in mein buschiges Haar fuhr er mit der Spitze und ließ sie, wahrscheinlich weit umherblickend, lange drin liegen. Dann aber - gerade träumte ich ihm über Berg und Tal - sprang er mit beiden Füßen mir mitten auf den Leib. Ich erschauerte in wildem Schmerz, gänzlich unwissend. Wer war es? Ein Kind? Ein Turner? Ein Waghalsiger? Ein Selbstmörder? Ein Versucher? Ein Vernichter? Und ich drehte mich um, ihn zu sehen. Brücke dreht sich um! Ich war noch nicht umgedreht, da stürzte ich schon, ich stürzte und war schon zerrissen und aufgespießt von den zugespitzten Kieseln, die mich so friedlich immer angestarrt hatten aus dem rasenden Wasser.

En Franz Kafka
En español

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