Hechizos, conjuros y contraconjuros, por Luis Alberto Tamayo




Vengo a poner una lápida inmensa que me asegure que la bestia no podrá salir de aquí. Tres lápidas es el número mágico. Una lápida de granito, otra de obsidiana y, la última, de hierro. Pero él seguirá escudriñando la oscuridad por un ojo semiabierto, convertido en sapo, convertido en semilla esperando que alguien en un capítulo de la eternidad abra su tumba a golpes de espada y lo libere, entonces se pondrá otra vez su uniforme militar, sus charreteras y su capa y su maligna mirada azul barrerá el horizonte quemando la hierba. Vengo a cerciorarme de que este sapo que se creyó príncipe del mal y no fue más que un triste sicario vuelva a ser el sapo oscuro, maloliente y de mirada torva y cumpla la maldición de su estirpe.
Un aprendizaje crucial en la infancia fue saber diferenciar la realidad de la fantasía. Entender que hay un lado de acá, real, tangible, medible, y un lado de allá, sin reglas, caótico, impredecible, caprichoso, inseguro. Un mundo de duendes con poderes, hadas, brujos, genios malignos y otros de buen humor. El mundo se compartimenta en cámaras que se contienen infinitamente unas dentro de otras. El tiempo y el espacio se flexibilizan hasta el infinito. No hay un método o mapa para caminar por los vericuetos de la magia, sólo vale la audacia, la valentía. Un acá y un allá a veces difuso, con un terreno intermedio inmenso, el territorio de la magia metida como si tal cosa en medio de la normalidad. Nuestro cerebro inventa, trastoca, olvida, recuerda y percibe en forma interesada. Entonces, estamos en un mundo de vapores, luces y tinieblas, relámpagos, arena movediza, realidades que cambian en un chistar de dedos. Entonces, caemos en la cuenta que no vivimos ni acá ni allá, sino en el medio como lo dijo Gabriel, el sabio, que en realidad no es otro que Melquíades, el inmortal que se maravilla frente al hielo. Cuando niño yo viví en un mundo lleno de cuentos, eso era mi infancia. Hombres con mirada de lince que podían ver lo que había tras una montaña; agua milagrosa que si se vertía sobre un cuerpo hecho picadillo, lo hacía recomponerse y cobrar vida y danzar otra vez.
Realidad. 1952. Un médico casi desconocido se presenta de candidato a la presidencia de la República. Es derrotado. Realidad. 1958. Un médico conocido por los desamparados se presenta de candidato a la presidencia de la República y es derrotado por apenas 33.416 votos. 1964. Calles llenas de gente que desfilan con banderas gritando una palabra promesa: Allende. Invocación de chamanes, Allende. Promesa de días de sol y mariposas. Magia: yo, niño, y sin ir un solo día a la escuela aprendí a escribir una palabra: Allende, y la escribí mil veces en los muros. Llegó la tercera elección, debía ser la definitiva, estaba escrito, pero una vez más el candidato del megáfono y la sonrisa amplia fue derrotado. Pero los genios acordaron darle una nueva oportunidad por consecuente, valiente y abnegado y llegó la elección de 1970. Y otra vez no había cómo ganar, las monedas de oro circulaban haciendo milagros en las huestes enemigas. Nada que hacer: Allende y sus niños flacuchentos serían irremediablemente derrotados.
Y hubo un milagro. 1970. Al cuarto intento, fuera de todo manual de hechicería se hizo un imposible. Un golpe de varita mágica hizo cambiar el horizonte. Una mañana todo un país amaneció pintado de colores, todo un país desde las pequeñas aldeas hasta las avenidas principales amaneció lleno de flores, manos y pájaros. En un acto prodigioso de miles de brigadistas pagados sólo con su propia ilusión pintaron muros en un amanecer rojo. Una palabra: Allende. Y contra esa invocación nada pudo hacer el gran capital extranjero ni los terratenientes criollos. El poder de una palabra pintada en los muros en el cielo y en el agua. La noche más larga y productiva de la patria. Cada piedra se transformó en un tarro de pintura y una herradura fue brocha y los zapallos eran tambores de doscientos litros llenos de pintura. Era la última jornada antes de la elección. La ley permitía hacer propaganda sólo hasta esa noche; el que se apropiara esa noche de un muro lo dejaría para sí hasta que la elección pasara. Y los pájaros supieron temprano que al caer el día habría un nuevo presidente elegido por los pobres: Allende.
Se inicia un tiempo de verdad, movedizo, alegre, y yo esperando el milagro de crecer para ser partícipe de algo grande. 1970. Desfile de hombres y mujeres sonriendo y portando coligües coronados por banderas. Coligües que eran sólo las lanzas de Lautaro y que no se transformaron en fusiles porque no hubo mago capaz de ese conjuro.
Cada día me costaba más entender qué era la realidad y qué la fantasía. Un rumor de nubes se juntaba lentamente en el cielo, la traición se escondía en uniformes azules y verdes.
Y se revolvieron los cielos y los volcanes, y una mañana todo cambió y se llenó de humo y llamas. El presidente se despidió triste, pero miró más allá y dijo que la maldición tenía un contraconjuro, pero que no era el momento de encontrarlo. Creció la zarzamora y llenó las calles. Comenzó a campear la maldición de la espera. Terminó el tiempo de la búsqueda para entrar al tiempo de respirar, sentir aullidos, respirar humo, sentir balas, ver aparecer amigos, verlos alzar la mano y despedirse, desaparecer. Hombres y mujeres corriendo, deseando con toda el alma hacerse invisibles. Pero no, ninguna magia funcionaba. 11 de Septiembre de 1973. Estallaron los cielos. Un cambio total, cambió el mundo, mi vida y la de todos los niños que veían en el compañero presidente una posibilidad de un mañana más justo. Comienza la historia a andar hacia atrás, y nos convertimos en topos para no ser encontrados, y nos convertimos en llanto silencioso y fuimos brisa invisible, y fuimos más silencio, y fuimos todos iguales para no resaltar en nada, para que no se fijaran en nosotros.
Allende muere, Neruda muere, Víctor muere, el general Prats vuela en medio de fierros retorcidos, Letelier muere en medio de fierros retorcidos. Y a pesar de todo, lentamente se alza un manto de canciones y se teje un muro de enredaderas que protege sonrisas y saludos. Y nosotros, los sorprendidos por el feroz embrujo, los condenados por la maldición eterna, empezamos a buscar un contraconjuro. Malditos seamos todos si Pinochet muere de viejo. Eso apareció escrito en un muro y fue una amenaza de vergüenza eterna. Y una mañana, la mañana del 11 de Mayo de 1983, se paralizaron los camiones que corrían por la Panamericana Sur. Se detuvo el respirar de la ciudad. Era la primera prueba para vencer la Maldición. Primera protesta nacional. Primero, el silencio. Pocos autos en las calles, poca gente, caminar lento, y al caer la noche, fierros y latas golpeando. Sonidos que se buscaban para unirse, tímidos, frágiles, y luego poderosos. La capa del vampiro comienza a apretarse abrazando su cuello. Cada barricada era una fragua para fundir llaves hasta encontrar la de la forma perfecta que abriera el candado que cerraba el cielo. Humo, llamas, estampidos. Primera protesta. 10.000 soldados en la calle, dos muertos. Todos los derrotados, los hijos de los derrotados recorren los campos buscando hierbas para preparar la pócima definitiva que nos alejara de esta barbarie que ya sonreía con acento de eternidad.
La maldición humillaba. Malditos seríamos todos. Pero los jóvenes recordaron las palabras del Presidente: ...sigan sabiendo ustedes que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes Alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Sigan ustedes sabiendo..., pero no había cómo deshacer la maldición; la Alameda continuaba cerrada. Entonces, decidieron emboscar al cobarde solapado. Y aún no era el tiempo, los cohetes fallaron y el blindaje de su auto fue reforzado en ese instante. El mal venció otra vez y la desolación acorraló los rostros de esos chicos valientes. Malditos seremos todos si muere de viejo.
Las noches se iluminaban cada jornada de protesta, las Alamedas se abrían y se cerraban dejando cuerpos atrapados y el gran sapo ahí, sonriendo, decrépito y fraguando nuevas traiciones.
Y una tarde dejó de respirar. Sin un mínimo gesto de misericordia por sus víctimas, sonriendo. Y estábamos malditos todos. La figura del Presidente aparecía entre el humo de la Moneda que era atacada por bombarderos cada tarde. La burla se hacía perpetua, la maldición atravesaba con espada tres generaciones. Nada que hacer. Todo perdido. Un final desolado para una larga historia de gentes que buscaban la oportunidad de habitar una tierra más justa y amable. Los volcanes no entregarían nunca los cuerpos de los desaparecidos en sus cráteres, el mar se agitaba incrédulo de ver la maldición perpetuada en un rostro de sapo gordinflón oculto tras un vidrio alrededor del cual lloraban y se lamentaban sus más preciados mercenarios, sus verdugos predilectos, carceleros, soplones, pequeños espíritus que sólo podían ser algo bajo la sombra de la bestia feroz. Pero uno de los maltratados esperó pacientemente su momento, el nieto que una tarde supo que sus abuelos habían sido pulverizados, el niño que juró hacer justicia, el niño que creció como tantos esperando la oportunidad de deshacer conjuros y maldiciones. Entonces se infiltró en las líneas del enemigo, se disfrazó de deudo y pintó congoja en su rostro. Fue allí en nombre de sus abuelos, de sus amigos, en nombre de todos los niños, en nombre de todas las madres, en nombre de un país que recuperó la dignidad cuando un escupo de fuego cayó sobre el vidrio que cubría el rostro del sapo infecto y la saliva de la justicia cayó manchando su solemne acto, manchando a sus soldaditos de marioneta, a su caballo sin jinete. Su espada se cubrió de sangre porque el escupo de sus víctimas se transformó en una ola. Una multitud de víctimas cruzan sobre el cielo de la Escuela Militar y escupen y se multiplica el desagravio y la patria se lava sus heridas... y... que nadie lo toque, es el nieto del comandante en jefe, un traicionado más. Que nadie lo toque porque él es el portavoz del contraconjuro. Y la maldición se acaba en ese escupitajo que nos limpia la historia que los hace estallar en nubes de azufre, y sienten el odio, el rechazo, porque ese cadáver hiede a fracaso, hiede a podredumbre de traiciones de almas de seres pequeñitos que ahora se traicionan unos a otros porque ya no está la imagen del gran sapo, ahora yace bañado en escupo, con su cara pifiada y sin poder responder, porque la maldición se terminaba si uno de los agraviados lo escupía cara a cara y salía indemne, limpio, relajado, sonriéndoles a su abuelo y a su abuela, a todos los abuelos y tíos, a todos los hermanos muertos y desaparecidos que quedaban libres porque la maldición se acababa, porque nadie entra lleno de escupos a los libros de historia, porque su cadáver estaba envuelto en vergüenza. Ninguno de sus secuaces pudo alegar nada, se quedaron en silencio aceptando que era un escupo justo, necesario. Se fue la maldición en uno de sus helicópteros de la muerte. Debieron incinerarlo para que no tuviera tumba donde generaciones y generaciones pudieran ir a escupirlo, porque un pueblo que soportó tanta bestialidad es un pueblo heroico que no podrá jamás ser un pueblo maldito.

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Luis Alberto Tamayo nació en San Fernando, Chile, en 1960. En 1982 se tituló de Profesor de Educación General Básica en la Universidad de Chile. En 1978 ganó el concurso de cuentos organizado por el Arzobispado de Santiago con motivo del XXX aniversario de la declaración universal de los derechos humanos. En 1985 fue finalista del concurso Chile-Francia. Durante cinco años integró el equipo de libretistas del programa “Los Venegas” de Televisión Nacional.En 1989 formó parte del taller Heinrich Böll que dirigió Antonio Skarmeta en el Instituto Goethe. En 1998 ganó el concurso de cuento infantil organizado por CORDAM y COPEC. En el año 2000 gana el concurso de cuentos Banco Santiago.Ha publicado: “Ya es hora” (cuentos, 1986); “Caballo Loco, campeón del mundo” (novela para niños, ganadora del premio Editorial Don Bosco, 1998); “La Goleta Virginia” (novela juvenil, 1998); “Pequeña historia de la señorita X.Testimonio de una adopción.” (2001).
Con fecha 5 de agosto de 2003, el jurado integrado por los escritores Luis Sepúlveda, Pía Barros y Diego Muñoz Valenzuela, acordaron de forma unánime entregar el primer premio del Concurso “Chile: 30 años, Aún creemos en los sueños” al cuento La cara del Juanano, escrito por Luis Alberto Tamayo. El cuento La cara del Juanano fue publicado en la edición de septiembre de 2003 de Le Monde Diplomatique.

Leer el cuento

2 Comentarios:

Anónimo,  martes, febrero 13, 2007  
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Anónimo,  jueves, abril 05, 2007  
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