Ojepse

Con el verano regresa a mí tu espejito de mano. En él me miro y repito: espejo, misterio de azogue, dime dónde está Sofía. Y el reflejo muestra a una mujer desnuda corriendo por praderas amarillas, perfecta en su soledad de trigo recostado. Ella va trenzada, toda su piel es una trenza y yo la veo desde mi lugar prefabricado. Amarla me hace distinguir unas arrugas que la risa infame ha dejado botadas, unas muecas dentadas y lenguaraces, dos o tres pecas, una nariz que huele el amarillo de su cuerpo. El espejo rueda por mi cama de mentirosa. Preguntarás quién de las dos es más Blanca Nieves, quién dormirá para ser despertada por el beso de un sapo viscoso. O recordarás que alguna vez fuimos Cenicientas y que fui la que primero trapeó con labios amables tus lindas sandalias rojas. Pero con ellas no podías dejar de bailar y yo hice de leñadora sólo para cortar de un hachazo esos pies danzarines. Alguien tenía que hacerlo. Sabrás que no hubo ningún lobo merodeando por tus retazos de ficción; sus colmillos los llevo yo, a modo de collar hechicero. Sólo recreo por un espejo a la bestia de corazón nostálgico que corre por esas praderas singulares. No quisiera decírtelo, pero lo digo: abro la boca enorme y produzco unos sonidos palatales y fricativos. Le hablo a un espejo y permito que la saliva se descuelgue por mi cuello. La saliva sabe su camino, conoce el recoveco de los ojos que no son ojos, pero que igualmente miran en silencio. Ojepse, ojepse, ¿dónde está? No reconozco la voz que otros me han dado, como un regalo para una muda. Ojepse, ojepse…, serás amado por la Sofía pecho de paloma, praderosa y trilla trigueña, la que arranca por la barranca y destroza su propia imagen. ¿A quién le hablo, a quién le escribo, a quiénes le inserto un haz de luz molestosa por el juego especular? En fin, sólo quiero saber cómo estás, si lloras asiéndote de tu pequeño mundo sabanesco. Serás el piano y una octava, Sofía, y yo seré tu admiradora secreta; seguiré con la pelvis el movimiento de tus caderas lustrosas, vigilaré tu boca reseca de tanto amar, y seré la gota de agua que alimente tu deseo. Por mientras puedes correr por las praderas amarillas, así tendré la certeza de que la imaginación produce un dolor aquí, Sofía, en el centro de mi mujer espejeada. Para el susto somos dos; para el amor no hay nadie. La palabra se queda en casa y aprende a ser dicha sin interrupciones; la palabra ama más que el mismo amor, y esto es una diversión y un final dichoso, con perdices y fueron muy, sin pesares ni embargos. Los aunque fueron soplados por el viento, y basta una historia huérfana para sanarme de esta compulsión tan abnegada que es escribirle a un personaje que yo misma he inventado, desprendiéndome así de las retinas amarillentas que desenfocan a la mujer amada, aquella piel sin punto aparte y reflejada, como el ojepse y yo.


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