Sobre El llano en llamas, de Juan Rulfo

Foto: Juan Rulfo
El viaje del fuego

En el cuento El Llano en llamas[1] el epígrafe –un corrido popular- anuncia una violencia, pero sin fin, cíclica: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos….” (1). En la narración de Pichón la naturaleza es descrita como sinuosa, engañadora, espejeante. Pichón tiene una concepción animista de la naturaleza. Los hombres de Pedro Zamora tratan de dormir. Los balazos y los gritos son repetidos por el eco de la barranca. “¡Viva Petronilo Flores! El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros.” (p.160). “De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose.” (p.161). Los pájaros vuelan asustados, las chicharras (cigarras) chirrían de tal modo que la noción de tiempo y espacio se desdibuja cuando aparecen los federales: “No nos dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos acordamos aquí estaban ya…” (p.161); “Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines.” (p.162); “ …encontramos uno aquí y otra más allá, casi todos con la cara renegrida”. (p.164).
En este clima de muerte grotesca, lo único vivo es la naturaleza: los pájaros levantan vuelo, los coyotes aúllan toda la noche. Esta descripción otorga tensión al cuento. Se cierne la desesperanza: dada la mortandad, el grupo debe huir y esconderse. Pichón relaciona este tiempo de inactividad como un tiempo de paz y de autoabastecimiento en el Llano Grande: “…ya nadie nos tenía miedo. Ya nadie corría gritando: “¡Allí vienen los de Zamora!” (p.165); “…habíamos comenzado a criar gallinas y de vez en cuando subíamos a la sierra en busca de venados.” (p.165).
El retorno de Pedro Zamora significa el término del ciclo de asentamiento humano y el comienzo de “los tiempos buenos” (p.166), en donde los hombres continúan su peregrinaje guerrero logrando que el fuego brote nuevamente. Todo es incendiado: ranchos, haciendas, gente, los maizales listos para la cosecha y cañaverales. Y para el narrador estas imágenes son positivas. Utiliza frases como “daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande…”; “así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros”; “Era bonito ver aquello”.
Como Prometeo que roba el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, Zamora robará el dinero a los ricos para hacer la revolución. En su arenga, Zamora deja claro que esta revolución que él hace no tiene ninguna finalidad, salvo la de asegurar su poderío frente al gobierno. Se trata de un caos ideológico. Zamora es visto como padre protector. Él está siempre alerta, vigílico y ejerce un dominio hipnótico en su gente: …“ lo seguíamos como si estuviéramos ciegos”. (170).
Sin embargo, para Pichón queda clara su condición de desposeído. Al igual que Zamora, él es abajeño, no sólo perteneciente al lugar físico del Llano, sino a una condición social de las mismas características. Se ganan el odio de todo el mundo –federales y civiles- y poco a poco van siendo expulsados de su tierra: “De este modo se nos fue acabando la tierra. Casi no nos quedaba ya ni el pedazo que pudiéramos necesitar para que nos enterraran”. (p.173). Pichón, narrador, protagonista y testigo, asume la voz de todo su grupo, desperdigado o muerto. Esta voz narrativa expresa la memoria viva de una atrocidad pasada: “Me acuerdo muy bien de todo.” (p.170); “Todavía veo las luces de las llamaradas que se alzaban allí donde apilaron a los muertos.” (p. 171). Como el fuego, el miedo brota tanto de uno y otro bando, y con el miedo brota la violencia más descarnada: “Los zopilotes se los comían [a algunos de los nuestros] por dentro, sacándoles las tripas.” (p.172).
En el ciclo de la huida el tiempo se paraliza para dar cabida a la añoranza. Es un tiempo histórico: “…pasábamos el tiempo mirando hacia el Llano, hacia aquella tierra de allá abajo donde habíamos nacido y vivido…” (p.173). La voz se sitúa desde un presente que parece eterno: “ Hasta los indios de acá arriba ya no nos querían.” (p.173).
El ciclo del peregrinaje, de la errancia violenta, sin embargo, es visto como perteneciente a un tiempo sagrado, ahistórico, festivo y carnavalesco (juego de los toros (2), destrucción de la propia tierra). Los hombres ingresan a este tiempo irreal y ambiguo, sin comer ni dormir : “ Y de entre el humo íbamos saliendo nosotros, como espantajos, con la cara tiznada…” (p.167); “Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver.” (p. 166).

En palabras de Eliade, “es la nostalgia de la perfección de los comienzos lo que explica en gran parte el retorno periódico in illo tempore”. (Eliade.1998: 82).[2]

Zamora aparece y desaparece del escenario. Su probable muerte pertenece a la oralidad de la leyenda (“dicen que”; “uno que estuvo conmigo en la cárcel me contó”. (p.173). Así, Pichón lo hace saber desde un ‘ahora’ más promisorio. En el presente surge, “como entre sueños”, la mujer secuestrada y violada por él y el hijo de ambos. Para el narrador, esta mujer (antes, la mujer; ahora, mi mujer. Portal.1984.142 ) que ha logrado perdonar y esperar, por su descripción hiperbólica, se asemeja a la Virgen: “…quizás la mejor y más buena de todas las mujeres que hay en el mundo.” (p.174). El desencuentro con sus iguales da paso a un encuentro con la familia. Pichón se siente culpable de ser ‘bandido’ y ‘asesino’, pero distingue algo de maldad en los ojos de su hijo. Esta ambigüedad final se enlaza con el epígrafe: el niño, a pesar de ser ‘gente buena’, será en el futuro uno de los perritos.

Encuentros y desencuentros

El narrador de El llano…, Pichón, se junta y se separa varias veces del grupo errante - violento y, al final, se encuentra con una familia cuyo origen está en la violencia (secuestro, violación, muerte del padre de la mujer) : su mujer y su hijo, a través del perdón y del sentimiento de orfandad, han posibilitado una ‘regeneración’ y una apertura a una nueva forma de vida, un acceso a una realidad mejor. Sin embargo, queda la posibilidad de que la violencia resurja nuevamente. Pichón narra desde un presente mejorado por la acción de la mujer y el hijo (amor) hacia un pasado nostálgico teñido del siempre presente de la guerra como rito constructivo y destructivo. Como narratarios intratextuales, la mujer y el hijo, no sólo reciben la historia sino que a la vez la promueven. En su estado errante–violento, Pichón carece de memoria, está olvidado de sí mismo. Al recuperar el centro con la entrada a la estructura familiar patriarcal, él es capaz de testimoniar y de revivir su memoria corporal. En tanto cuerpo dolorido y entregado a una experiencia de límite, Pichón incluirá en sus cicatrices las de los demás. Su misión narrativa, en este sentido, es la de aunar la historia del dolor, por ejemplo, en el descarrilamiento del tren: “Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo”. (p.172).
Rulfo parte de una desligazón con la Historia oficial de la Revolución Mexicana para situarse en un discurso contra-hegemónico: el testimonio fragmentario y subjetivo de un abajeño. Para Rulfo la literatura es mentira, el escritor trabaja con mentiras para recrear una realidad que puede ser entendida como otra ‘verdad’:
“Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.” (Juan Rulfo. El desafío de la creación). [3]

Por último, Rulfo cree que el proceso escritural parte de un comportamiento intuitivo:
“[…] esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando”. (Juan Rulfo. El desafío de la creación ).

Notas:
(1) “ Corrido: Canción popular que narra la vida de algún personaje o describe alguna acción particular, como el asalto a un tren, una batalla, etc. Es típico de México. Los versos del epígrafe pertenecen al corrido en que se cantaban las hazañas y la muerte de uno de los lugartenientes de Pedro Zamora, Saturnino, apodado La Perra. Ramón Rubín, en La Revolución sin mística . Pedro Zamora. Historia de un violador, recogió este corrido:

El año dieciséis,
con fecha cuatro de marzo,
murió La Perra valiente;
lo hicieron dos mil pedazos.
En la hacienda de Volcanes,
¡no me quisiera acordar!
murió La Perra valiente
en la esquina de un corral.
Gritó la valiente Perra
cuando se vino rodiado:
¡No corra, mi general!;
pos qué, ¿no ve me sitiado?
El general avanzando,
¡qué caso le bía de hacer!
“Desfiéndete como puedas,
que algún fin has de tener.”
Grita Roberto Moreno:
“Yo también cargo escopeta;
ya mataron a La Perra,
pero nos queda El Peseta.”
Decía Catarino Díaz:
“Vámonos para La Barca;
ya mataron a La Perra,
pero nos queda La Urraca.”
Gritaba Pedro Zamora:
“La Perra, ¿dónde estarás?”
Contestaba Catarino:
“Ya estará en la Eternidá.”
Gritaba el capitán Téllez
cómo fue que lo mató:
estando tan malherido,
el máusser le descargó.
Gritaba Pedro Zamora,
En medio de los balazos:
“He salido de aguaceros;
contimás de nublinazos.”
Le gritaba el mayor Flores:
“Vamos a exponer la vida,
díganles a los oficiales
que les dejen la salida.”
Gritaba Pedro Zamora,
Al llegar a Los Cerritos:
“Ya mataron a La Perra,
pero quedan los perritos.”
¡Ahora mi Perra valiente!
Ya se te acabó la fama;
ya estás bueno pa la birria,
para venderte mañana.
Allá va la despedida
en este combate cruel,
donde ascendió el mayor Flores
a teniente coronel.” (Fell (Coordinador).1997:89)


(2) “ El juego del toro se incluye en el momento en que las fuerzas de Pedro Zamora han recuperado de nuevo su poder, han sometido a los federales y asolado la región. Y la inversión en el sentido del ritual taurino anuncia en cierta manera la crueldad con que los revolucionarios serán perseguidos y aniquilados en la segunda y última ocasión.” Claudia Macías R. La fiesta en El llano en llamas de Juan Rulfo. Universidad de Guadalajara.
En
http://fuentes.csh.udg.mx/CUCSH/Sincronia/fiesta.htm

[1] Rulfo, Juan. Pedro Páramo y El llano en llamas. Santiago: Planeta Chilena, 1998.

[2] Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998.
[3] Juan Rulfo. El desafío de la creación. Encontrado en http://www.stormpages.com/marting/juanrulfo.htm

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