Animalia II


Praderas amarillas

La loba emerge de su madriguera después de los meses de invierno. La siguen cuatro cachorros. Las praderas han cambiado su color de nieve por el oro de la cebada silvestre. Las horas se alargan en la quietud del día, se deshielan los roqueríos que nutren al riachuelo, ahora vivo y musical.
La loba mira el sol que entibia su lomo, lo mira sin querer entablar ningún tipo de comunicación con esa estrella fulgurante, lo mira enceguecida de esa renovación que siente en su cuerpo. Otros animales hacen lo mismo, pero a ella no le importa compartir lo que podríamos llamar, simplemente, el ciclo restaurativo de la naturaleza.
Los cachorros juegan entre los yuyos de largos tallos y, algunas veces, miran hacia atrás para comprobar que su madre esté cerca; simulan atacarse y clavan sus pequeños colmillos en los cuellos de sus hermanos o ponen las patitas delanteras -de cojinetes tiernos y rosados- en el pecho del otro para así afianzar su poderío.
Todo es como debe ser en las praderas amarillas. No hay nada que esté fuera de lugar, nada que sea inarmónico. Los ruidos naturales se manifiestan durante todo el día y durante toda la noche. La loba reconoce al búho blanco y espectral que fija sus ojos en uno de los cachorros, esperando que se separe del resto, lo suficiente para emprender un vuelo en picada y cogerlo con sus garras. Después lo destripará en la copa de un árbol. Con el alimento digerido, dará alimento a sus polluelos de picos afilados y sin las majestuosas plumas de la madre.
Pero el búho sabe que la loba está siempre atenta y que apenas uno de sus hijos se separe para perseguir un saltamontes, irá de inmediato a buscarlo, agarrándolo suavemente del pellejo suelto del cuello y devolviéndolo al lugar que considera seguro.
Uno de los cachorros no llegará a su adultez. Se trata del más pequeño y débil, el que no alcanza las tetillas de su madre para mamar sin que los otros se las arrebaten. Aparenta tener una carita lastimera, unos ojos tristísimos, pero es solo debilidad, incapacidad para la sobrevivencia en las praderas.
Él siempre se alejará del grupo o se quedará dormido de hambre y frío adentro de un tronco hueco, donde a veces habitan otros animales o insectos.
Ese cachorro está destinado a morir y la loba lo intuye. Deliberadamente, permite que se aleje más y más (el búho ya ha cazado un ratón y no tendrá interés en él) hasta que la pérdida sea irreparable. El lobito intentará saltar el riachuelo, resbalando y cayendo a las gélidas aguas. Gemirá pidiendo ayuda, la loba alzará sus orejas y olfateará la cercanía de la muerte sin hacer nada. El cachorro será arrastrado por el agua hasta ahogarse o rajarse el lomo con alguna piedra cortante y milenaria.
Todo es como debe ser. Después, la loba encontrará el cadáver de su hijo, lo tomará en su hocico y será el alimento para los otros, que carecen de memoria y comerán esa carne putrefacta sin un ápice de culpa o de dolor.
La loba y sus criaturas volverán a la madriguera a descansar del largo día. Los lobitos se enroscarán unos contra otros, hundiendo la cabeza entre las patas y dormirán, satisfechos. La loba los abandonará por unas cuantas horas y emprenderá el rumbo a las planicies prohibidas, donde habita un hombre de mirada nostálgica, un hombre que querría ser lobo porque cuando la noche se yergue en su máxima indiferencia, aúlla con las manos crispadas y lágrimas en los ojos. Y a ella le atrae esa imagen extraña y esos aullidos tan lejanos a los machos de su especie.

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Lobos

Esta lógica de la eternidad de la especie es tan convincente como la inercia grandiosa, inconmensurable de la vida.

Los ojos verdes
Marguerite Duras

He soñado con lobos. En la permanente noche del bosque helado ellos saben qué hacer, a dónde dirigirse, aunque finjan errar de montaña en montaña, desorientados, en busca de alimento. Se trata de un desconcierto para ellos mismos, una búsqueda arbitraria donde quizás alguna vez, hace miles de años, primaba más el juego que la supervivencia. Entonces, caminan incansables por el bosque elegido, en esa noche que los convierte siempre en poderosas bestias de largo y frondoso pelaje y en cuyos hocicos y cuellos permanece invariable la huella de sangre del animal cazado, que, antes de morir, en el momento agónico, dejó sus débiles huellas estampadas en el suelo de hojas, señal que sus ojos miraron con amor a aquel que le enterró los colmillos, asfixiándolo lentamente. La disputa comienza aquí, entre los machos más viejos y alguna hembra más astuta y veloz que éstos. A los jóvenes les tocará sólo lamer los tejidos de los huesos.
He soñado con la manada. Soy una hembra y acepto las coordenadas que me impone la vida, aunque a veces huya del grupo para refugiarme en la cueva donde habitó una pareja humana.
El espacio es oscuro y húmedo; allí antes hubo luz y calor: restos de madera quemada, olor penetrante de grasa asada y de orines. Cuando el sol se filtra por las grietas, en una pared muy lisa, aparezco yo dibujada con tierra de colores y carbón. También hay otros lobos que no conozco: atrapados, presos, muertos y desollados.
Aparte de los restos de fuego, lo único que hay allí es una gran piel negra y blanca, devastada por los años. Una piel de lobo. Y ahí me recuesto. Duermo por un tiempo ilimitado, soñando que corro por praderas amarillas, por el simple placer de correr, sin objetivo, sin presa que perseguir. Sólo correr con el sol entibiando mi lomo, hacia ninguna parte. Si alguien me viera soñando, podría percibir los estertores de mis patas, el tiritar de los párpados y un colmillo asomado entre el belfo, relajado, huérfano, canal único de la saliva.
No quisiera despertar porque siento frío. Abro un ojo, me cuesta enfocar, puedo distinguir las tonalidades del negro y del gris; más allá la luminosidad me ciega. Gimo, es lo que sé hacer, pido ayuda gimiendo y emitiendo gruñidos agudos. El pelo que cubre mi cuerpo ya no está y me molestan dos protuberancias que aparecen debajo del esternón.
Me incorporo asustada. El frío se hace intolerable, pero una nueva sensación, hasta ahora desconocida, me obliga a olvidar el aire gélido:
Por primera vez tengo conciencia de mi desnudez.
Agua sale de mis ojos.
Escucho los aullidos del macho plateado. Me busca. Pronto llegará hasta aquí, junto a los demás. Mi instinto dice que debo huir a las planicies, al asentamiento humano. Ahora no le temo al fuego. Es mi ventaja con respecto al grupo. Sé que seré perseguida, pero mi olor ya no es el mismo. El humo y las llamas los harán retroceder, mientras yo seguiré avanzando, corriendo, trepando viejos árboles para diferenciar mi mirada de la de ellos. El enfrentamiento se producirá sin remedio. Querrán de mí lo que siempre quisieron: mi carne, la sangre que habita en cada vena y arteria. Yo querré de ellos piel y corazón: abrigo y fuerza.
El macho plateado recorre mi territorio, no ingresa en el círculo, se mantiene al borde, oliendo y aullando. Vigila mis pasos. Los demás esperan a una distancia prudente, se cobijan del frío cavando grandes hoyos en la tierra congelada. Varios cachorros han sido despedazados por falta de otros animales. Han desaparecido las liebres cojas, los ciervos enfermos. Como si supieran que estoy siendo más loba que los lobos, entrometiéndome en la raza que más aniquila, sin compasión por la naturaleza que la rodea. Sin embargo, no soy ni la una ni la otra, acepto esta condición de soledad porque no tengo alternativa. El macho plateado me muestra todos sus colmillos de una sola vez, sus ojos brillan de ferocidad ante la traición que él considera mía. Mi sumisión repentina lo desarma. Me echo al suelo con las orejas gachas, fingiendo ser loba dispuesta a un apareamiento fuera de época. Me revuelco despacio, alerta ante cualquier ataque; después, con el vértigo que no me abandona, vuelvo a pararme y lo miro fijamente. De mi garganta nace un grito que hace que los pájaros vuelen despavoridos, desordenando el impecable espacio del bosque. Él nota la diferencia agachando las ancas y retrocediendo…
Desaparecerá en el bosque, sus huellas se borrarán, su olor se confundirá con otros; ante el peligro de un incendio destructor, él emigrará en silencio. Ahora sé que está y no está y que su lejanía es su escudo de protección. Es lo mejor que podría haber hecho. Un estratega, si duda alguna.

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El silencio latía en la sangre, y ella jadeaba con él.
Cerca del corazón salvaje
Clarice Lispector

La loba extraña al viajero. Quisiera encontrar una señal suya, el signo de sus viajes. Quisiera modular con él la indocilidad del olvido convertida en arena, papeles plateados, palabras sueltas, sin significado. De tanto extrañar la loba se aleja de su lobedad para ser la que busca. El viajero sabe que en las noches ella mira el cielo y no encuentra nada más que el cielo y su silencio de estrellas muertas. Ella entonces aprieta los puños y grita su nombre al vacío. Y el viajero recoge ese grito como si se tratara de mariposas que pronto morirán bajo la luz del sol.
El tiempo decidirá si el viajero regresa o no. O una aguja depositada en el centro de su corazón, una cicatriz de nostalgia, un rasguño de pena.
Ella lo extraña, la que busca y escribe como una condenada a muerte viaja también, disfrazada de mendiga, pidiendo la limosna de la huella, la traza insegura, fantasmada por esos milagros de la desaveniencia.
Dame de comer, le pide la harapienta. Y el viajero del tiempo le regala su sombra.

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