Tarde en el hospital

Mi buen amigo, el escritor Miguel de Loyola, director de nuestra Corporación y editor de Letras de Chile no encontró nada más alentador que enviarme vía e-mail el poema del chileno Pezoa Véliz, mientras yo yacía en una cama de hospital, que contaba con zona wi-fi. Aún con los efectos rarísimos de la anestesia (soñé que me desdoblaba y me veía a mí misma en el pabellón de cirugía, pero nunca encontré ningún túnel ni seres luminosos, sólo estaba yo ahí abajo y los doctores “procesándome”) y con el dorso de la mano izquierda entubada con un intrincado sistema de tuercas plásticas, revisé mis correos y ahí estaba Tarde en el hospital, el poema más triste que nadie haya escrito nunca. Debo confesar que al leerlo me dio un ataque de risa y terminó por alegrarme el eterno día ensuerado, ires y venires de las enfermeras, la gran ventana con vista a la cordillera, varios conejos que salieron a jugar al anochecer, luna, estrellas, el reloj digital de pared que tenía hora, minutos, segundos, día, mes, año; un recordatorio atroz del suceder del tiempo. Gota a gota, nube a nube, los ojos abiertos impregnándose de la blancura de la habitación: cortinas, piso, paredes. Todo blanco y tan fatalmente real. Como mi insomnio.

Tarde en el Hospital de Carlos Pezoa Véliz

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve…

Y pues solo en amplia pieza
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve.
Despierto sobresaltado:
llueve…

Entonces muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae agua mustia,
pienso.


Carlos Pezoa Véliz (1879-1908)
Primera revelación del alma popular
Carlos Pezoa Véliz nació en Santiago el 21 de julio de 1879. Su poética inscrita en el movimiento posmodernista latinoamericano, que rompe con los modelos parnasianos y simbolistas del
modernismo dariano, constituyó una conciencia del lenguaje como fundamento en una nueva mirada sobre el mundo y, en particular, sobre las raíces culturales y psicológicas de lo chileno. Pezoa puede considerarse como un poeta fundacional y fundamental en la historia de la poesía chilena. Su obra, publicada en vida, sólo en periódicos y publicaciones no convencionales, fue recogida por Ernesto Montenegro en 1911, recién cuatro años después de su muerte, bajo el acertado título de Alma chilena, nombre de uno de los poemas más logrado y citado de Pezoa Véliz. Posteriormente, en 1927, Armando Donoso publicó un nuevo libro incluyendo nuevos poemas, cuentos y artículos periodísticos con el título Campanas de oro, que posteriormente ampliaría Nicomedes Guzmán en su Antología de Carlos Pezoa Véliz. Poeta representativo de la raíz y la voz del pueblo chileno, constituyen sus temáticas la vida del campo y de la ciudad, el campesino pobre, los relegados y marginales, los humillados y caídos; mediante un lenguaje coloquial e irónico, y no pocas veces atravesado de melancolía y dolor. Su obra constituye una poesía de rebeldía, denuncia, ironía, parodia y también de un lirismo sencillo pero profundo, en el que algunos críticos han visto un antecedente de Nicanor Parra. A fines del siglo XIX, comenzó a publicar poemas y crónicas en El búcaro santiaguino, labor que alternaba con el desempeño como auxiliar de la escuela San Fidel, de la que finalmente fue expulsado por su intensa vida bohemia. Sus principales influjos literarios fueron Gutiérrez de Nájera, Gustavo Adolfo Bécquer y Edgar Allan Poe, Rubén Darío y el gusto modernista por lo "raro" que imperaba en la época; pero también hay en su obra una vertiente social que podría venir de lecturas de Gorki y Tolstoi. Posteriormente, entrado el siglo XX, se desempeñó como periodista en los diarios El Chileno, La comedia humana y La voz del pueblo, medios que le sirvieron para conocer, en calidad de reportero, la vida y costumbres de las oficinas salitreras del norte, del que quedó como vívido documento su cuento "El taita de la oficina". Estas publicaciones regulares en la prensa le fueron dando cierta presencia en la opinión pública nacional, así como su destacada participación en el Ateneo de Santiago. Más tarde, fue designado Secretario Municipal de Viña del Mar, ciudad que junto a Valparaíso jugó un papel fundamental en su vida cultural y personal. Continuó publicando poemas, viñetas y relatos en las revistas capitalinas La lira chilena, Pluma y lápiz y Luz y sombra, entre otras. De su poesía reunida en antologías póstumas, destacan los poemas "El perro vagabundo", "Nada", "El pintor pereza" y "El organillo", entre otros.

En: Memoria Chilena

1 Comentarios:

patriciagomez jueves, febrero 11, 2010  

Querida Lilian, me creerás si te digo que leí todos los post de "miquerido diario", pues sí, los disfruté mucho, gracias por abrirnos un poco de tu mundo en una lectura tan amena.

Un abrazo.

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