Testimonio de Fernando



Conocí a Fernando adentro del subway de Manhattan, el año 1980. Nos reconocimos como chilenos por el acento tan característico. Y como muchos chilenos, Fernando era un exiliado. Han pasado 27 años y nuestra amistad continúa, fuerte y necesaria. Soy la comadre y él es el compadre. Así nos llamamos.
La foto fue sacada el año 1985, en Manhattan, en nuestro pequeño departamento. El último de la fila a la izquierda es Fernando, sonriendo. Segunda fila de izquierda a derecha: Una española cuyo nombre no recuerdo (¿Ana?), Esaúl (Puerto Rico), Robin (USA), la que escribe (Chile), Joe Sciorra (USA), Zulma (Puerto Rico), Mónica (Colombia). Tercera fila de izquierda a derecha: Raúl Conti, Miry Ferreira y Yaiza (Argentina), Leo (Chile), Regina (Brasil), Mónica (Alemania). Con el balón de fútbol, Cristián (Chile).


Testimonio

Santiago de Chile, antes de 1970

Terminé mis estudios secundarios en el Instituto de Humanidades Luis Campino en 1969. En ese entonces empezaba a descubrir ideas políticas que ya se estaban gritando en las calles de Santiago por los sectores más desposeídos de nuestra sociedad. Ideas políticas que empezaban a ser discutidas en mi grupo familiar inmediato, entre mi madre y mi hermano. Ideas políticas que también, poco a poco, empezaban a ser discutidas en mi grupo de amistades de mi barrio. Así, profundamente influenciado por mi madre y por el impacto que estaba produciendo en mí la politización vertiginosa de la juventud, empecé a interesarme y a buscar los medios de participación en esta evolución política de la sociedad.

Santiago de Chile, 1970

Recién había cumplido 20 años y el mundo alrededor mío estaba en ebullición, todos tenían ideas, todos opinaban, la gente se organizaba y estaba dispuesta a demostrar que sus derechos debían ser tomados en cuenta. Chile se polarizaba a una velocidad abismante; yo me sentía lleno de ideas, tan seguro de comprometer mi vida por las ideas políticas que hablaban de los derechos de los más pobres de nuestra sociedad. Quería una sociedad socialista, una sociedad que transitara a ese ideal comunista donde a cada cual se le daba de acuerdo a sus necesidades. Una sociedad solidaria. Qué rico era sentir esa sensación de seguridad en el futuro, todo podía conseguirse, bastaba la entrega completa al trabajo político y no había dudas, en ese entonces, que en un cercano futuro nuestros ideales se convertirían en una realidad. Pero en esta polarización de la sociedad, los representantes de la derecha abrieron el espacio necesario para el surgimiento del fascismo, sus grupos ultraderechistas y el discurso que legalizaba la posibilidad de un golpe militar. La acción armada en contra de un gobierno que amparaba la movilización del pueblo.

Tantas tardes pasé en casa de mi madre hablando del futuro de estos acontecimientos; tantas veces mi madre mencionó al MIR como la única posibilidad de organizar una real resistencia a la posible claudicación de los sectores más reformistas de la Unidad Popular, y al avance de los sectores más golpistas de la derecha, creando una alternativa propia pero que a la vez pudiera ser el catalizador para grandes sectores pobres de la población. Una alternativa que, a la vez de apoyar el gobierno de la UP, fuera preparando las bases para un enfrentamiento que inevitablemente iría a producirse debido a lo frágil que era el verdadero control de las estructuras del estado chileno por parte del pueblo y la UP.

Qué vorágine de acontecimientos se producían para una generación tan joven como la mía; todo era secundario a los acontecimientos políticos. Así, en este contexto, empezó mi militancia política con el MIR. El compromiso con mi militancia fue completo, dejé de lado todos mis otros proyectos, como mi postulación a la escuela de Filosofia en el Pedagógico, y me dediqué al trabajo de organización política en los sectores obreros de La Granja y posteriormente al trabajo de organización poblacional en la tomas de terreno organizadas por el MIR. Para fines de 1972 gran parte de mi tiempo estaba dedicado a tareas internas de organización en el MIR; viajé a Cuba a varios encuentros, siendo mi último viaje sólo a unos meses antes del golpe de estado.



El Golpe Militar, 11 de Septiembre 1973, Santiago Chile.

Me desperté sobresaltado al sentir los golpes en la puerta del garage donde dormía, convertido en una pequeña pieza de alojamiento con su cama, un estante para ropa y libros, una mesa con su máquina de escribir y muchos papeles, documentos y revistas desparramados por todas partes. Era la casa en Diego de Almagro, casi al llegar a Pedro de Valdivia, donde yo y Mary, mi compañera y la que sería la madre de mi hijo mayor Marcelo, habíamos llegado a compartir con Frank Terrugi, David Hathaway y su companera Ita, chilena, militante del MIR, y una pareja de uruguayos militantes Tupamaros.

Los militares están avanzando hacia La Moneda, se ha decretado el estado de sitio.

Qué dura es la realidad y nunca se imagina en su totalidad hasta que te golpea de frente, es como si un sopor te envolviera y no se puede pensar claramente, qué hacer. Tratamos de escuchar la radio y recordar lo que tantas veces hablamos pensando en ese Golpe que sabíamos en teoría que alguna vez vendría, pero que nunca se cree hasta que te golpea.

Abandonamos la casa con lo puesto, después de quemar en el patio la mayor cantidad de documentos que pudimos, cada uno a las casas de contacto que teníamos previstas. Frank y David se fueron al último o quizás nunca se fueron. La casa fue allanada y Frank fue asesinado posteriormente en el Estadio Nacional donde fue llevado con David, como bien lo cuenta Costa Gavras en su película “Missing”, donde relata la desaparición y asesinato de otro norteamericano que visitaba nuestra casa: Charles Horfman. David sobrevivió.

Ya no habrían noches de descanso, los militares nos habían arrebatado como un zarpazo la primavera que tardó tantos años en volver a nuestro país.

Primer año de Dictadura

Qué grande se sentía Santiago antes del golpe; qué pequeño era ahora. Era una constante búsqueda de gente que se atreviera a ayudarte, qué valor de aquellos que te tendieron la mano para esconderte y ayudarte a ti y la resistencia que pensábamos oponer a la dictadura. Cuántas noches pasamos en tantas diferentes casas, casi siempre con algunos otros compañeros; aún éramos muchos y conversábamos y discutíamos las últimas noticias. En el día, salíamos a tomar contactos para recibir información y cumplir con algunas tareas, pero poco a poco la represión comenzó su implacable cacería, muchas veces ayudados por delatores que recorrían Santiago en las camionetas de la DINA identificando compañeros. Qué tensión era salir a la calle a encontrarse con alguien, nunca se sabía qué iba a pasar. Siempre la incógnita de si el encuentro se iba a producir, y si el contacto no llegaba que haríamos, qué incertidumbre. Tantos compañeros/as cayeron en las manos de la DINA en esos puntos de contacto. Y así viví eludiendo a la DINA hasta Septiembe de 1974.

La caída en manos de la DINA

En medio de esta sobrevivencia bajo el toque de queda, sintiendo los helicópteros sobrevolar Santiago en las noches, fuimos construyendo algo parecido a una rutina de vida. Un simpatizante del MIR, amigo mío, un piloto de nacionalidad costarricense, nos dejó su apartamento donde vivía con su compañera chilena antes de partir a Costa Rica.

Ahí en la mera esquina de Avda. Grecia con Salvador, diagonal a la panadería que aún existe en la esquina, en el cuarto piso, fuimos creando esa frágil rutina de vida. Allí concebimos a nuestro hijo Marcelo. Allí nos sentábamos a leer el diario en el pequeño balconcito que daba a Grecia, allí leí novelas como la “Orquesta Roja”, en la Europa ocupada por los nazis. Tantos días de salidas a conectarnos con otros compañeros, y cada vuelta al apartamento era un día más de victoria; allí donde preparé tantos mensajes en diminutos papeles de cigarrillos para ser escondidos en envases de pasta de diente o jabones y ser mandados con la esperanza de aportar información política a otros compañeros, también escondidos en otras partes de esta ciudad; allí donde tomábamos onces con pan tostado;allí, por momentos, nos sentíamos seguros, felices, resistiendo.

Esa frágil rutina se rompió una noche de septiembre de 1974, cuando un grupo de la DINA, al mando de Osvaldo Romo, irrumpió en el departamento un poco después del toque de queda. Mary tenía tres meses de embarazo.

Era un grupo de unas diez personas que allanó el departamento. La casa de mi madre ya había sido allanada esa misma noche y ella había sido llevada al centro de tortura de la calle José Domingo Cañas.

Encerraron a Mary en el baño, sentía sus quejidos y las amenazas. Me tendieron en el suelo del dormitorio y empezaron a interrogarme. Les dije que yo sólo cuidaba ese apartamento para José Bordaz, un miembro del Comité Central del MIR; encontraron las llaves de un Fiat de los que usaba la seguridad de Allende. Yo me aferraba a mi historia de que era sólo un cuidador de confianza de ese departamento para el Comité Central del MIR, que las cosas que encontraron eran de José Bordaz , que no sabía dónde estaba estacionado el automóvil y que él vendría al apartamento en algún momento el próximo día, porque ya era toque de queda.

Qué terror más grande; todo esto no era más que una historia, yo no tenía ningún contacto con José Bordaz, él no conocía ese departamento y nunca vendría.

Me pegaron mucho, me insultaron, me amenazaban con violar a Mary encerrada en el baño; constantemente escuchaba “ve si encuentras unos alicates, le vamos a quebrar un par de dedos a este concha de su madre”; varias veces me pusieron un fusil en la espalda y gritaban “dispárale ya, no perdamos más tiempo”. Esto debió durar como unas dos horas.

José Domingo Cañas (casa de torturas de la DINA)


Cuando nos sacaron del departamento nos vendaron la vista y nos subieron a una camioneta donde fuimos tirados al suelo. El miedo hacía que me sintiera tan mareado, me costaba pensar pero tenía chispazos de lucidez que me recordaban que debía de seguir con mi historia. Sabía lo que venía, tantas veces habíamos hablado de las torturas, pero una parte en mi mente se resistía a aceptarlo.

El recorrido en la camioneta no fue muy largo; más tarde supe que nos estaban llevando a la casa de torturas de José Domingo Cañas. Nos bajaron a empellones, al entrar creo que nos separaron, mientras me ponían en una pequeña pieza donde había una mesa con una máquina de escribir. Estaban tomándole los datos a otra persona, que nunca supe quién fue. Allí me quitaron la venda de los ojos, luego me tomaron mis datos. Casi no podía hablar, tenía tanto miedo, tiritaba mucho. Luego me llevaron a una sala más grande donde había una silla, me volvieron a vendar la vista. Estuve solo por un rato y luego sentí que alguien se acercaba: era la “Flaca Alejandra”, Marcia Merino. Alejandra me conocía desde mucho tiempo, desde nuestro trabajo político en las poblaciones; ella visitaba a menudo la casa de mi madre y teníamos una buena relación de amistad. Yo siempre la admiré mucho por su dedicación e inteligencia, mi madre le tenía un afecto especial a ella. Con mis ojos vendados escuché cuando me habló, su voz sonaba normal como tantas veces la recuerdo; me dijo “perdón, Chico, yo tuve que entregar a tu mamá y a ti, si no me mataban, por favor entrega todos los contactos que tengas, hazlo por tu mamá y Mary y por ti, es la única manera de salvarse”.

Yo me sentía muy mal, creo que hubiera podido desvanecerme en cualquier momento, extrañamente el sentir esa voz tan conocida para mí, fue como una sensación de protección; no estaba tan solo como me sentía. Pero en ese estado nebuloso de mi realidad, algo me decía: “mantén tu historia”. Alejandra me tomó las manos cuando me habló, me repetía entregar todo para salvarnos. Yo le conte mi historia, y le dije que tenía terror que la DINA no me creyera, que no tenía contactos, pero que José Bordaz llegaría al departamento en algún momento de mañana. Me dijo que hablaría con ellos.

Siempre vendado me llevaron a otra pieza más grande donde había un sofá, allí me encontré con Mary, nos sentaron en el sofá, me sacaron la venda y nos dieron café, que no pude beber. Había varias personas, incluido Osvaldo Romo, nos interrogaban y a la vez nos repetían que en esta guerra ya estábamos perdidos y lo mejor para todos era colaborar. De repente, el tono cambió, un teniente (así se dirigían a él) empezó a gritar y a insultarnos, otros empezaron a gritarnos también. Nos pusieron la venda en los ojos de nuevo y a empujones nos bajaron a un subterráneo, podía escuchar que había otra gente, escuché quejidos y un corto llanto. Allí perdí la sensación de lo que me rodeaba. No sé por cuánto tiempo Mary estuvo junto a mí y cuándo se la llevaron.

Me ordenaron que me quitara la ropa, casi no podía hacerlo, tiritaba mucho y estaba tan mareado que perdía el equilibrio muy a menudo. Me pegaron mucho, creo que con una goma muy dura, pero también patadas, sobre todo en los genitales. Me caía al suelo y me volvían a parar, siempre sujetándome entre dos de ellos. Yo escuchaba sus gritos y amenazas y el resoplido agitado de la respiración de mis torturadores. Botado en el suelo, sentía que sangraba por la boca, mi respiración era muy agitada y entrecortada, una punzada profunda se metía entre mis costillas y me producía arcadas y tos. Cuánto tiempo había pasado no sabía, no podía pensar, me parecía una eternidad.

Creo que me dejaron solo por unos minutos, al volver me levantaron del piso y me pusieron en una cama de rejas de metal, me amarraron los pies, las rodillas, la cintura, los brazos, la cabeza. Me amarraron tan fuerte que sentía las barrillas de metal del catre incrustándose en mis tobillos.

Le tuve más miedo a esos momentos que a la misma muerte. Tiritaba tanto que el catre llegaba a sonar, sentí cómo mi cuerpo dejaba de responderme, mi orina me mojaba las piernas, no podía controlarme. Escuché insultos y compañeros por los cuales se me preguntaba. Yo volvía a tratar de contar mi historia. Osvaldo Romo empezó a gritarme “te vamos a parrillar, hijo de puta, hasta que te murai, si no hablai”. Sentí el primer descargo de electricidad en los testículos, fue un tremendo golpe a todos mis nervios, di un salto al tensar todos mis músculos. Y sentí el segundo y el tercero y mi mente daba vueltas como en un remolino infernal, me mordí los labios y la lengua y a veces no podía ni siquiera gritar porque la voz no me salía. Recibí la corriente eléctrica por muchas horas, habían momentos en que creí que me desvanecía estando mi cuerpo totalmente rígido, en esos momentos muchas veces tuvieron que golpearme el pecho con mucha fuerza para soltar el espasmo que no me permitía ni siquiera respirar; hubo pausas donde sentí que alguien me miraba, la venda de los ojos se había movido un poco, podía ver algunas siluetas, alguien me tocó el pecho, sentí conversaciones. Los insultos empezaron de nuevo, me mojaron con una toalla y empezaron a aplicar la picana de electricidad de nuevo, lo hacían en diferentes partes del cuerpo. Yo brincaba con cada descarga, a veces no podía casi respirar, me ahogaba sobre todo cuando la picana tocaba mi boca o cerca de mis ojos, la boca la tenía reseca y sentía que mi lengua me llenaba la boca.
En varias ocasiones pararon la tortura, no sé si salían de la pieza o se quedaban callados. Pero esos minutos eran los peores, parecían eternos y mi cuerpo parecía volver a despertarse, allí, en esos minutos, me daba cuenta tanto del horror que estaba viviendo, en esos minutos era mi mente la torturada, no puedo describir el miedo que sentía, el miedo a los pasos que volvían a la pieza, el miedo a volver a sentir los insultos, el miedo a la picana y al dolor que nuevamente comenzaría en cualquier minuto, pero sobre todo el terror de sentir esos pasos de vuelta trayendo a Mary o a mi madre para ser torturadas delante mío. En esa noche perdí la noción del tiempo, me desvanecía y volvía al terror, queriendo no recuperar la conciencia cuando la perdía.
Fue la noche más larga de mi vida.



Mi escape de la DINA

En algun momento de la madrugada sentí que pararon los golpes de electricidad, mi cuerpo ya casi no respondía, sentí cómo me desamarraron y me bajaron de la parrilla, me mojaron para revivirme, y me vistieron. Apretaron la venda en los ojos y me llevaron entre dos a un auto que esperaba en la calle; sentí cómo me sentaron en el asiento de atrás y partieron. Volví a estar más consciente, empecé a tiritar de miedo y frío, hacía mucho frío, o sentía mucho frío. El auto paró y al rato me sacaron la venda de los ojos, estabamos estacionados en Grecia con Salvador, al lado de la panadería de la esquina, justo al cruzar la calle, al frente de mi departamento. Al lado mío estaba sentado Basclay Zapata “El Troglo”, y adelante, al volante, el tipo que me había interrogado en la casa de José Domingo Cañas, al que se referían como “mi teniente”. Este me empezó a amenazar, diciéndome que iban a comprobar si estaba diciendo la verdad. Que iban a esperar a que llegara José Bordaz y que tenía que identificarlo al entrar al edificio. De vez en cuando se comunicaban por una radio, al parecer, con un grupo que estaría esperando arriba en el departamento. Decía que si eran mentiras lo que había dicho, lo que me habían hecho la noche anterior no sería nada comparado con lo que me harían, no sólo a mí, sino a Mary y mi madre.

Mi mente empezó a dar vueltas, me estaban aterrorizando, no podía volver a la casa de torturas, nunca podría resistir ver la tortura de Mary o mi madre delante mío. Y no tenía escapatoria, nadie vendría a mi departamento porque nadie lo conocía.
Creo que en ese momento estaba tomando la decisión de morirme. Empecé a reafirmar que sí, José Bordaz llegaría en cualquier momento al departamento, porque yo era parte de una célula de apoyo de confianza del Comité Central. Habían unos papeles en el asiento, los tomé y dije: “así es como se configura el esquema de esta célula con el CC”, y le pedí un lápiz para dibujar el esquema. Le devolví los papeles y me quedé con el lápiz. Pasó como una hora, era muy temprano en la mañana, la panadería estaba abriendo, había muy poca gente en las calles, pero algunas entraron a la panadería a comprar pan. Ellos también estaban cansados; Basclay Zapata casi dormitaba a mi lado, le vi la pistola bajo la camisa, pensé por un minuto tratar de arrebatársela. Entré en un estado de agitación, presentía que iba hacer algo, estaba buscando, mirando a todos lados, estaba despierto y apretaba el lápiz en mis manos. El Troglo se sentó más derecho en el asiento, y al minuto dijo: “teniente, voy a comprar pan, sólo un minuto”, se bajó y entró a la panadería.

Sentí que tenía fiebre, mi cabeza daba vueltas y me sentía sofocado, pero supe que era ése momento en que tenía que actuar. Apreté el lápiz con toda la fuerza que me quedaba, el teniente estaba de lado al volante, con el brazo sobre el asiento. Levanté mi brazo sobre el asiento y lo golpeé con el lapiz a la altura del ojo derecho. Sentí el impacto del lápiz y mi puño en su cara, el lápiz se partió o porque entró al ojo o porque se estrelló en el hueso que lo rodea. Sentí un grito y una amenaza: “¡ahora sí que la cagaste!”; tenía la pistola en la mano, no sé si siempre la tuvo allí, antes no me había dado cuenta. La agarré del cañón con una de mis manos, él no podía disparar, estaba como en schock nervioso, no pude quitársela, con la otra mano abrí la puerta y empecé a tratar de bajarme, no podía moverme, también estaba como en un schock. Me tuve que tirar fuera del auto, caí al pavimento, escuchaba gritos y quejidos del tipo en el auto; un camión había parado en frente de la panadería, el chofer miró al auto, levantó las manos y se quedó petrificado. Yo me levanté y empecé a caminar como pude, cruzando la avenida Salvador tomé por avenida Grecia hacia el centro. No miré para atrás ni una vez, no podía, entré por la primera entrada al edificio de la esquina, pero no entré al edificio, pasé sobre la reja de los jardines y seguí caminando hasta el próximo edificio, el corazón me saltaba en el pecho. Me encontré con la entrada, creo que por la parte de atrás del segundo edificio, y entré, subí las escaleras, eran edificios sin ascensor, cuando llegué al último piso encontré que había una entrada al entretecho, no sé ni me acuerdo cómo me subí al entretecho, pero lo hice, cerré la puertezuela y me senté contra una viga.

Pasaron muchas horas en que estuve inconsciente, una vez que me senté en el piso de ese entretecho me desvanecí, horas más tarde me fui despertando, empecé a ver unos rayos de luz filtrándose por las junturas del techo, mi cara estaba contra el piso, no podía entender qué estaba mirando o dónde estaba. Me dolía mucho el cuerpo, tenía mucho frío y tiritaba, pero mi cabeza estaba como ardiendo. Tenía mucha fiebre, creo, y me costó bastante rato incorporarme y analizar lo que había pasado, poco a poco empecé a pensar, no tenía ninguna idea de la hora o cuánto tiempo había estado allí. Traté de mirar por las junturas del techo, traté de escuchar, pero todo me parecía muy confuso, escuchaba sirenas, pasos y gente corriendo, quizás todo era mi imaginación, porque en realidad habían pasado muchas horas desde mi escape. Con el paso de las horas me fui calmando, me fui convenciendo que había escapado.

Cuando oscureció, decidí salir, necesitaba llegar a una casa de un ayudista a pedir ayuda, si no quedaría completamente aislado sin un lugar donde refugiarme. Bajé del entretecho y salí del edificio, estaba en avenida Grecia; vi un taxi y lo tomé, lo hice llevarme a la casa de esta familia ayudista, me bajé y lo hice esperar. Pedí plata para pagar el taxi y me senté en la mesa del comedor. Me preguntaron qué pasaba porque me veían en tan malas condiciones, me sirvieron té y algo de comer, me dieron una camisa para cambiarme y una chaqueta; estuve un rato para calmarme. Les conté lo que estaba sucediendo, tuvieron mucho miedo. Al cabo de un rato me fui, conocía otro contacto: era un zapatero que tenía un pequeño taller por la avenida Tobalaba , cerca de la casa donde estaba. Me fui a buscarlo y lo encontré cerrando el taller, le pedí que me dejara pasar la noche en el taller y que hiciera contacto con un compañero de mi estructura de trabajo. Esa noche casi no dormí , al otro día unos compañeros me vinieron a buscar y me llevaron a una casa de seguridad.

La Clandestinidad

Estuve en una casa de seguridad por lo menos un mes, la única salida fue a buscar el auto que había dejado en un estacionamiento cerca del departamento de Grecia. Me fui tranquilizando y podía leer y trataba de dormir durante el día porque en las noches no podía hacerlo; el silencio me aterraba y cualquier ruido me parecía un allanamiento.

Estaba la mayor parte del tiempo solo, de vez en cuando un compañero, que era mi contacto, me venía a ver. La casa era de una familia de izquierda un poco mayor, había una abuela que sufría de alzhaimer, nunca sabía si me iba a reconocer o no. Algunos días me esperaba en la planta baja con desayuno y era muy cariñosa; otros días no me reconocía y me preguntaba quién era yo, qué hacía en su casa, que si estaba arreglando algo, ya debería de terminar e irme. Había una empleada que la tranquilizaba y le decía que yo era el sobrino que venía de fuera de Santiago (eso creía la empleada) , ella reclamaba que no tenía ningún sobrino. Al rato se olvidaba de todo esto y se me acercaba a conversar y a contarme historias de Allende.

No supe nada de la suerte de Mary y mi madre por mucho tiempo, hasta que recibi información que habían sido trasladadas a Tres Alamos, estaban vivas y Mary aún estaba embarazada.

En Octubre de 1974 fui trasladado a una casa en el alto de La Reina. Esta casa la había alquilado Leonardo "Barba" Schneider, el cual, al parecer, ya estaba colaborando con la SIFA (Fuerza Aérea) y su objetivo principal era la Comision Política del MIR; habían varios otros compañeros que llegaban a esta casa. En Octubre 9 de 1974, Miguel Enríquez es asesinado por la DINA en una casa de la comuna de San Miguel. De ese enfrentamiento se escapa José Bordaz y llega a la casa de La Reina; sólo está unas horas.

Esa noche hubo mucho movimiento de militares en el área, al otro día me trasladan a la casa de una doctora que ofreció su ayuda para protegerme. Durante esos días caen en mano de la DINA y SIFA muchos de mis contactos. Voy a vivir en esa casa hasta febrero de 1975. Allí supe de la muerte de José Bordaz en manos de la SIFA, allí supe que había sido delatado por René Scheiner, allí supe que me había salvado una vez máas porque Scheiner y la SIFA no estaban interesados en mí, era sólo la DINA que me buscaba casi por razones personales.

Mi único contacto no volvió más a conectarme en la casa, esperé unas semanas, no sabía qué hacer, necesitaba salir de allí pero no tenía ningún lugar donde ir. Mi contacto había sido detenido por la DINA y su valentía me salvó la vida, nunca entregó la dirección de esta casa, pero yo aún no sabía esto. Durante mi estadía en esta casa, nació mi hijo Marcelo, el 18 de enero de 1975. Salía en las noches a diferentes teléfonos públicos a llamar a casa de la madre de Mary, sólo hablaba unos segundos, sólo quería saber si estaban bien. Me avisaron que habían sacado a Mary de Tres Alamos a dar a luz a Marcelo en una clínica privada. Tantos pensamientos cruzaron por mi cabeza, cómo podría acercarme a esa clínica a mirarlo, a ver sus ojitos recién abiertos a este mundo acorralado por la represión y la infamia. Pero sabía que era una trampa, sabía que me estarían esperando.

Mi salidad de Chile

En febrero de 1975 acepté pedir refugio en una embajada; la doctora que me albergaba, exponiendo su propia seguridad, me contactó con un compañero que me asistió en mi entrada a la embajada del Ecuador. Fui llevado a una iglesia donde ya había un grupo de compañeros esperando para ser trasladados a la embajada. En un momento del mediodía llegaron a buscarnos en un pequeño bus. Cruzamos Santiago hacia el barrio alto y después de dar algunas vueltas en el barrio de la embajada, el bus se paró al frente de ella y nosotros salimos corriendo y trepamos por las rejas del jardín del frente y saltamos adentro. Carabineros llegaron al momento, pero ya estábamos adentro. Creo que era un fin de semana, me parece recordar que el lunes siguiente llegó el embajador, hubo gritos y amenazas y poco a poco la situación se fue tranquilizando.

Creo que fui uno de los primeros en salir de la embajada con destino al extranjero; la Cruz Roja Internacional vino a entrevistarme varias veces y me proporcionó un salvoconducto para salir de Chile con la aprobación de la dictadura. El cónsul de Costa Rica vino a visitarme a la embajada y me ofreció refugio político en su país.

En algún momento de marzo de 1975 me vinieron a buscar a la embajada el cónsul de Costa Rica y el representante de la Cruz Roja Internacional. Viajamos en dos autos hacia el aeropuerto y fuimos seguidos todo el camino por una patrulla de carabineros y un auto con funcionarios de civil.

Una vez en el aeropuerto me llevaron a una sala donde revisaron los salvoconductos y autorizaciones para dejar el pais. Luego me hicieron salir por una puerta hacia la pista donde un bus me llevaría hasta el avión; sentía una extraña sensación al subirme al bus y sentir cómo éste se ponía en marcha hacia el avión esperando en la losa del aeropuerto. Era una mezcla de nervios, miedo y, en cierta forma, la excitante esperanza de la libertad. Cuanto más cerca estaba el avión, más fuerte era esa sensación que me envolvía. No miré ni una vez para atrás, tenía mis ojos puestos en el avión, sólo quería mirar hacia adelante. Cuando me senté en mi asiento y el avión empezó a tomar velocidad por la pista, miré por última vez el aeropuerto de Chile, volví mi vista hacia las montañas y miré los Andes y sólo volví mis ojos una vez más para mirar Santiago envuelto en una penumbra de smog. Sentí un gran alivio, una gran pena y un gran cansancio. Creo que cerré mis ojos y, por primera vez en tantos meses, dormí profundamente.


Mi llegada a Costa Rica; el comienzo del exilio

Llegué a Costa Rica donde se encontraba mi hermano, un hermoso país con frontera al Pacífico y al Caribe. Allí me encontré con el sol y las palmeras, aún me tiritaban las rodillas y no dejaba de mirar sobre mi hombro; mis primeras semanas fueron un poco difíciles, tenía que sacarme los fantasmas que traía conmigo, aquellos que me perseguían para tomar venganza. Mi hermano fue sabio, me sacó de San José (la capital) y me llevó a una bahía escondida en medio del caribe en la costa nor este de Costa Rica. No había nadie, y digo ¡nadie!, por días sólo vi unos pocos pescadores y la naturaleza, los monos, los animales de la selva, los peces y los corales. Las noches eran oscuras cuando no había luna, y el bullicio de la selva se moría al irse el sol. Despues venían las estrellas y, botado sobre mis espaldas, las contemplaba hasta muy entrada la noche. Cuántas estrellas fugaces cruzaron el firmamento delante de mis ojos, qué grande era el universo contemplado desde esas playas, qué silencio más profundo nos adormecía en la selva, qué estrecho y cruel fue el ataque artero de la injusticia que me sacó de mi país.
Me saqué los fantasmas uno por uno, y caminé por esas playas descalzo, con el sol en el cuerpo y, poco a poco, las estrellas me volvieron a la cara.

En esos tiempos mi hermano era un artesano en cuero y me enseñó a trabajarlo, alquilamos una casa en el barrio de Tibas, una casa de madera pintada amarrilla, con una hamaca colgada en la puerta de entrada donde tantas veces dormí una siesta al sonido de la lluvia del trópico, allí hicimos un hogar, tuvimos nuestro taller y recibimos tanta gente a compartir un vino y un arroz con porotos negros y tortillas.

Meses más tarde, Mary fue expulsada de Chile y viajó a Venezuela; mi madre fue expulsada a México. Marcelo fue retenido en Chile y entregado a su abuela, la mamá de Mary, la cual pudo viajar finalmente a Costa Rica con Marcelo cuando conseguimos finalizar el trámite de reunificación familiar a traves del Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas. Allí, en ese hermoso país de Centro América, tratamos de rehacer nuestras vidas, como individuos, como pareja , como familia. Pero nos habían pasado muchas cosas, las cicatrices eran muy profundas y nuestras vidas juntos no tuvieron más la perspectiva del comienzo, sólo nuestro hijo quedó como testigo de una relación que fue soñada en una sociedad más justa y hermosa.

Seis años viví en Costa Rica, trabajé como artesano, estudié en la universidad y me gradué con un Bachillerato en Sociología. Hice solidaridad con Nicaragua y trabajé desde el exterior con la resistencia en Chile. Viajé por las playas y volcanes acompañado muchas veces de Marcelo, vimos y corrimos tras los monos del Caribe, acampamos bajo las estrellas y nos bañamos en aguas templadas por el sol.

Pero la DINA aún no se conformaba con mi escapada de José Domingo Cañas y, posteriormente, de Chile. La DINA montó numerosas acciones en el exterior que culminaron con la muerte de Orlando Letelier, Prats y muchos compañeros secuestrados y asesinados en diferentes países de Latino América.
Enrique Arancibia Clavel, funcionario de la DINA y hoy día cumpliendo prisión en Argentina por el asesinato de Prats, cuando es detenido se le encuentran varias fotografías de militantes del MIR, entre ellas la de Andrés Pascall Allende que estaba viviendo en Costa Rica después de su salida de Chile, y una foto mía, supuestamente incluidos en un plan de asesinato, como lo relata el libro “Bomba en una calle de Palermo”.

Un dia de enero de 1981 me ponía una mochila en la espalda y salía a la carretera principal con destino a Nicaragua. Así comenzó mi viaje de algunos meses por Centro América, pasando por Nicaragua, Honduras, Belize, México y, finalmente, Estados Unidos.


Mi vida en New York

Llegué a Washington donde estaba viviendo mi hermano, que también había dejado Costa Rica un poco antes que yo. Estuve allí unas pocas semanas y viajé a New York desde donde tenía un pasaje de avión para ir a Europa. Me esperaba en New York un amigo, pintor boliviano que me ofreció su departamento donde alojar. Me fue a buscar a la estación del tren, tomamos el tren subterráneo hacia el Upper west side, en Manhattan, donde nos encontramos con un grupo de edificios abandonados en la calle Amsterdam Avenue y la calle 108. Él sacó una llave de su bolsillo y abrió una de las cadenas que cerraba unos de lo edificios. Entramos a un socavón oscuro buscando nuestro camino hacia una escalera que nos llevaría al cuarto piso. Al abrir la puerta de su apartamento y prender la luz , nos encontramos con un departamento hermoso, totalmente pintado de blanco donde sus murrallas estaban tapizadas de sus cuadros. Esta impresión fue mi primer encuentro con esta gran ciudad, de los rascacielos del centro a un edificio abandonado que albergaba un estudio lujoso de un pintor.

New York vivía aún el resultado de una de sus más grandes crisis de vivienda de su historia, la cual había dejado miles de propiedades abandonadas por sus dueños, después de haber especulado con ellas, no pagando impuestos, cobrando seguros fraudulentos y dejando estos edificios en el más completo abandono. Situación que se generó en gran medida por la llegada de nuevos inmigrantes, especialmente latinoamericanos pobres sin posibilidades de pagar los arriendos esperados por sus dueños y el crecimiento de las tasas de desempleo que dejaron a muchas familias residentes de esos edificios sin la posibilidad de pagar sus arriendos. Los dueños empezaron a especular y la ley tan sólo podía, después de un largo y burocrático proceso, tomar la propiedad de esos edificios, que en ese momento ya estaban en muy malas condiciones, semi abandonados o en completo deterioro.

Después de una semana de estar viviendo en ese edificio, donde además había un grupo que estaba tratando de rehabilitarlo, donde algunos de ellos ya vivían allí, otros sólo venían a trabajar cada tarde o los fines de semanas, mi interés por esta increíble situación que se producía en muchos lugares de esta ciudad, me estaba fascinando. En ese entonces ya había más de diez mil propiedades abandonadas en esta gran ciudad, la ciudad más rica del mundo.

El grupo que habitaba el edificio me ofreció un piso para rehabilitar y un lugar en esta asociación de homestaders. Necesité unos segundos para decir “acepto, me quedo en esta ciudad”. Vendí mi pasaje a Europa, y decidí re-construir un edifico y un departmento para mí en esta ciudad loca.

New York vivía a una velocidad vertiginosa con sus miles de gentes en las calles, comprando, turisteando, pidiendo limosnas o paseando por la ciudad. Ciudad que nunca duerme, con sus calles llenas de comercios, sus restaurantes, sus teatros y sus refugios para gente sin hogares. Pero, sobre todo su gente, de todos lados, colores, olores, lenguas y niveles económicos. Ciudad de contrastes y contradicciones. Los más ricos y los más pobres. La soledad más grande para algunos y la gran sensación de comunidad para otros. Ciudad de conflictos, represión racismo, brutalidad policial, modas, drogas y sexo. Ciudad de una tremenda solidaridad, donde la comunidad se organiza para defender un edificio abandonado o un pedazo de tierra que ha estado abandonado por años y donde la gente de la comunidad ha dedicado su vida a plantar flores, a crear un jardín. Los grandes intereses empezaron a ver el símbolo del dólar una vez que los intereses de bienes raíces comenzaron a descubrir estos lugares. La comunidad vio sus raíces culturales amenazadas, sus vidas diarias y el peligro de ser desplazados fuera de sus barrios. Esta ciudad se presentaba ante mí como una ciudad de lucha, una lucha por la sobrevivencia de tu espacio, ya sean terrenos vacíos convertidos en jardines o edificios abandonados convertidos en cooperativas de viviendas.

Un año después de estar viviendo en New York, trabajando cada día o fin de semana en la re-construccion de este edificio, la organización que nos prestaba apoyo técnico y que finalmente fue instrumental en legalizar la situación de este edificio con la Municipalidad de la ciudad, me ofreció un trabajo de organizador, principalmente en proyectos como éste en los barrios latinos de la ciudad. Así empecé a trabajar para The Urban Homesteaders Assistance Board (UHAB), una organización sin fines de lucro (ONG), dedicada a desarrollar proyectos de cooperativa en edificios abandonados o semi abandonados con la tesis de que el factor principal estaba en la fuerza de sus residentes y la comunidad. Hoy día, después de 23 años de trabajar en el desarollo de la vivienda en esta ciudad para la misma organización UHAB, después de haber completado una maestría en Planificación Urbana y de haber ocupado diferentes posiciones en esta organización, que de un puñado de personas ocupando sólo dos piezas como oficina, se ha convertido en la organización (ONG) más grande de esta ciudad en el campo del desarrollo de la vivienda cooperativa para gentes de bajos ingresos. Hoy damos asistencia técnica, financiera y educacional a más de 1200 cooperativas en esta ciudad. Yo ocupo la posición de Director Asociado para el Departamento de Preservación Cooperativa de UHAB.

A través de 23 años de trabajar con los sectores más necesitados en el campo de la vivienda he ido encontrando tantos paralelos con los años que trabajé políticamente organizando a los pobladores chilenos de los campamentos 26 de Enero, Magaly Honorato o La Bandera, durante el último años del gobierno de Frei y los años de la Unidad Popular. Estos paralelos han estrechado a lo largo de los años mi fuerte compromiso con los sectores mayoritarios de cualquier sociedad, los más pobres.


Mi familia en New York

En Enero de 1990 llega a trabajar a mi oficina Sarah Hovde, una newyorkina hija de una familia de académicos, venía de trabajar con una organización (ONG) que daba asistencia a gente sin casa. Entra a trabajar conmigo en un proyecto que en ese entonces dirigía. Trabajamos como colegas aproximadamente un año. Fue un placer trabajar con Sarah, comprometida con su trabajo y la gente que asistía, independiente, inteligente y con un sentido de entrega inigualable en el campo profesional. Me enamoré de ella, de su capacidad, su honradez, su inteligencia, su generosidad y su sonrisa. Cociné para ella empanadas, langostinos al pilpil, torta de mil hojas, pan amasado, cazuelas, chacareros, porotos granados, sopaipillas, paellas, mariscadas, preparé guindaos hechos con aguardiente traídos de Chile, y un día viernes de invierno, después del trabajo fuimos a patinar en hielo y luego en mi pequeño departamento, en las cercanías del Central Park, le hablé de un sueño incompleto, le conté de un mundo donde las casas no tenían techo, donde su gente dormía mirando las estrellas y al despertar el sol o la lluvia les bañaba la cara. Una casa sin techo, un mundo sin fronteras y una sociedad solidaria.
Seis años después nos casamos, en una ceremonia privada en el departamento del papá de Sarah, en Riverside Drive al frente del parque que lo separa del Hudson River. Jim Morton, el dean de la hermosa catedral de Saint John the Divine, presidió la ceremonia y estuvimos acompañados por nuestros amigos y familiares. Ese día cociné para todos, hice más de 120 empanadas y brindamos por nosotros, por todos los que nos acompañaban y por nuestros sueños por cumplir.

Hoy día tenemos dos hijos, Lukas que tiene 7 años, travieso y dulce con su pelo rubio , sus ojos azules , la sonrisa de su madre y un cuerpecito parecido al mío cuando era niño, y Eva que tiene 5 años, inteligente y hermosa, con su piel más tostada, su pelo claro y enrizado, su carita parecida a tantas fotos de mi madre cuando era una niña.


Volviendo a Chile

Pasaron 22 años antes de volver a Chile, pasaron 22 años de exilio impuesto por la dictadura militar, hasta que se me permitió y se me otorgó la libertad de poder volver a visitar mi país, mi familia, mis recuerdos. En enero de 1992 hacía veintidós años en que no vi cómo mi familia crecía, veintidós años en que no pude velar a mis muertos, mis abuelos con los cuales crecí y compartí la vida hasta el Golpe.

Cuando el avion aterrizó en Santiago sentí tantas emociones, una alegría inmensa, una curiosidad de ver mi gente, mi país, no pude dejar de recordar el miedo que sentí cuando dejé Chile 22 años atrás, sobre todo cuando pasé por aduanas. Los funcionarios de migración, las ventanillas, la cola para presentar el pasaporte, las preguntas sobre el destino de mi viaje. Pero Sarah iba conmigo, y sentí su mano todo el tiempo junto a la mía. Estaba cerrando un ciclo abierto tantos años atrás.

Hoy es diferente, viajamos todos juntos, los niños no pueden estar quietos, especialmente en los terminales de aeropuertos, corriendo, deslizándose por los interminables pasillos, riéndose y jugando como si estuvieramos en un gran campo de juegos. Hoy día nuestra preocupación es cómo mantener el caos de nuestra familia en orden.


El atentado a las Torres Gemelas, 11 de Septiembre 2001, New York


A las 8.30 de mañana me subí al tren subterráneo que viaja desde Brooklyn hasta Manhattan. Recién había dejado a mi hijo Lukas de tres años en su kinder. Era un día hermoso, uno de esos días claros con cielos azules interminables. La estación del tren estaba llena de gente, era una mañana como cualquier otra en esta ciudad. Yo quizás el único chileno en esa estación pensaba en el bombardeo de La Moneda sucedido hacia 28 años atrás y lo que había sido mi vida en Chile. El resto, absortos en sus audífonos escuchando música, leyendo sus diarios o libros, esperaban impacientes comenzar el agitado vivir de cada día.
A las nueve de la mañana el tren paró en Broad Street, la primera estación en Manhattan, en la esquina de Wall Street donde está la Bolsa de Valores, a algunas cuadras del World Trade Center. Las puertas del tren se abrieron y comenzamos a salir, tomamos la primera escalera al primer nivel antes de la calle, cuando un sonido estrepitoso, como una explosión gigantesca sacudió la estación. Al llegar al primer nivel ya estaba entrando humo que más tarde cubriría toda esa parte de la ciudad. ¡Qué ironía! Era un once de Septiembre de nuevo. La gente empezó a gritar y todos corrieron hacia las escaleras que van a la calle. Corrí con la gente, sin pensar demasiado, más bien actuando por instinto, como tantas veces lo hicimos el 11 de septiembre en Chile.

Al salir a la calle, el cielo estaba cubierto por millones de papeles y el humo empezaba a bajar, más tarde ese humo negro no te dejaría ver más allá del largo de tu brazo, la gente que se apretujaba por salir de la estación, el pánico y los gritos apagados por el humo, te hacían perder el sentido de la realidad. ¿Qué pasaba? Nadie sabía, nadie podía ver, empezaba a costar respirar. Caminé, ni siquiera corría, sentía que estaba viviendo sensaciones que ya había vivido antes en mi vida. Quizás cuando me escapé de la DINA, tampoco corrí, sólo caminé. Limpiándome los ojos constantemente y cubriéndome la boca con mi pañuelo caminé hacia el East River por Wall Street hacia donde estaba mi oficina. Cuando llegué escuché que había habido un accidente, parecía que un avión se había estrellado contra la torres; “ ¡no, eran dos aviones, decian!” Tratamos de llamar por teléfono, pero los teléfonos estaban cortados , ni los teléfonos celulares funcionaban, tampoco las computadoras. La administración del edificio nos entregó la información de lo que había pasado, había que evacuar el edificio. Mi bajada del tren subterráneo había coincidido con el choque del segundo avión contra las torres. Al poco rato, una nueva explosión hizo remecer los cristales y otra nube negra que se podía ver desde mi ventana avanzaba como una tormenta. La primera torre se estaba desplomando.

El humo mezclado con los miles de desechos de esas torres gigantes estaban cayendo como una nieve implacable, apagando la luz y poco a poco el sonido. Era como un manto fatídico que te iba aplastando

Abandonamos el edificio y, poco a poco, en las mismas condiciones de oscuridad y con muchas dificultades para respirar, los pocos que habíamos en mi oficina tratamos de buscar una salida hacia nuestras casas. Yo caminé hacia el norte, buscando el puente de Brooklyn para salir de Manhattan. Eran miles los que que trataban de escapar de esa área por este puente; el terror se mostraba en la cara de la gente, en ese once de septiembre nadie se esperaba el golpe de los aviones.

Cuando casi llegaba al centro del puente, donde se había disipado el humo y se podía ver en una vista panorámica todo el sur de la isla de Manhattan, me senté a descansar, la gente pasaba apresurada, se sentían gemidos, llantos, otros iban callados . Allí sentado mirando esa gran ciudad, posé mis ojos en la torre que aún estaba parada, vi sus llamas consumirla y, en un instante, un ruido ronco como el de un terremoto hizo explotar esa torre gigantesca en millones de partículas; el cielo se cubrió una vez más. Con ellas desaparecieron miles de seres humanos, una vez más la vida se presentaba delante de mí con toda su fragilidad.

Todo habia empezado una linda mañana asoleada al tomar mi tren de todos los días rumbo a mi trabajo.


Hoy después de tantos años. New York 2006

A veces pienso que ha pasado toda una vida, otra veces me parece que ha sido sólo ayer. Pero lo que es indudable es que en esta corta vida que hemos ido viviendo paso a paso, lo hemos hecho siempre con otra gente que nos ha acompañado en este viaje, nuestros antiguos conocidos, viejos amigos, familia, y todo un pueblo que fue reprimido, resistió y sobrevivió, y hoy busca de nuevo su futuro. A veces, es un segundo; a veces son cien años, pero cada paso ha dejado una marca escondida bajo la piel o incrustada en el corazón. No sería lo que soy hoy sin mi pasado, mis sueños hoy día, mi compromiso profesional, mis ideas políticas y que anidaron mis experiencias presentes. Después de tantos años, soy tan diferente pero también soy el mismo. Hoy día cocino un risotto al vino blanco con porcini. Cuando tenía 20 años estaba cocinando tallarines con pomarola en un pequeño cuarto que compartíamos unos cuatro compañeros en las cercanías de la Plaza Italia, ¡pero ya estaba cocinando! Porque como hoy día, amo sobre todo los pequeños rituales de la vida diaria, gracias a esos tallarines, gracias a ese compromiso, gracias a mi madre, a mi hermano, a mi familia, mis amigos del barrio donde crecí, gracias a mis amores de juventud y sobre todo gracias a mis compañeros y compañeras que dieron su vida en esta vida.
Hoy sigo soñando, aportando a los más necesitados y mi sonrisa es más ancha gracias a mis hijos, Marcelo, Lukas, Eva y a mi esposa y compañera Sarah.



Fernando
New York, Octubre 2006.



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