Dos colombinas, por Nerak Errotal


Uno


Colón durmiendo en una hamaca. Viste guayabera y shorts. Lo acompaña la reina Siboney que viste sólo un taparrabo. Usa collares en el cuello y tobillos. En su cabeza tiene puesto un bonete colorado. Sentada en el suelo, lee el Diario de Colón. Hay una cesta con variadas frutas tropicales.

Colón (despertando, aún con ojos cerrados): Qué calorón hace en esta maldita isla. Échame más viento. La humedad me asfixia. ¡Vamos, qué esperas!

Siboney se levanta, coge un papel y lo abanica enrabiada.

Siboney: No debería hacer esto, soy una reina, a mí me deberían abanicar. ¡A mí!

Colón: Una reina de verdad no anda desnuda…pero qué haces. Deja esa hoja, es mi diario.

Siboney lee, burlándose

Querido Diario: Aún no le escribo a Isabel, mi reinita, contándole las noticias del largo y penoso viaje, donde he sido yo el descubridor de esta tierra firme que he nombrado San Salvador y que sus habitantes llamaban Guanahaní, a 24 grados al poniente, con el Sol en Libra y la Luna en Ariete. Todo es muy mucho maravilloso aquí… y extraño…

Colón: No sigas… eso es privado.

Siboney tira el papel al suelo. Colón recoge ése y otros desperdigados por el suelo.

Siboney: Tienes a otra, ya lo sospechaba. Te haré matar, infeliz; te despostarán como a una iguana y haré preparar las parrillas.

Colón: Sí, como lo hiciste con doce de mis hombres.

Siboney: Bien sabrosos que estaban, a pesar de lo flacos, sifilíticos y con escorbuto. Ya, dime ¿quién es esa Isabel, por qué tienes que andar escribiéndole?

Colón: (ensimismado) Ah…Chabeli, tu jugo real fue mejor que las cuatro chauchas que me diste para esta empresa grandiosa…y Juana, ah Juanilla…quedaste loca con los placeres que te otorgué, yo, tu humilde servidor…

Siboney: Qué califa * eres…

Colón: ¿Califa moi? Dios no te dio seso, los califas son mis enemigos. Pero esa es otra historia.

Siboney: Cuéntame de esa mujer. Es una orden.

Colón: No, debo escribir, es mi deber y salvación. Déjame solo.

Siboney: (Coqueta) Muéstrame tu guarionex primero.

Colón: Y dale con eso ¿aún no entiendes lo de la circuncisión?

Siboney: Me da tanta risa que lo tengas descuerado. Ustedes tienen costumbres tan salvajes.

Colón se lo muestra a Siboney. Ella se va riendo.

Colón: (aliviado) Al fin se fue esta hembra. No sé por qué le enseñé a leer; he creado a un monstruo. Es peor que Juana persiguiéndome por palacio.

Pausa

(Sombrío) “Yo no vine a este viaje a ganar honra y hacienda: esto es cierto, porque estaba ya la esperanza de todo en ella muerta. Yo vine aquí con buena intención y buen celo, y no miento…”, no miento, mi reina preclarísima…
Gracias a Dios fluyen mis palabras. Deberé tomar nota antes de que se me olviden. Es tanto el calor que me deshace la memoria…Estoy tan perdido… esa es la verdad, pero Isabel no puede saber que no tengo la más puta idea de dónde estoy: ¿India gangética, Cipango, Ofir? Le escribiré que he llegado al Paraíso Terrenal…, sólo por voluntad divina, ¿se tragará tamaña mentira? Y omitiré lo del huracán y las carabelas hechas mierda, para qué preocuparla. Que lea lo que ella quiere leer: Que he descubierto un nuevo continente, que la tierra es redonda y no cuadrada, más bien alargada como la teta de Beatriz de Bobadilla, que ella debería hablar con Alejandro el VI, Santo Padre de la Iglesia, para comenzar los papeleos de mi Canonización: San Cristóbal, el santo de los viajeros, San Cristóbal, el santo del Mundo Nuevo, San Cristóbal, Almirante de la Mar Océana y futuro Virrey de esta tierra infecta, poblada de seres hambrientos, pedigüeños, lujuriosos, que cambian su oro por esos bonetes apolillados que traje de Palos.

Entra Vespucio con terno de lino blanco, que fue elegante pero que ahora está sucio, transpirado, arrugado y roto. Con un pañuelo seca el sudor de la frente.


Colón: Pero qué haces aquí, Vespucci!

Vespucio: Buona sera, Cristóforo, tu reina me mandó a buscarte al no tener noticias de vuestra ingrata persona.

Colón: No te creo, es un ardid, quieres quedarte con lo que me pertenece.

Vespucio: Tonteras, hombre, velo por tu salud. Cámbiate de ropa que volvemos a España. Isabel llora tu ausencia y ansía tu pronta presencia. Ay, salió verso.

Colón: Más respeto, filio de putana, refiérete a ella como cristianísima y muy poderosísima Reina Isabel.

Vespucio: Guarda la retórica para cuando estés con ella, ¿capicce?

Colón: (preocupado) ¿Está muy desesperada?

Vespucio: Sí. Te aconsejo que la gratifiques.

Colón: Le llevaré papagayos, maíz y una canoa. También unos cuantos taínos y por supuesto a Siboney. Me gustaría ver cómo se arañan por mí.

Vespucio: Imbécil, debes llevarle joyas. ¿Acaso no hay piedras preciosas aquí?

Colón: ¿Aquí? Nooooo, no hay nada.

Vespucio: (Cogiendo una fruta y comiéndosela): Pero sí hay frutos raros. Vieras la trancadera que tengo. Hace 20 días que no cago. Hmmm, pero esto tiene gusto a vulvita de jovenzuela virgen.

Entra Siboney

Siboney: Preséntame a tu amigo. El muy descortés desembarcó y no nos dio nada.

Colón: Te presento a Vespucio, genovés como yo, pero de familia más pobre.

Vespucio: Encantado, soy Américo.

Siboney: Qué lindo nombre…. América…

Vespucio: No, es Américo, con “o”. (De su bolsillo saca un espejito y se lo da) Le traje un regalo, mi señora.

Siboney: (Mirándose al espejo, hipnotizada) América…

Colón: ¡Ya, basta! Quiero que te marches, Prepucio.

Vespucio: Sólo contigo me marcharé.

Siboney: (A Vespucio) Sí, llévatelo, nos tiene aburridos con la tontera del oro.

Vespucio: ¿Oro?

Colón: ¡Hocicona!

Siboney: Sí, oro, oro, nosotros tenemos montañas del metal que ustedes tanto codician. Pero tendremos que llegar a un trato. Quiero espejos y bastones de trueno para todo mi pueblo. Y otras cosas que les diré en su debido momento.


Dos
Época actual. Sanatorio para enfermos mentales. Colón sentado en un sofá. A su lado, la siquiatra.

Colón: …Y descubrí a Siboney en la hamaca con Vespucio. Fornicaban como cerdos. Por eso la mandé a colgar.

Siquiatra: Vamos, Cristóbal, déjese de fantasías. Usted sabe que nada de esto existe.

Colón: (sin escucharla) Y a Vespucio lo abandoné en una isla desierta. Que se las arregle como pueda. Infelice!

Siquiatra: Usted tiene que hacer un esfuerzo. Recuerde, recuerde qué pasó verdaderamente.

Colón: Pero ya se lo dije, qué más quiere, ¿que invente?

Siquiatra: Usted mató a dos personas y después intentó cortarse las venas. Mire sus muñecas, mire las cicatrices.

Colón: (Colón mira sus muñecas) Fueron los indios en venganza por haber ahorcado a su reina lujuriosa. Sí, señora, ellos fueron. Si no hubiera sido por Nano Cortés, no estaría aquí.

Siquiatra: ¿Nano Cortés es su jefe?

Colón: (confundido) ¿Qué dije?

Siquiatra: Basta, Cristóbal, a mí no me va a hacer tonta. La que manda aquí soy yo. ¿O quiere que lo deje aquí para siempre? Porque no me cuesta nada decir que el paciente Cristóbal Paredes, alias Colón, homicida y estafador, está más loco que una cabra. O si lo prefiere puedo decir que usted está en sus cabales, y que actuó con premeditación y alevosía. Así, va derecho a la cárcel y por el resto de su vida.

Colón: No sea malita, deme otra oportunidad.

Siquiatra: Le he dado muchas oportunidades. El tiempo se acabó.

Colón: Pero todavía no han pasado ni diez minutos…

Siquiatra: Una cosa antes de que se vaya: cuénteme la historia del descubrimiento de nuevo, ¿quiere?

Colón: Pero si ya se la he contado mil veces…

Siquiatra: Una vez más… por favor… es que es tan divertida, me encanta oírla.

Colón: ¡No!

Siquiatra: Entonces le haré poner camisa de fuerza.

Colón: (recordando confusamente) En un rincón de la Mancha…de cuyo nombre no puedo acordarme… vivía un marinero que comía lentejas los lunes, garbanzos con morcillas los martes y callos a la madrileña los miércoles.

Siquiatra: Siga, siga… que me excito.

Colón: ¿Qué más…qué más?…no puedo recordar….
Y en 1492, al mando de tres cúteres zarpó rumbo a la nada. Primero se topó con unos molinos de vientos y después una mujerzuela llamada Aldonza lo engañó haciéndose pasar por Siboney. Isabel estaba enojada porque no le daba noticias…del descubrimiento.

Siquiatra: ¿Y….?

Colón: ¿Y qué?

Siquiatra: Try to remember, you fuckin’ moron!

Colón: Don’t fuckin' look at me!

Siquiatra: (Sonriendo) Eso, Cristóbal, exprese su ira. Cante conmigo: Blue velvet…

Colón: Quiero mi trapito…

Siquiatra: (Se saca su tanga y se la da): Aquí tiene. Huela. Toque.

Colón: (Oliendo la prenda íntima) Siboney, chica, te extraño. ¿Dónde estás? (Gritando) ¡Estoy aburrido! ¿Me escuchas, Siboney? (Rompe la tanga con los dientes).

Siquiatra: (Hablando a grabadora) Hmm, el paciente Cristóbal progresa. Lacan tenía razón al postular que “Soy Falo, luego existo.”
El objeto del deseo se transforma en manos del paciente: de signo a cosigno, de significante a significado, de seno a coseno…, de símbolo a…a… sin bolas…(ríe) qué chistosa estoy…(ríe histéricamente).

Colón: ¡Vos si que peinái la muñeca*! Loca culiá…, me dan ganas de pifiarte el paño*. Además, erís más seca que escupo de momia…
(Le lanza lo que queda de la tanga a la cara).

Chilenismos:
*Califa: Caliente.
*Peinar la muñeca: enloquecer, rayarse.
*Pifiar el paño: (Coa) Cortar la mejilla con navaja.



Nerak Errotal nació en Valparaíso (Chile) en 1946.
Hijo de inmigrantes húngaros.
Escribió “Siete cuentos” (conjunto de poemas), “Cárcel cristalina” (novela), “Llorando y otros desiertos” (Cuentos) y la obra de teatro inconclusa “Dos colombinas”. Sus textos permanecen inéditos. Se suicidó en 1985.

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