Flavia Radrigán, dramaturga y narradora chilena


Ocho Fragmentos de la obra teatral “Un ser perfectamente ridículo”, de Flavia Radrigán


(FRAGMENTO 1)


Malva : Le hice una pregunta, señor Neruda. (Pausa) “No responde. La mayoría de los recién llegados se transforman rápidamente en estatuas que lloran, o en lobos incendiados por la cola que embisten despavoridos contra las sombras de personas o de palabras que pueblan este crepúsculo interminable. Él no, el señor se permite permanecer impávido frente a la desolación general... Pero no me trago que por ser quien es, su actitud de ausencia sea de origen laberíntico, que esté fuera de nuestra pobre comprensión de inferiores. No sé qué vivirá aún en él, a quiénes verá pasar por sus recuerdos. Solo sé que a mí no, que a mí no. Puedo atestiguar que morí cien veces frente a las puertas de su torre, sin que él se diera cuenta. Hijo de perra.” (Se vuelve hacia él) Le hice una pregunta, señor Neruda.


(FRAGMENTO 2)

Jan : Primero el baldado tendrá que escucharme! (Lee la hoja que ha sacado). “Inscripción numero 450 del 1° de Agosto de 1904, en donde, según sentencia judicial ejecutoriada que se archiva en el legajo de nacimiento del presente año con el número de esta inscripción, se deja constancia que el inscrito como Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto, llamárase de ahora en adelante Pablo Neruda”. ¡Con qué derecho! ¡Qué significa esto!

Pablo : Un homenaje.

Jan : (A Malva) ¿Escuchó? ¡Homenaje! ¡Robo, aprovechamiento, muerte civil, plagio, estafa! (Se acerca a él) ¡Si te querías hacer notar por qué no te pusiste Shakespeare, chuchas de tu madre, o Eurípides o Mallarmé o... Tapa de libro o Mantel de Turno, aprovechador de mierda!

Malva : Calma, calma, así no, señor Neruda, así no.

Jan : ¡Me robó lo que era más mío en la tierra, mi nombre, me robó el nombre!


(FRAGMENTO 3)

Un breve, incómodo silencio

Jan : Malva Marina ¡quién pudiera verte
delfín de amor sobre las viejas olas
cuando el vals de tu América destila
veneno de sangre de mortal paloma!
¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros
de la noche que ladra por las rocas
y detener al aire inmenso y triste
que lleva dalias y devuelve sombras!

(Los mira) ¿Por qué no reaccionan? Hay que centrar esto. ¡Malva, se lo escribió García Lorca! Recuérdelo.

El elefante blanco está pensando
Si te dará una espada o una rosa;
Java, llamas de acero y mano verde,
El mar de Chile, valses y coronas.
Niñita de Madrid, Malva Marina,
No quiero darte flor ni caracola;
Ramo de sal y amor, celeste lumbre
Pongo pensando en ti sobre tu boca.

Pablo : Escribí a todo lo que debía escribir. Mi verdadero tema fue el amor (Se acerca a ella, le toma las manos) Pero no podía abarcarlo en su totalidad, sólo me dieron una vida, y los enemigos del amor son demasiados.


(FRAGMENTO 4)

Malva :Que no era nada
Que no era nadie
Y que era todo lo que tenía
Dios, haz un pronunciamiento
Da un golpe
Tómate el poder
Pero haz que este hombre se calle
Que me deje hablar
Un pez, un pájaro, un grito
No una niña. Nunca una niña.


(FRAGMENTO 5)

Pablo : (Para sí) “Qué diálogo más banal, más estúpido. Me quieren arrastrar hacia algo obscuro, hacia algo siniestro, y están esperando el momento propicio; es como una enorme ola en suspenso, o como el presentimiento de que escucharemos un extraño crujido en la noche. Pero pierden su tiempo, la gloria que me envuelve es un escudo impenetrable, (Jan encuentra lo que busca, mira a Malva pidiéndole autorización, ésta asiente. Jan tira de la hoja sacándola) aún cuando lograran abrir una brecha, nada obtendrían; lo que prevalecerá por siempre es aquello que levanté sobre la tierra. Hombre providencial, labriego infinito, soy inmune, completamente inmune.”

Jan : ¿Por qué no se extrañó al escuchar mi nombre?

Pablo : ¿Eso es todo lo que quiere saber?

Jan : No.

Pablo : Entonces desnúdese de una buena vez. Terminemos con estas vueltas y revueltas; saltemos adentro, al corazón de su infierno.

Malva : Y del mío.

Pablo : Del nuestro.


(FRAGMENTO 6)

Pablo : Le hice una pregunta, niña, ¿qué significa Locustateología?

Malva : ¿Se burla de mí?

Jan : Yo creo que sí, que sí, que sí.

Pablo : No, desde luego que no. (Pausa breve) Que no, que no.

Malva : Locustateología quiere decir, Teología de las Langostas.

Pablo : ¿De las langostas? ¿Es decir, langostas buscando a Dios?

Malva : Sí. Y no a un Dios langosta. A Dios.

Pablo :¡Vaya, cuanta desesperación por encontrar a un Padre!

Malva : A Dios.

Jan : Fueron temas de Fisicoteologías, señor Basoalto. Estuvieron muy en boga a fines del siglo XVII. Yo sí sé de eso.

Malva :¿De verdad no lo sabía?

Pablo : No, ya se lo dije. Esto me ha sorprendido.

Jan : Fue una verdadera fiebre.

Malva : Ranateología, Petinoteología...

Pablo : ¿Los petisos buscando a Dios?

Jan : Qué vulgaridad, señor, qué vulgaridad.

Malva : No. Los peces. Astroteología, Costoteología...

Pablo : ¿Los que sacan la cuenta sobre el costo de buscar a Dios?

Malva : No, aunque usted siga con su turbia costumbre de rechazar lo que no le sirve para exhibir, debe reconocer que lo feo existe. (Pausa breve) Para su información, "Costoteología" es la teología de las hierbas...

Jan : Y harto que les costó llegar a ella.

Malva : ...Y la Brontoteología que es...

Pablo : Ah, claro, la teología de los brontosaurios.

Malva : No, la de la tormenta.

Pablo : (Harto) ¿Y no hubo nadie que escribiera sobre Mierdateología?

Jan : No, ni tampoco sobre el Dios de los padres abandonadores, así que aproveche de escribirle una oda.

Malva : ¿Hecesteología, quiere decir usted?

Pablo : No, hablo de alhorre, sirle, o deyección, lo que usted conoce probablemente como mierda, excremento, deposición, caca, plasta, boñiga o zurullo. Eso hubiera sido una búsqueda mucho más interesante, cálida, íntima y verdadera.

Malva : Sí, supongo que sí. ¿Pero de qué se extraña? Usted le escribió a los congrios, a las piedras y a las cebollas.


(FRAGMENTO 7)


Pablo : Lo siento, entiendo el lenguaje de los carretoneros pero no lo hablo.

Jan : (A Malva) ¿Escuchó? ¡Me llamó carretonero, sigue menoscabándome, el odamaníaco!

Malva : Usted se expuso.

Jan : ¿Está con él?

Malva : ¡No, no, no, de ninguna manera!

Jan : Sí, está con él. Claro, es su padre.

Malva : Nunca tuve padre, nunca. Alguien se metió con mentiras en lo hondo de mi madre y me arrancó de sus tuétanos, para tirarme a la vida convertida en un engendro destinado sólo a gemir en la oscuridad. Decían que era un gran poeta, un incansable creador de mundos y de belleza. Pero yo sólo recuerdo su ausencia, mundo de horrible y desolada pobreza y los tarareos de una madre desesperada, que sólo tenía su voz para darme de alimento.

Jan : (A Neruda) ¿Escuchó?

Pablo : Sí.

Jan : ¿Y qué tiene que decir?

Pablo : Nada. Podría repetir que uno se pasa la vida aprendiendo a vivir, y que cuando aprende, se muere. Pero no diré nada, creo que ni el desprecio ni el resentimiento bastan para sustentar una conversación.

Malva : Se equivoca, ésta no es una conversación.


(FRAGMENTO OCHO)

Monólogo final de Malva

Malva : Maldito hijo de perra puede morirse si quiere¡
Púdrase!
Reviéntese comiendo y bebiendo.
Siga aprovechándose de los que lo admiran.Todo esto se reduce a su muerte a su olvido.Vuelva a la concha de su madre (ríe).
Estoy conmovida.
La emoción me tiene paralizada.
Estaba muerta antes de nacer. (ríe, entristece).
Cómo puedo enterrarlo
si lo único que deseaba era que llegara, para mirarlo, para escucharlo.
Quería jugar.
Tenía tantas ganas de jugar con él.
Que me defendiera de las burlas, de las preguntas de los otros niños.
Que llegara a buscarme con un dulce con un globo en la mano.
Sólo quería que me escuchara cantar.
Dios,
no sabía qué hacer con esto.
Me negaba a actuar como él lo hizo conmigo.
Porque yo era un ser perfectamente normal,
sabía bailar, leer. Yo sentía.
Por eso estoy aquí.
Por eso he crecido.
Me bautizó Malva Marina para que conociera las virtudes de su signo, de sus océanos y el agua se me metió por la vida,
llenó mi frente de olas y espuma,
los peces me usaron de cebo.Y aún así, sobreviví.
Necesaria e inútil como el sol entre los muertos.
Sin rocío ni flores, envuelta en trozos de recuerdo,
ligera y hermosa como nube de luciérnagas.
Qué feroz la razón.
Sé que no me quiere,que no le importa escucharme.
Que lo encuentra inútil,
que sus amantes y celebraciones llenaron el espacio de mis juegos y mis canciones,
que para mí no habrá respuestas.
Pero aquí estoy.
Ahora puedo hablar, aprendí a hacerlo para que los gritos no me rompieran la piel, para que no me desgarraran el rostro, y no lo voy a dejar de hacer hasta vaciarme, hasta volcarme. Hasta que la niña vea como la mujer que soy, entierra al padre,
cómo lo olvida.
Porque a ese hombre inútil le dolieron mis facciones.
Porque me dejó en el hocico de un perro.
Porque no me alimentó.
Porque no puso flores en mi tumba.
Porque me abandonó hasta en mi muerte.
Gritaré.
Lo haré como un centauro hembra,
un búfalo hidrocefálico,
para los que no hubo odas ni poemas. Preguntaré,
preguntaré al que no me mostró objetos que pudiera relacionar con mi tiempo. Al que me ocultó por dos años en una pieza oscura.
Por vergüenza, por miedo al monstruo que había engendrado.
Porque así lo escribió.
Así lo declaró públicamente:
“Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma”.
Maldito.
Mil veces maldito.
Inconsecuente y fascista.
Hombre al que le dio miedo
que mi saliva corriera por sus libros.
Hijo de la desazón y la ceguera, de ausencias, de mala sangre, hijo del natre. Hijo de perra, de la desdentada, de la afonía, hijo mudo...
La sin caricia está viva,
la hueca de tiempo y sonrisas
ha vuelto con vellos en las piernas y axilas, con largos brazos para adormecer a la niña que fui.
Me había matado, borrado, extirpado, comido como un Cronos a la hora del parto.
Pero los músculos de mi cuello se hicieron firmes como roble viejo, alimentándose de la rabia y el desamparo.
Él comía, él bebía en grandes mesas rodeado de amigos con apellidos que de una u otra forma saldrían en las fotos de su afable colección de personas, él dormía en camas con sábanas, él jugaba, comía, reía y comía, los niños siempre tenemos hambre, queremos un dulce, un pan.
Hijo de perra, grandísimo hijo de perra.
¿Recuerda a mi madre?
¿Pregúnteme por ella?
Usted la usó, usted la necesitó.
Usted la fatalizó.
La grandota holandesa que comía demasiado y que no salía, no compartía, no existía, que deambulaba por la casa a la espera de una atención. Pero usted llevó a su amante a vivir con ella. Para que no se sienta sola, dijo, para que la grandota converse con alguien. Mi madre se puso triste, hijo de alguien.
Después que salía de la cama de su amante se metía con ella,
y María Antonieta bailó al ritmo lacerante de su magnánima verga.
Dos para hacer un hijo, dos para una hija.
Y llegué yo.
El desperdicio.
La que recibiría hiel por alimento.
El water lleno de su propia mierda. La bazofia que reflejaría al maldito que escondía debajo del poncho.
La que nació escoltada por los cuatro jinetes. La que lo haría recitar Farewell, muy bajo, para no despertar los recuerdos que debían dormir.
Hijo de la guadaña, de la navaja, del cuchillo, hijo de alguien...
Hizo que el olvido pintara mi rostro de caracola, de sexo, de mujeres ,
de botellas, de impávidos mascarones .
Hijo de perra, hijo de alguien, hijo ilustre, siempre un ilustre acogido... precisamente eso, nos tiene aquí.
Ya, dije, he vuelto.
He vuelto libre, bella.
No me interesa su paternidad.
Me daría vergüenza.
Repugnancia.
Míreme, véame.
No soy María Celeste.
No soy un mascarón de proa.
Soy Malva Marina.
Soy una mujer bella.
Hermosa.
Soy una mujer hermosa.

***


Palabras al nuevo libro de Flavia

Queridísima amiga:
Recuerdo perfectamente el día en que te conocí, porque no nacieron todas las flores. Nacía una historia que captó mi atención y me atrapó como un insecto en la telaraña de las palabras. Eras tú leyendo un cuento con esa voz tan dispuesta a provocar piel de gallina y erizamientos varios a los oyentes. Eran los tiempos del taller de calle Helsby, gloriosa época donde, aparte de descuartizar nuestros textos, nos zampábamos un cuarto de kilo de salame, y nos alegrábamos con el ron de la dueña de casa, Margarita Niemeyer. Cuando el taller finalizaba, nos íbamos a comer pizza y entre mastique y mastique de doble queso y anillos crujientes de cebolla, conversábamos del espinoso camino de la literatura. No me acuerdo si lloramos por el horror a la página en blanco, la subida de peso o ambas cosas.
Y Flavia Minerva, la de los entintados dedos, cruzó la noche del alma y salió herida de imágenes, sangrante de personajes, equilibrada en su propio equilibrio precario de mujer y no diosa, de escritora y no diva.
Es difícil ser mujer y escritora, ser latinoamericana y vivir en el país más austral del mundo. Más encima ser una dramaturga de apellido Radrigán. Pero Flavia siempre llega a puerto seguro, con sus rulos al viento, sonriente, dispuesta a dar otra batalla. Un libro publicado es una batalla ganada, cada cuento de este libro es una flecha dirigida al centro de nuestra nostalgia o, como decía Cortázar, un knock-out al adormilado lector que recordará con ojos abiertos cómo la realidad se ensancha permitiendo una travesía a otra realidad donde no hay peores ni mejores, ni siempres ni nuncas.
Un buen cuento tiene un sentimiento de extrañeza viviendo en él, una fractura a los mundos posibles, y en cada historia de Los extravíos de su mirada hay un hondo cuestionamiento a la misma existencia que ya está disgregada. Los hombres y mujeres aparecen y desaparecen entre la muerte y la vida. No llegan a puerto, vagan de un lado a otro por ciudades también fracturadas en su carnaval de edificaciones, basura y violencia. Hay amor y odio, pero más que nada una orfandad en estos personajes que ya se han sacado la máscara porque no tienen nada que fingir. Quiero decir que estas historias van más allá de la simulación meramente literaria. Los personajes no protagonizan grandes hechos, sólo viven, desgarrados, tristes, perdidos cada uno en su propio laberinto, caídos, sostenidos por el silencio o el grito. Viven en la historia y se salen de ella.
Leamos:
“…una noche de martes llegó a la gran ciudad, una ciudad agria, metálica, desprovista de lugares donde descansar, donde vivir. Donde todo se había transformado en enormes vigas de acero que jugaban a entrelazarse por encima del humo, las ratas y el barro”. (Fragmento de Por esa noche de martes, Adriano).
O:
“Llegué como héroe de guerra, organizando resistencias, añorando el regreso. Claro, llegué limpio y puro a este destierro que me hizo crecer el pelo y las uñas. Mi aire fresco no pudo con el resentimiento y las tribulaciones ajenas, el peso de este suelo gastado se tragó mis pocos años, los hizo mierda en el gran burdel de Europa”. (Fragmento de Ese mar que tranquilo te baña).

Presentar este libro me llena de emoción y alegría, porque significa presentar la fuerza, el corazón y la rebeldía de Flavia, que porta un lenguaje de búsqueda, profundamente vivo y en constante movimiento, desde donde emerge lo erótico, la denuncia, la marginalidad. Buscar no es un verbo sino un vértigo, decía la poeta Alejandra Pizarnik, y en este libro encontramos no sólo un vértigo sino varios laberintos escriturales que atan y desatan pasiones.
Cuando Rosario Castellanos señala que “no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy/ ni apurar el arsénico de Madame Bovary…”, porque “debe haber otro modo, (…)/Otro modo de ser humano y libre./Otro modo de ser” , pienso en esa búsqueda incesante, pienso en esa queja y también en la fuerza para continuar. Ella nos remite a Sor Juana, “la sola pero no solitaria”, la de una “conciencia lúcida”; a Clarice Lispector, a Elena Poniatowska, a Cristina Peri Rossi, María Luisa Bombal y tantas otras mujeres escritoras cuyos textos lúcidos nos abren puertas con múltiples significados y relaciones.
Flavia, deseo lo mejor para tu libro de cuentos, y lo mejor que le puede pasar a un libro es que sea leído y recordado. Lo he dicho muchas otras veces y aún no me canso: Recordar es volver al corazón.
L. E.
24 de octubre del 2006


Datos de la Autora:
Flavia Radrigán (Santiago, 1964). Narradora y dramaturga. Es autora de las obras dramáticas Díganle que ya no hay nadie, La danza de las bestias, Lo que importa no es el muerto, Un ser perfectamente ridículo y del monólogo Miradas lastimeras no quiero. Ha sido ganadora del Concurso Nacional de Libro y la Lectura en dos oportunidades, en la categoría cuento inédito por su volumen Una risa negra, negra, y en la categoría de dramaturgia inédita por Qué rosa más horrible. Actualmente enseña los cursos «Técnicas dramáticas» e «Introducción a la dramaturgia» en la Universidad de las Américas.
“Un ser perfectamente ridículo” fue estrenada el 24 de julio de 2004 en el Teatro Nacional Chileno, en el contexto del natalicio de Pablo Neruda.
Ha publicado Miradas lastimeras no quiero (teatro), Ciertopez, Santiago, 2006, y Los extravíos de su mirada (Cuentos), Cuarto Propio, Santiago, 2006.

1 Comentarios:

Anónimo,  jueves, junio 28, 2012  

....los ojos de cielo de Flavia cuando la conoci en santiago..allà por 1994; no podian dejar de respirar creatividad, trabajo y talento. Que será de sus hijos...y Fernando??...unos amigos de Cordoba (argentina) la tienen en la retina..
felicidades por tu aporte Flavia al corazón y entraña principalmente de los chielnos..
miguel

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