Historia con espinas

astrophytum myriostigma
lophophora williamsii (peyote)
carnegiea gigantea (saguaro)
L.
Ivalú

He esperado muchos, muchos años, para ver el glorioso momento del desenfreno amarillo de los astrophytum y el del lophophora williamsii, cuyas flores duran sólo un día. La mínima flor rosada del lophophora williamsii tiene un olor muy afrodisiaco: huele a sexo femenino. Los astrophytum huelen a sexo masculino. Perfecta relación yin-yang.
La carnegeia gigantea (saguaro) es un bebé aún (diez años) y dudo que en vida pueda verlo florecer. Vive con él una echeveria gris azulada.
Para las que amamos los cactus, vale la pena tener los dedos con espinas encapsuladas dentro de la piel. Odio los guantes de jardinería. Claro que las doscientas especies diferentes de cactus y suculentas que ya tengo se han acostumbrado a mí y no me hacen nada. Me miran a través de sus agujas y dicen algo así como: “ámanos, ámanos”. Quizás es sólo el silbido del viento o las quenas tristes de los cactus de San Pedro que quieren volver al desierto.
Aquellos que piensen que me como los cactus, están en un profundo error. No podría devorar a mis hijos espinudos. La mejor droga es el voyeurismo: no me canso de mirarlos. Tanto los miro que Ivalú, la loba blanca, que también vive en mis lares, se pone celosa y los ataca en plena noche. Desde mi cama oigo sus gemidos lastimeros. Los cactus se han defendido por enésima vez. Entonces, debo levantarme a sacarle las espinas enterradas en su hocico.
Ha llegado el momento de tomar una decisión: la literatura o los cactus. Debo confesar que soy más feliz haciendo injertos y cristaciones .

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