La vida escrita

Quien tenga o haya tenido un diario de vida (los hay de muerte) podrá decir con toda certeza que escribir, anotar, plasmar, estampar hechos cotidianos, ya sean verdaderos o falsos, es mejor que andar por ahí quejándose de la falta de una oreja amiga. En el diario de vida lo que se privilegia es el pasado y el futuro condicional. Ejemplo: “Él me amó y fui feliz” o “Si él me amara yo sería feliz”. Los hechos sucedieron en el acto mismo del presente escritural o tienen una posibilidad de ser. Yo tengo un diario de vida adentro del disco duro, en un archivo llamado Kitty, como el de Ana Frank, que murió dejando una vida escrita. En mis tiempos adolescentes tenía uno con tapas moradas, anti Hello Kitty (que es la burla moderna a la instancia de escribir cómo el tiempo se acaba en una guerra atroz), sin candado ni otros refuerzos de privacidad. Mi madre lo leyó hasta la saciedad para cerciorarse si tiraba, militaba en algún partido político, de preferencia de izquierda, o me drogaba. Era el anzuelo que ella mordía porque era incapaz de decirle que en su sillón predilecto me revolcaba con el chico de turno y esos atraques (llamados “de sillón”) eran un atentado contra el tapiz y la esencia misma del mueble que adquiría la apariencia de un nido de lauchas. Proliferaban la saliva, el lápiz labial y el colirio, los pelos y el semen; los esponjosos cojines se reducían a una cosa plana porque los usaba para elevar mis caderas y favorecer el ding dong del juego erótico juvenil. Imagino a mamá leyendo rápidamente esos polvos descritos con un detallismo tan exacerbado, sólo como yo podía hacerlo. Lo que ella jamás vio fue el sillón destruido después de esos ataques de sexo y lujuria. Me las arreglaba para dejar todo como si nada hubiese sucedido.
¿Se fue? Sí, mamá, se fue. ¿Y qué estudiaban tanto? Trigonometría, logaritmos y cómo se templó el acero, mamá. Ah…, debe ser difícil esa materia, mira que estás colorada. ¿Yo? Sí, tú, y además estás sudando a chorros. Es porque estoy nerviosa, mañana es la prueba. ¿Ordenó? Sí, mamá. Pero, déjeme ver…, tiene el chaleco al revés, sáqueselo que es mala suerte, ¿y la blusa?, ¿por qué está sin blusa? Pucha, mamá, tenía calor. ¿Y su compañero se dio cuenta que andaba así? Pa’ na’, vieja, es más volado ése. ¡Ay, es marihuanero! Nooooo, mamá, es volado porque es volado, desconcentrado. ¿Y si es desconcentrado para qué estudia con él? Capaz que le vaya mal en la prueba…,¿qué le pasó en el cuello?, venga, acérquese. Nada, me golpeé con la puerta.
Y así hasta el infinito. Por eso exageraba la escritura, y copiaba párrafos enteros de Fanny Hill en el diario y añadía historias morbosas y truculentas de El monje loco, así mamá sabría que mentía un poco porque Fanny Hill era de ella y lo tenía escondido detrás de una biblia gigante, con ilustraciones a todo color de Jesús en la cruz o resucitando a muertos o resucitando él mismo y ascendiendo a unos cielos celeste kitsch.

1 Comentarios:

pentapolina jueves, marzo 15, 2007  

Qué buen escrito, admito que me reí mucho recordando ciertas cosas con el asunto del diario de vida.
Las madres tienen ese no sé qué en su naturaleza de querer saber todo sobre sus hijos y violan la privacidad, pero bueno son madres;
cuando me di cuenta que leía el mío (que en ese entonces aún no tenía nada comprometedor) decidí hacerle una trampa y seguir escribiendo en él con cosas bastante absurdas y casi en clave; al final terminó por no leer más pensando que yo era demasiado cabra chica y mis memorias eran inofensivas.
(Eso sí, tenía otro que estaba escondido en el patio y que era el verdaderamente oficial).

Cariños =)

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