Tardes tristes y otros trastos


Cuando la tristeza repleta la tarde con su copón de crema ácida no hay nada mejor que recordar películas famosas o leer historias de Corín Tellado en antiguas Vanidades apiladas en la ducha de cajón que jamás se usa, salvo para guardar esas revistas, una enceradora manual, que mi abuela llamaba “el chancho” y otros artefactos caseros. Después de leer las palabras “alberca”, "pechos turgentes” y "cabello caoba”, y que ella toma el auto y va a cien por hora a decirle a él que sí, sí, mi amor, hazme tuya, voy a la cocina a tostarme un pan, y mientras como y me relamo pienso en esa escena de El último tango en París cuando Marlon Brando usa mantequilla para introducir su dedo (no recuerdo cuál) en el culito jovial de la Maria Schneider. Creo que antes se corta la uña, en un acto de gran caballerosidad. Luego Marlon masca un chicle, sumergido en su spleen setentero de gringo acabado, mientras la Schneider orina parada. Retazos de imágenes, espejos quebrados de una película que estuvo prohibida en Chile durante muchísimos años, como Cristo nuevamente crucificado en donde Judas habla con acento de Brooklyn. Films inocentes después de todo, no como esta época en que pudimos ver por la televisión la guerra de Irak en vivo y en directo, la más obscena de las guerras en su destello de fuegos genocidas. Un dedo metido en un ano femenino no es nada comparado con las imágenes de presos irakíes torturados por soldados norteamericanos. La guerra, el hambre, la violencia nos ciegan con sus flashes, no así A streetcar named desire, la película de E. Kazan basada en la obra de T. Williams, C'eravamo tanto amati de Ettore Scola, con Nino Manfredi, Vittorio Gassman y Stefania Sandrelli, o Ladri di biciclette, 1948, De Sica.
Con especial cariño vuelven a mí las seriales de mi infancia: Los vengadores, El fugitivo, El túnel del tiempo, Misión imposible, Perdidos en el espacio, Los invasores y, por supuesto, Bewitched o La hechizada. Odiaba a Darrin, Samantha y Tabatha y enloquecía por Endora y Serena. Si vieron el remake, olvídenlo, por favor.
La tele que había en mi casa era una pequeña Motorola en blanco y negro, y había que darle de puñetazos para que funcionara. Entonces, partía donde mi vecina que tenía una Westinghouse gigante y ahí disfrutábamos de las andanzas de sangre melancólica de Barnabas Collins (Dark Shadows), serial inglesa de los años ’70.
Más atrás aún: el radioteatro. Yo escuchaba
El siniestro doctor Mortis en una radio que tenía un ojo verde hipnotizador que se dilataba cada cierto tiempo. El aparato en cuestión era un mueble de madera noble que ocupaba un sitio de honor en la sala de estar, con los parlantes forrados de tela y el tocadiscos con una aguja que siempre había que soplar. La marca era alemana y no he podido recordarla; las letras estaban grabadas en metal arriba de la perilla de sintonización (¿Grundig?).
El siniestro doctor Mortis significaba ingresar sin peaje a otro mundo. Un mundo sin imágenes, pero que lograba echar a correr la imaginación. Cascos de caballos golpeando la noche, risotadas siniestras y una puerta de goznes oxidados cerrándose o abriéndose al horror, gritos, jadeos, el viento soplando fuerte y azotando los postigos. Esa recreación me paraba los pelos, pero resistía el miedo mientras pensaba que yo también podía escribir historias así. Lo único que logré garabatear fue un pequeño cuento sobre ovnis. La nave madre era comandada por el mismísimo diablo, cuya misión era destruir a todos los que creían en Dios. Y el diablo no tenía cola ni patas de cabra. Me lo imaginé a lo James Bond, con mirada más siniestra eso sí. Esa historia sólo está en mi cerebro; puede que invente, lo cual no es nada de raro.

Y, como un aluvión, desemboco en mi propia película donde pensé que él me destrozaría a dentelladas; por un momento lo pensé, qué licantrópica, sólo porque mordió una oreja erizada y caliente, la mía, y paseó la lengua por la trompa de Eustaquio hasta llegar al lecho del cerumen, porque en esos instantes supremos todo se idealiza, hasta los mocos que sorpresivamente afloran después de un beso de dos bocas y cuatro manos lascivas.
Nunca nos amamos tanto, dirá él a algún amigo, mientras beba una cerveza en algún restorancito cualquiera, de una ciudad cualquiera. Fue puro sexo, y del bueno, rectificará al cuarto pitcher. Y al recibir el aletazo frío de la calle, borracho y sentimental, eructará algo ininteligible, pero que tiene que ver con el maldito amor y las pérdidas irreparables. Un trasto viejo arrumbado en la ducha sin uso de una casa con fantasmas.

1 Comentarios:

Miguel Ángel Ferrada,  viernes, abril 27, 2007  

Hola,
Gratos recuerdos ha dejado el Dr. Mortis en muchas generaciones.
Intentamos que esos recuerdos no se pierdan.
Te invitamos a visitar el sitio oficial del Dr. Mortis, en el cual pretendemos rescatar esta gran obra, a la vez que impulsar nuevas creaciones en torno a ella.
www.mortis.cl

Saludos

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