La cena


Marjorie escribió la cita en la agenda como el hecho más importante de su vida; la letra clara, bien hecha, incluso bonita: Martes 12. 13 hrs. Da Carla. Abajo, dibujó unas flores y tuvo la cursi tentación de completar el dibujo con un corazón de colegiala. Era segunda vez que Ricardo Andrés la invitaba a un restorán tan fino. Suspiró. Faltaban dos semanas. Pero era mejor tener al tiempo de aliado. Miró su estómago comprimido, lo aflojó y supo de inmediato que debía comenzar una dieta de lechugas y zanahorias. Ya había notado que las mujeres que comían en el restorán de su primera cita eran delgadas, con cinturas de avispa y tacones altos.
Los primeros tres días fueron un martirio. A la sensación permanente de fatiga, se sumó una palidez de muerta y un aliento a conejo que no logró despejar con el enjuague bucal. En la oficina, no quiso contarle a nadie y guardó en un cajón con llave los pequeños bastoncitos de apio y las dos tostadas de pan integral que constituían su almuerzo. Cuando sus compañeras se iban de colación a repletarse con algún completo de mayonesa añeja o algún berlín estilando aceite, ella extraía su frugal almuerzo y masticaba con lentitud, para así engañar al estómago y a ella misma. Claro que la técnica no daba mucho resultado. A la media hora, comenzaba a desfallecer y la palidez de momia no se le iba ni siquiera con una buena empolvada. Para paliar los desagradables efectos de la dieta, Marjorie se daba ánimos escarmenando su pelo rojo en el baño de las secretarias, pensando que era por una buena causa, que llegado el día del encuentro con Ricardo Andrés, todo sería diferente, él la encontraría hermosa, sexy, tan estilizada, como una garza. Después irían a algún lugar discreto, él acariciaría sus brazos, saborearía todos los centímetros de su piel, lamería cada lunar de sus pechos. La colorina volvió a su escritorio y cerró los ojos para ensoñar la situación amatoria con más claridad, hasta que su jefa le dio unas palmaditas en la espalda.
-¡Y a ti qué te pasa!
- No dormí bien, señora Leticia.
- Bueno, con esto te vas a entretener.

Y le pasó un alto de cheques que debía depositar en el banco.

- Perdone, pero estas pegas las hace Juanito.
-¡Ese huevón no vino!
Marjorie recordó su cita y no siguió alegando.
- Está bien, yo lo hago. Señora Leticia, necesito hacerme unos exámenes y voy a tener que faltar un día completo. El 12 de mayo...
- Falta, ya hablaremos.

Tomó los cheques y se dirigió al banco. En el espejo del ascensor miró sus caderas tan anchas y disparatadas, hundió el estómago y terminó por sacarse una pelusilla enredada en las pestañas. Su pelo era lo que más le gustaba: natural, sin un sólo atisbo de tintura, rayo o reflejo. Lo esponjó hasta que quedó de su agrado. Antes de salir, se cerró un ojo.
La diligencia no fue tan espantosa como pensó. El banco estaba casi vacío y en la calle le lanzaron un piropo. Se sintió feliz y no dejó que nada empañara esa felicidad, hasta que llegó a la casa y su madre la recibió con un plato humeante de charquicán.

- Mamá, le dije que estoy a dieta.
- Pero si el charquicán no engorda, niña.
- Sí, engorda. ¿Me compró los dientes de dragón y la alfalfa que le pedí?
- No. Esa es comida para vacas.

Quizás era el momento para mandarse a cambiar y arrendar una pieza cerca del trabajo. Su madre estaba vieja y achacosa, no entendía que una quisiera bajar unos kilos, no entendía nada. No le había contado de su nueva relación con Ricardo Andrés. Mal que mal, era hombre casado. Pero él había dicho que su matrimonio estaba acabado, era sólo un formalismo, y pronto vendría la separación, pronto. El desmembramiento, había dicho con tono enciclopédico. Para qué contarle, ni a sus amigas y compañeras de trabajo les había dicho, si después la pelaban hasta más no poder. No. Ricardo Andrés era parte de su mundo secreto.

- Me gustaría comerte... - le decía siempre. Y ella se dejaba lamer de arriba a abajo, en el apart hotel cuyos pasillos estaban adornados con esos paisajes suizos que tanto le gustaban y que apenas podía disfrutar.
¿Acaso revelaría esas intimidades al grupillo de secretarias ávidas de chismes e historias subidas de tono?

El día 12 de mayo llegó y Marjorie se las arregló para engañar a su jefa y poder faltar todo el día. Había bajado cinco kilos y se veía muy bien con su falda tubo y la chaqueta de torero. Llegó al restorán con diez minutos de adelanto. Estaba nerviosa y prefirió no pedir nada hasta que llegara Ricardo Andrés. Los platos de pasta iban y venían frente a sus narices, pero ella estaba inmune y resistió con valentía el embate de comida. Al fin, Ricardo Andrés apareció y, antes de cualquier saludo, la impetó :

- ¡Qué te hiciste!
- Una cola de caballo.... -dijo Marjorie sin entender, tocándose el pelo.
- No me refiero a eso..., estás flaquísima.
- Gracias.
No, no me agradezcas. Perdóname, pero te ves..., te ves..., horrible.

La pelirroja no soportó el agravio y se puso a lloriquear. Ricardo Andrés no halló qué hacer, hasta que susurró.

- Ya, ya, yo te voy a hacer engordar un poquito más, mi chanchita, vas a ver. Y de inmediato, ordenó: - ¡Prosciutto!
No sólo fue el prosciutto, sino la lasagna, los agnolottis, el pulpo a la romana y el tiramisu que Marjorie tuvo que engullir sin un reclamo. Ricardo Andrés le dio la comida en avioncitos múltiples y la hizo beber muchas copas de vino, hasta que, chorreada de salsa de tomate, salpicada de aceite y medio borracha, tuvo que ir a vomitar al baño.
Después, Ricardo Andrés pidió dos expresos y, en el momento que la pelirroja extraía la sacarina de su cartera, él arreció nuevamente.

- La sacarina es para las anoréxicas, no para ti, amor. Deja eso ya, ven acá. Y le dio un beso de café cargado, un beso que la dejó sin aire, nostálgica, con ganas de seguir el jugueteo, pero después de una agüita de hierbas que le asentara el estómago y, sobre todo, el espíritu.
No hubo jugueteo posterior, pero sí otra cita en el departamento que Ricardo Andrés acababa de comprar. Antes de despedirse, él aconsejó:

-A mí me gustan las gorditas. ¿Podría ser que no adelgazaras?

Marjorie no entendió los requerimientos de Ricardo Andrés. La mayoría de los hombres querían mujeres delgadas. Para gorduras, bastaba con las esposas. Ellos deseaban cuerpos sin adiposidades, sin grasa ni celulitis, piernas duras, pechos erguidos, calugas de músculos en el vientre. Él quería todo lo contrario. No se hacía la idea de comenzar a comer a destajo, repletarse de frituras, jamonada y queso chanco. Su madre fue la que más celebró el retorno del charquicán al sagrado hogar.

- ¿Ves? Si yo sabía que era una rayadura tuya.

A la semana, no sólo había recuperado los cinco kilos, sino que había aumentado dos más. Y, como es típico de hembra, la grasa se había concentrado en las piernas y en el culo. Marjorie tuvo que comprarse unas horribles túnicas hindú y unos pantalones de Aladino porque no soportaba la idea de estar convertida en una ballena.
El día de la próxima cita llegó porque el tiempo es inmisericorde. Cuando Ricardo Andrés abrió la puerta y vio a Marjorie, dio un grito de alegría:

-¡Ahora sí que estás preciosa! Y la llenó de besos y pequeños pellizcos que le subieron el ánimo.

Marjorie se había acostumbrado a comer mucho y encontró que el aperitivo que Ricardo Andrés tenía preparado era bastante pobre.

-¿No tienes nada más contundente, mi amor?
- Primero lo salado y después lo azucarado.

Le hizo rodar unas galletitas mínimas por el escote hasta depositarlas en su boca, previamente húmeda con un vino dulce Late harvest, colocó una aceituna rellena en su boca y la traspasó con delicadeza a la boca de Marjorie, besándola y enredándole la lengua en las encías, en un juego sumamente sensual y embriagador. Le tocó las piernas, mientras arriba ambos masticaban pistachos y castañas de cajú; brindaron innumerables veces con distintos vinos, como si se tratara de una degustación. Y de hecho, lo era.

- Prueba este Miguel Torres del 98.
- Hmm, delicioso.
- Y este Gran Tarapacá Reserva.
- Huele a uvas.
- Obvio, querida. ¿Alguna otra observación?
- Estoy mareada.
- Bueno, quédate tranquila aquí, que yo voy a ir a prender el horno.
- ¡¿Qué preparaste?!
- Surprise, my dear.

Ricardo Andrés dejó a Marjorie recostada en el sillón, adormilada, y fue a la cocina. Se puso un delantal, afiló el cuchillo despostador hasta dejarlo brillante. Lo contempló un momento a trasluz, lo dejó en la mesa y preparó en el mortero una salsa a base de romero, ajos y aceite de oliva. Cuando estuvo lista, fue al refrigerador y extrajo la carne. Con el cuchillo cortó varios filetes que luego embadurnó con la mezcla. Los puso en una fuente y los llevó al horno, por veinte minutos. Volvió al living y despertó a la colorina con unas caricias en los muslos.

- Son una maravilla, perfectos, redondos.
Los mordisqueó hasta dejar aureolas moradas.

- Ah no, no quiero seguir engordando, después me van a salir estrías- dijo Marjorie con voz de sueño.
- Pero si las estrías son tan…, tan..., lindas.
- Está saliendo un olorcito...
- Es primera vez que la preparo, espero que te guste.

Ricardo Andrés dispuso los platos en la mesa del living y trajo una fuente con los filetes y una guarnición de papas duquesa.

- Rosemary’s leg - anunció orgulloso, con un acento británicamente perfecto.
- ¿Cordero? - preguntó Marjorie masticando el primer bocado.
- No.
-¿Vacuno?
- No.
- Está sencillamente delicioso, la carne está blandísima.
- La apaleé bastante -dijo él con la boca llena y muerto de la risa.
- No me digas que nos estamos comiendo a tu señora- contestó Marjorie atragantada por la broma.
- Exactamente. Y después te voy a comer a ti.
- Pero primero me vas a hacer el amor, ¿no es cierto?- La pelirroja dejó los cubiertos a un lado y se acercó a Ricardo Andrés para besarlo. Entre risas y con una botella de vino se fueron al dormitorio.

Marjorie despertó horas después y fue a la cocina a tomar agua. Abrió el refrigerador para picotear algo dulce y vio la gran pierna asada, llena de várices, en un azafate. Un escalofrío recorrió su espalda y las arcadas fueron incontrolables. Ricardo Andrés la miraba desde la puerta. Ninguno de los dos dijo nada. Marjorie sólo vio la gota de su sudor estrellarse en el suelo embaldosado de la cocina.

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