Muerte en el Chaco


A Fernando Jerez quien me regaló el título

Cuatro de la tarde. El mini-bus que nos trasladará a Sáenz Peña espera estacionado afuera del hotel. El chofer fuma un cigarrillo, se ve cansado, ojeroso. Antes de cruzar la calle para comprar agua mineral, le pregunto si la máquina está revisada. Todo perfecto, asegura. Cuando voy por el agua, pienso si no sería mejor comprar un botellón de un litro, pero elijo la chica. Pago. Miro el mini-bus y a los asistentes que poco a poco se van reuniendo, conversan, ríen, miran el brillante cielo azul de Resistencia. Me baja la duda de ir o no ir. Yo voy de colada, sólo para conocer otra ciudad; lo mismo Cristian Cottet. Pero no es momento de reflexiones e ingreso definitivamente en la cruzada. Al lado mío, y mirando siempre por la ventana va Pepe Osorio, que me cuenta de un viaje a Brasil por tierra que hiciera con su familia. Al rato, le narro un viaje desde Puebla a Veracruz en una Volskswagen con cabida para diez personas. Un viaje largísimo donde la vieja Volsks se comportó como una dama de alta alcurnia, salvo a la vuelta en donde murió de un reventón eléctrico generalizado. Y ahí estuvimos botados en una carretera durante muchas horas, donde uno de los mexicanos aseguró que los cuatreros –usó esa palabra- asaltaban a los que se quedaban en panne. Bastara que contara esta historia a Pepe cuando comienzo a oler a bencina. A los minutos, el mini-bus también muere a cincuenta metros de un peaje. Dicho y hecho, me dije, mientras toda la delegación bajaba y el chofer abría el capó para ver qué sucedía. Yo, que siempre he sido mirona, me acerqué y comprobé que por el distribuidor salían borbotones de bencina o nafta, como dicen los argentinos. Esta huevá cagó, pensé.
El día estaba precioso: calor, pajaritos de pecho verde. Se vendía miel y una colección de figuras de arcilla, un poco siniestras: cisnes, sapos, enanos de jardín, ánforas para meter a una persona adentro y unos hongos gigantes de variados colores. A unos cien metros había un quiosco que siempre estuvo cerrado. Desde la casa aledaña y cada cierto tiempo, se abría una cortina y una silueta fisgoneaba.

En la misma zona donde nosotros estábamos, comenzó una avalancha de autos a averiarse, incluyendo una ambulancia. También vimos pasar una camioneta horriblemente chocada arriba de una grúa. Estábamos en una especie de dimensión maligna, entre la fría construcción del peaje, ajeno totalmente a nuestra pequeña tragedia, y aquellas figuras que nos miraban impávidas y colorinches. Con Inés Garland conversamos de tarot. Cristian intervino para explicar su teoría de las rubias, sacándole chispas a sus ojos azules que, como dardos flirteros caían en las ondas áureas de Inés o Ínes, con acento en la “i”. Creo que yo me referí a la carta del tarot Los amantes, donde hay una mujer morena y otra rubia, también un camino a elegir. Inés agregó algo que me sorprendió: “Luisa es vidente”. Miré a Luisa y sí, estaba más claro que el agua que ella es vidente. En un tris, Orlando van Bredam, el maestro de Formosa, y uno de los organizadores hacen autostop y se los lleva un auto blanco, un poco a mal traer. Luisa, con su potente voz, dice con tranquilidad: “Ningún bus se va a detener”. Dicho y hecho. Todo lo que decía Luisa se iba cumpliendo, inexorablemente. Max, en broma, imagina una violenta discusión entre todos nosotros con un final sangriento. “Nos vamos a asesinar”. Esa fue la frase exacta de Max. Cottet, también en broma, espeta: “A la única que vamos a asesinar será a ti, Luisa.” Y Luisa comenzaba a tener frío y a enojarse.
Descubrí que esta escritora argentina cuando se enoja o está bajo stress, se refiere a sí misma en tercera persona. “Luisa se está enojando, Luisa se enojó.” En efecto, ella comenzó a darle duro a Pili, la chica organizadora-pastora. Pili tiritaba de susto con el huracán Futuransky, la que ve el futuro y la que agita el furor.

Y bueno, comimos una tortilla de rescoldo y agua, gracias a la diligencia de Luisa. Personalmente, tuve una acidez estomacal peor que el desastre de Chernobyl. Cottet se encaramó a un árbol, Luisa caminó alejándose de los monstruos de cerámica. Max me miró con esos ojos grandes y dulces y me susurró bajito: “Estoy angustiado”. Yo también, respondí.

Comenzaba a atardecer y el sol era una fastuosa bola anaranjada que bajaba al horizonte con la rapidez de una lagartija asustada. Pensé en el cuento que recién había analizado en el taller de la mañana: A la deriva, de Horacio Quiroga. Ahí también el sol se pone y todo se vuelve oscuro a medida que el veneno de la serpiente (no digo “culebra” porque a Pía Barros le da urticaria y grita: ¡Bicha, bicha!) invade todo el cuerpo del hombre hasta que muere arriba de la canoa, a la deriva, en la parte donde el río Paraná se encajona como un ataúd fluvial.

A instancias mías, Pepe sacó dos fotos de ese atardecer. Son bellas.

Ocho y media de la noche. La discusión eleva sus alas negras mientras aparecen las primeras estrellas y pasan buses repletos de gente. Max estornuda cada tres minutos. Por suerte ha traído consigo un rollo entero de papel higiénico. La congestión avanza porque ya siento el típico ardor a la garganta que anuncia el peor de los resfríos. Mentalmente, mato a los bichos. Belcebú, Belcebú, el diablo eres tú, conjuro, fumando un cigarrillo tras otro, mirando a Cristian y a Inés que ya hablan un lenguaje que sólo ellos entienden. Una nueva Babel en la mitad de la nada. Echo de menos a Miguel, a Virginia Vidal quien me ofreció su mano tibia mientras el avión aterrizaba en Resistencia en medio de unas turbulencias de juguera de cuchillas oxidadas.

No entiendo por qué el chofer recién hace parar a un camionero cuando lo podría haber hecho hace tres horas atrás. Como es usual, el camionero detiene su bestia de 35 metros de largo, arregla el mini-bus en dos segundos y estamos listos para seguir camino a Sáenz Peña. Sin embargo, se trata de un arreglín piñuflo, según el léxico chileno.

Pero no todo es tan sencillo. Luisa, Max y yo queremos volver a Resistencia. Si Luisa se queda, yo me quedo, digo. Lo mismo Max. Somos tres en contra de cuatro entusiastas por el fomento del libro y la lectura. Pili insiste en que debemos conocer su ciudad. No sé en qué momento estamos todos adentro del vehículo y éste, como una tortuga centenaria, emprende el rumbo a no más de 60 kms/hora. Siempre huele a bencina y comienzo a ahogarme, a tener náuseas. Ninguna ventana se abre. Pepe y Max duermen. Inés y yo cantamos bossa-novas. Ella canta porque fue cantante; yo, porque tengo miedo. Una sola chispa y el mini bus se incendia. No hay extinguidor, las ventanas están selladas. Somos un ataúd con ruedas. Moriremos quemados y saldremos en los diarios locales. Pienso en la repatriación de nuestros restos y otras exageraciones. Cottet mira con arrobo a Inés que sigue en su tralalá coqueto y, más que nada, nostálgico por una época juvenil y despeinada.
La ley de Murphy en su eterna maldad logra que el tarro viejo, por segunda vez, fenezca a un costado del camino. Somos afortunados: es solo cruzar la carretera de una vía y hay una gasolinera con su correspondiente local para tomar café y guarecerse del frío pampeano.

El lugar se llama Plaza. Y allí nos dirigimos Luisa, Max y yo. La argentina se comunica con el Hotel Covadonga y cuenta lo sucedido. Hay que dar aviso a Mempo. Nos dicen que vienen dos camionetas a buscarnos, que viene un auto desde Sáenz Peña a socorrernos. Esperamos a Godoy, que es otro chofer que viene de Resistencia, pero que nunca llega. Quizás ha sido abducido en el peaje, por los enanos malditos o los hongos le han dado un callampazo. Nunca llega. Nadie llega. Finalmente se presenta una persona de Sáenz Peña con el auto averiado. También. Y luego llega otro auto. No cabemos todos. Yo quiero volver a Resistencia. Son las nueve. Max ha gastado más de las tres cuartas partes del rollo de papel higiénico. Pepe Osorio, con una tranquilidad muy similar a la de Clint Eastwood, decide seguir a Sáenz Peña, seguir hasta llegar y concluir con lo previsto. Lo mismo Inés y Cristian. Se van. Nosotros nos quedamos con Pili, quien es sacudida cada cinco minutos por la Futoransky furiosa, con dolor de riñones y frío (no lleva chaqueta). Yo huyo al baño y lloro, el llanto se hace incontrolable.
No sé por qué lloro, pero me siento abandonada, sola en esa pampa de los cuentos de Borges, donde muere el que tiene que morir porque siempre estuvo muerto. Entonces, sobreviene la irrealidad, me miro al sucio espejo del baño de la gasolinera y tengo la pintura corrida y estoy pálida, más ficticia que nunca. Mi pie izquierdo se hincha cada vez más. Vuelvo al pequeño y mísero café. Quisiera sacar un puñal y matar a nuestra anti-pastora, propinándole veinte o treinta estocadas. Nada me importa. Pili, cariñosa, me dice “Chinita” y con una insistencia diabólica y enfermiza, proclama que apenas llegue otro auto a rescatarnos, iremos a Sáenz Peña y asunto olvidado. Mientras Luisa y Max gritan que debemos regresar a Resistencia sí o sí y que la lectura se puede ir a la mierda, yo bebo cerveza para anestesiarme y poder aguantar más la situación. Quisiera ser como el poeta Osorio, impertérrito frente a los enojos, las puteadas, las maldiciones. Tranquilo como Ramsés en su sarcófago, sereno como un Buda latinoamericano y comprometido. Cool.
En cambio yo soy una avispa enloquecida que trata de salir y choca y choca contra el vidrio, imaginando la peor de las tragedias, no las grandes tragedias, sino aquellas en las que nadie repara, las anodinas tragedias carreteras de provincia. Costumbres de provincia. Madame Bovary tomando el arsénico que la llevará directamente al vacío. Muriendo como la heroína de folletín que siempre quiso ser y no fue, por la vida que llevó, por el amante imbécil que se consiguió, por otras cosas que no vale la pena mencionar.

Diez pm. Max y yo vamos a la parte trasera de la gasolinera, donde hay un par de camiones estacionados. Fumo. Le cuento que al despedirme en Chile, les dije a mis hijas que si moría en el Chaco, no quería misa ni entierro. Sólo las cenizas al mar en el puerto de San Antonio. Sin flores hediondas ni llanteríos, ni lutos, ni amigos recitando poemas de Teillier. Sólo las cenizas al mar. Y se está cumpliendo, Max, agregué entre sollozos, moriré en el Chaco, a 104 kilómetros de Resistencia, tan lejos y tan cerca. Y no habrá cenizas, sino un cuerpo enterrado y una gran comilona para los gusanos. Max me mira desde su congestión, con sus ojos de oso amable, llenos de agua, y sorbe su gripe sin decir palabra. Es el momento más tenso del viaje. Nos abrazamos, entrecruzamos nuestras manos heladas y pareciera que fuéramos a morir ahí, de verdad. ¿Qué hacemos aquí?, Max, pregunto, ¿qué mierda estamos haciendo aquí? Entonces hablamos de los hijos y la familia, como despidiéndonos o sintiéndonos como esos personajes del cuento Los cautivos de Longjumeau de León Bloy que quieren salir de su pueblo y nunca pueden, siempre les pasa algo. Caminamos hacia el café. La situación no ha variado, está suspendida en el cansancio y el tedio. No recuerdo, pero creo que volvemos con Max al sitio eriazo de la gasolinera. Al rollo de papel higiénico le quedan tres o cuatro metros, no más. Mis pies están congelados. Y hay olor a bencina. Obvio.

Por fin llega Fernando, un chico joven que idealizamos de inmediato colocándole aureolas y canonizándolo. Creemos que sí existe un dios de la pampa y nos ha ayudado. Reímos nuevamente. Luisa habla de encuentros de tercer tipo, de ovnis y de las muchas estrellas que cuelgan del telón negro del cielo. Cuando llevamos unos diez minutos adentro del auto y Luisa da todo tipo de recomendaciones al santo y paciente conductor, Max, con seriedad, me dice al oído: “Se me quedó el papel arriba de la mesa del café”. Me da una pena infinita porque Max tendrá que empezar a sonarse con la manga de su chaqueta; río y lloro (en silencio, por pudor) a la vez y también me cuelgan mocos y las lágrimas salen a chorros. La histeria, como un pulpo de rosadas ventosas, se apodera de nosotros. Le tomo la mano a Max y miro por la ventanilla. Es cierto que hay estrellas y es hora de recordar a Neruda. Con la magia habitual, Luisa recita fragmentos del poema. Baja la velocidad, por favor, le digo a Fernando, que se roncea un poco por la tierra del camino.

Kilómetro 90. Once y media de la noche. Fernando adelanta a los camiones interminablemente largos; le aprieto la mano a Max cada vez que esto sucede. Lo último que falta es que tengamos un choque frontal y tan cerca de Resistencia. Me dan ganas de orinar. Nos detenemos en el peaje, aquel donde nos quedamos tirados por primera vez. Voy al baño, intento robar el papel higiénico pero no puedo sacarlo de su casucha metálica. Opto por enrollar varios metros y guardarlos en la cartera, como el más preciado de los tesoros.

Muy luego avistamos las primeras luces de la ciudad. Hemos llegado a Resistencia. Hablamos de ir a comer, necesitamos una sopa de pollo, caliente, confortante. Entre la despedida a Fernando llena de agradecimientos y nosotros tres sentados en el restorán del frente del Hotel Covadonga (el mismo donde compré el agua mineral de 500 cc) no pasan más de diez minutos. Todo es como debe ser. No hay sopa de pollo ni ninguna otra sopa. Max pide agua hervida, pues yo le he dado un tapsin noche que debe tomarse de inmediato. Max tiene sangre de narices. Luisa y yo nos miramos sin decir nada. Pido ravioles, Luisa pide una tortilla, Max, una ensalada gigante, con cuartos de huevos duros. No tengo hambre. Max y Luisa devoran sus platos. Llega otra escritora argentina cuyo nombre no recuerdo. Luisa cuenta la historia con lujo de detalles. La escritora interrumpe el cuento de Luisa para preguntarme de qué color son mis ojos. La miro y no soy capaz de contestarle.
Comienzan a llegar muchos escritores, entre ellos, los chilenos Diego, Miguel y Fernando. Es sólo que Diego ponga la mano en mi hombro, sin saber nada de lo que nos ha ocurrido, para que yo le relate la experiencia de tercer o cuarto tipo. Insisto en que el grupo se desunió, que unos partieron para Sáenz Peña y otros quedaron en la gasolinera de la muerte y del mate. Es lo que más me da pena: la fragmentación, la discusión, los buenos propósitos. Miguel me toma del brazo para llevarme al hotel, a mi cuarto, a la cama. Él y Max han sido mis escuderos y siempre me protegen y cuidan en los congresos en que hemos estado juntos. Y cuando estoy acostada no puedo dormir, siento que jamás volveré a dormir y que la única muerte, y la más metafórica, está ahí conmigo entre medio de las sábanas de una cama pequeña en el Hotel Covadonga, en Resistencia, Chaco, Argentina.

2 Comentarios:

alebas sábado, abril 14, 2007  

Lilita,
Qué terrible y hermosa experiencia a la vez. Por fin me entero del cuento completo con lujo de detalles. Sólo había oído fragmentos, y versiones muy distintas, dependiendo de quien fuera el contador. Eres una excelente narradora, sin duda.
Ale

Lili sábado, abril 14, 2007  

Bueno, Ale, hay mucha ficción también. Y la ficción viene de la mano con la exageración.
Gracias por tus palabras,
Lili

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