Pequeño Cielo


La mujer caminaba por las calles del centro de la ciudad cuando recordó que ya era la hora de ir al Pequeño Cielo. Tomó atajos y esquivó a la gente que se agolpaba en las vitrinas de las tiendas. Miró la hora y se apresuró. No pudo correr sobre los adoquines resbalosos por la fina lluvia que ya comenzaba a caer. Maldijo la garúa que humedecería su pelo y dejaría agujas de agua en su abrigo negro. Sólo faltaban cinco minutos.

El Pequeño Cielo estaba a pocas cuadras, en la terraza de un viejo edificio de ocho pisos sin ascensor. Mientras casi corría, la mujer fue olvidando episodios de su vida: el juego del elástico, el repaso de la letra “eme” para el examen de caligrafía, las desinencias del latín, el amor a la lingüística y al profesor, el nombre de sus hijos, la decepción mal escrita y dividida por un océano.

Todo fue quedando atrás, y ella quiso estar hermosa para ingresar a aquel sitio. Deseó que la belleza le golpeara la cara y se la iluminara, como un rayo amnésico. Subió los escalones de dos en dos; luego, de tres en tres. Había llegado con unos minutos de retraso y sudor entre los pechos. Abrió la portezuela que daba a la terraza.

La mujer alzó los brazos y no trató de equilibrarse. Tampoco miró hacia abajo. Era cosa de dar un paso y ya estaría en el Pequeño Cielo.

El viento fue su aliado: hizo temblar las antenas y, en torbellinos, elevó cartas, envoltorios de caramelos y uno que otro pañuelo desechable.

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