Chile en breve: muestra de microcuentos

PÍA BARROS

Golpe
Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe? Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio. El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.

Conjuros en voz alta
(A Paqui)
Prepara al amante y lo extiende como otra sábana más para acogerla. Desnuda ya, toma el libro y en voz alta desgrana uno a uno los poemas. Las letras le alertan la piel hasta que los pezones se le encabritan.

Se anexan los cuerpos y el sudor y los jadeos y él, trémulo, cree entrar en ella, pero son las palabras las que la convulsan y la estallan.

Ella abre la boca, vampiresca, para el beso feroz y final.

Él aún no lo sabe, pero desde ahora jamás comprenderá tanto desgarro habitándolo cuando cabalgue otros cuerpos intentando repetirla.

Es que ella es portadora y lo ha contagiado: jamás podrá curarse del virus de la poesía.

Ropa Usada I
(A Ana Madre)
Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle.

A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto.
La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero.

Lima sus uñas distraída, aguardando.

Ropa Usada VIII
(A Paty Salgado y Damián)
La anciana le pide a la muchacha que le envuelva ese conjunto de bebé. Ella deja la lima a un lado y no quiere entristecerla, diciéndole que en esa tienda, no se hacen paquetes de regalo. Rebusca, hasta dar con un envoltorio viejo de navidad y lo va estirando, para que el atuendo se vea como un regalo recién hecho.
La anciana le pide que dentro ponga el sobre.

La muchacha demora, se inclina y oculta tras el mostrador, lo abre y comienza la lectura: “Y hubo explosiones y tierra y fuego y el estallido abisal del universo. Entonces vino la vida y la sobrevivencia y el instinto. Un dibujo en la pared, hoguera y una voz que nombró “fuego” y dijo “niño” y dijo “ciervo” y dijo “palabras”.
Y entonces, sólo entonces, las cosas fueron. Necesitaron de una voz y una fonética para existir y hacer la historia.

Si te nombran, en este instante, Damián, eres un sueño que se proyecta, la pintura en el muro, la belleza feroz de la vida.

Nombrar ahora para que a tu vez, en un futuro, hagas existir las cosas a tu alrededor.
Tú serás el deseo que viene con el siglo. Llegas a nombrar la vida.

Has arribado.
Nombras.
El milagro es posible ante tu voz que ensaya el infinito.

La muchacha se pone de pie y mira a la anciana. A quien se lo dará, pregunta temblorosa.
Ya no puedo dárselo, fue hace mucho tiempo. El ya creció y se dedicó a otras cosas, nunca supo que venía para nombrar. No lo hice y la vida se fue desdibujando en la ventana, ¿comprende? Nadie la nombró.

La muchacha solloza junto a la mujer vieja. Sienten que el dolor de lo que no se hizo, les clava todas tristezas a la piel.

*** Pía Barros (1956) ha publicado los volúmenes de cuentos Miedos Transitorios, A horcajadas, Signos bajo la piel, Ropa usada, y Los que sobran; y las novelas El tono menor del deseo y Lo que ya nos encontró. Aparece en una treintena de antologías en Chile y en el extranjero. Ha dictado clases en universidades de Estados Unidos y Alemania. Entre otras distinciones ha obtenido el Premio Gabriela Mistral, el Premio Televisión Nacional, y las Becas de la Fundación Andes y el Consejo Nacional del Libro. Socia Fundadora de Letras de Chile.


CRISTIAN COTTET
Del libro Has recuperado nada

Con todo el amor
Cuando el indio se vio por vez primera en el espejo que le tendió el soldado español, no comprendió los rostros llorando y el poblado en llamas que se proyectaban tras su cuerpo moribundo. Quiso botarlo, pero era tarde para hipocresías.


***Cristian Cottet (Santiago, 1955) es poeta, antropólogo y editor. Ha publicado los textos de poesía: Amor y rebeldía, Urbanidades, Épica inconclusa, Proclama, Has recuperado nada, entre otros. Es director de Mosquito Editores.


LILIAN ELPHICK
Del libro Ojo Travieso
Y no pensar en nada
A la rru rru nena no te duermas nunca, no pegues pestaña ni labios, quédate despierta mirándome, recuerda el color del odio que te tengo, recuerda que tus ojos son mis ojos, que has heredado la misma confusión inútil, la esperanza de un tal vez mañana. A la rru rru, me canto otras canciones antiguas de radio chicharra, meciéndote en mis brazos las palabras que él dijo antes de irse, mucho antes, cuando el amor podía ser deletreado, cuando galopaba mi noche entera, besando la orilla del abismo, ayudándome a recobrar el aliento del deseo. No hay palabra que pueda definir el antes, nunca entenderás que la tristeza eres tú misma. A la rru rru muerte, viniste a nacer porque no hubo más remedio, por un simple asunto de gravedad caíste entre mis piernas y no lloraste, no lo harás, como si supieras que las lágrimas no solucionan nada, aunque te remezca y pellizque tus manos no lo harás; lo sé porque te miro y una voz monótona responde por ti, un mamamamamá de muñeca a pilas, la que permanecerá conmigo, sin molestar ni siquiera un segundo, sin cagar todo el día o gemir de hambre, de frío, de poco cariño.

***Lilian Elphick (Santiago, 1959). Cuentista, editora de Letras de Chile y directora de talleres literarios. Ha publicado La última canción de Maggie Alcázar, El otro afuera y Ojo Travieso.


ASTRID FUGELLIE
De la antología Cien microcuentos chilenos. Santiago: Cuarto Propio, 2002.

Raulina Yagán Yagán
Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika, poblados de nutrias y sembraderos vecinos a la crueldad de las redes y el mar, murió un diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete.
Raulina Yagán Yagán no dejó más descendencia que algún tejido a telar, que la infeliz hubo de hacer para sobrevivir porque el mímino empleo repelió su oficio de entrelazadora de canastos y canoas en miniatura.
Y así, Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika, subió a los cielos donde Pedro, en nombre de Dios Padre Todo Poderoso, la recibió:
-¿Tu nombre?
-Raulina Yagán Yagán, repuso la indígena con la cabeza gacha, y luego agregó, Annu lalayala...
-¿Qué dice? -la interrogó el blanco Santo.
-¡Los he dejado! ¡Ya los he dejado! ¿Dónde puedo encontrar a mi padre dios yámana?
-¿Tu dios padre yámana?, ¿te refieres al dios padre de los yaganes? -insistió algo desconcertado el bueno de Pedro.
-¡Sí!, sí, sí -se esperanzó Raulina Yagán Yagán.
-Murió, Raulina, tu padre murió el diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete, en la tarde.


***Astrid Fugellie (Punta Arenas, 1949) ha publicado, entre otros libros: Poemas (1966); Siete poemas (1969); Una casa en la lluvia (1975); Quién es quién en las letras chilenas (1982); Las jornadas del silencio (1984); A manos del año (1987); Los círculos (1988); Dioses del sueño (1991); Llaves para una maga (1999). Es además Educadora de Párvulos.

OMAR LARA
De la antología Cien microcuentos chilenos.

Toque de queda
-Quédate, le dije.
Y la toqué.


***Omar Lara (1941) es poeta, traductor, editor y profesor universitario. Graduado en Filología en la Facultad de Lenguas Romances y Clásicas de la Universidad de Bucarest. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: Argumento del día; Los Enemigos; Serpientes; El viajero imperfecto; Fugar con juego; Jugada Maestra y Bienvenidas calles del Perú. Ha traducido varios poetas de lengua castellana al idioma rumano y varios poetas de la lengua rumana al castellano. Ha ganado, entre otros, los premios Casa de las Américas (Poesía, 1975); y el Premio Internacional Fernando Rielo (Traducción).

ANTONIO MONTERO ABT
De la antología Cien microcuentos chilenos.

En nombre del pueblo
El patriarca ordenó:
-¡Que los fusilen a todos en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron a los hombres.
Entonces las mujeres gritaron:
-¡Eran nuestros hombres y nuestros hijos ésos que fusilaste!
Y el patriarca ordenó:
- ¡Que las fusilen a todas en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron a las mujeres.
El pueblo entero gritó entonces:
-¡Eran nuestras madres y nuestras mujeres y nuestras hermanas ésas que fusilaste!
El patriarca ordenó:
-¡Que fusilen al pueblo en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron al pueblo. Pero como los soldados también eran pueblo se fusilaron entre ellos.
Entonces el patriarca se retiró a escribir sus memorias a la solitaria e inexpugnable fortaleza. Pero también contrató los servicios de un extranjero erudito y muy famoso para que narrara la epopeya del pueblo. En nombre del pueblo.


*** Antonio Montero (Valdivia, 1921) ha publicado las novelas Asunto de Familia, Tres Réquiem para Carmela, Triángulo para una sola Cuerda, y los volúmenes de cuentos Nos vemos en Santiago, No morir, El Círculo Dramático, Baracaldo o el Tercer Pabellón. Entre otras distinciones, ha obtenido el Premio Municipal de Santiago en 1979 y 1982.Sus cuentos han sido incluidos en antologías en Chile y en el extranjero. Ha cultivado la ciencia ficción tanto en cuento como en novela.


DIEGO MUÑOZ VALENZUELA
Del libro
Ángeles y Verdugos

Orden
Es de noche. El hombre toma un taxi. Viaja. El taxista asalta al hombre. Le quita dinero y documentos. El hombre queda abandonado en una esquina. Vienen asaltantes, cuchillo en mano. Lo despojan de sus vestimentas. Huyen. El hombre, desnudo, va en procura de auxilio. Detiene un coche policial. Lo golpean. Es arrestado por no portar identificación. Sospechan delincuencia sexual. Lo encierran en la celda de los sodomitas. Es violado. Grita. Los guardias no vienen. Al día siguiente lo trasladan a enfermería. El médico ordena cambiarlo de celda. Lo dan de alta. Es trasladado a la sección de presos políticos. Después de algunos días lo interrogan. Nada le creen, pues no posee documentos. Nadie sabe o recuerda a quienes lo detuvieron. Lo torturan. Exigen entregue el nombre de sus contactos. El hombre cuenta su historia. Todos ríen. Es incomunicado. Permanece en la celda solitaria por varios meses. Cuando se acuerdan de él, está flaquísimo y loco. Lo envían al Manicomio. Grita que lo dejen en paz. Muere.

***Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, 1956) ha publicado los volúmenes de cuentos Nada ha terminado, Lugares secretos, Ángeles y verdugos, y Déjalo ser, y las novelas Todo el amor en sus ojos y Flores para un cyborg, ambas reeditadas recientemente. Ha sido incluido en antologías y muestras literarias publicadas en Chile y el extranjero. Cuentos suyos han sido traducidos al francés, italiano, croata e inglés. Distinguido en diversos certámenes literarios, entre ellos el Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996. Presidente de Letras de Chile entre 2000 y 2003.


CARLOS OLIVÁREZ
De la antología Cien microcuentos chilenos.

Rotativo
Antes de revisar la maleta desconectó la alarma electrónica. Volvió a subir al auto y puso la llave en el contacto. No tenía ninguna razón para disimular el tic que le hacía palpitar el ojo izquierdo. Giró la llave y como todos los días no hubo ninguna explosión.


***Autor de los libros de cuentos Concentración de bicicletas y Combustión interna, y de las antologías Los veteranos del setenta y Nueva York 11. Obtuvo el Premio Paula (1969) y Premio Chile Francia (1985). Director de la Revista de Libros del desaparecido diario La Época. Sus cuentos figuran en diversas antologías dentro y fuera de Chile.

JOSÉ LEANDRO URBINA
De la antología Cien microcuentos chilenos.

Padre nuestro que estás en los cielos
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...
-¿Dónde está tu padre? -preguntó.
-Está en el cielo -susurró él.
-¿Cómo? ¿Ha muerto? -preguntó asombrado el capitán.
-No -dijo el niño-. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.
El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

***José Leandro Urbina nació en Santiago de Chile. Estudiante de literatura se exilió en 1974 en Argentina. Desde 1977 reside en Canadá. Ha enseñado en Canadá y Estados Unidos, trabajando como traductor, guionista y periodista. Además de los cuentos reunidos en Las malas juntas, ha publicado la novela Cobro revertido, finalista del Premio Planeta Argentino y ganadora del Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile en 1993.


MARGARITA NIEMEYER

La travesía
Morena y baja. Sumisa. Apenas un relámpago en los ojos cuando se le tiró encima desde el mismo caballo. Que los otros recogieran víveres, el tenía más hambre de mujer que de comida. Y siempre habría algo después en la ruca, cuando sus tripas pegadas le avisaran la razón por la que estaba allí.
Ahora, satisfecho, podía regodearse con los senos oscuros, con esa carne generosa que se le entregaba para montarla una y otra vez en medio de oleadas de olor a hembra que le sacarían por fin de las narices el hedor de los muertos y borrarían con sus gemidos el alarido de los buitres que los habían acompañado en horrendo cortejo a lo largo de ese camino interminable.
Apoderarse de Chili- mientras penetraba nuevamente a la mujer. Volver a Sierra Brava, yo, Juan González; volver rico y joven, hacerme de las tierras que son mías, buscar una mujer digna de mí, una heredad, vivir. El no era como el Tuerto, que con todo lo admirable que era como jefe, estaba condenado a permanecer para siempre en esas tierras inhóspitas, juntando la riqueza de la Nueva Toledo para un hijo mestizo porque el manchego no era nadie en la Patria, apenas si un indiano más, iletrado e ilegítimo, incapaz de lucir otro apellido que el de su tierra de origen.
A mí no me pasará así- mordiendo ferozmente las nalgas firmes, apretando los brazos tostados y fuertes, buscando, buscándola en un dolor insaciable, buscando también ese oro esquivo que corría en dichos de boca en boca, pero que no quería aparecer para que él cumpliera sus sueños y pudiera cargar un barco que lo llevara a España, antes que la locura exuberante de esta tierra nueva lo agarrara a él también y lo transformara en otro Almagro, buscando siempre más y siempre más allá del horizonte.
Para Juan González era la primera aventura. Y la última- gritó a la india en un: ¡Dime Juan! ¡Dime Juan! desesperado, porque hacía meses que no oía su nombre en garganta de mujer.; asustándola en el forcejeo feroz del dónde está el oro, porque a ratos parecía que nunca llegarían, porque tú no entiendes mi idioma ni puedes pronunciar mi nombre, porque yo no entiendo tampoco tu cara impávida, porque ahora cuando te deje, desgraciada, tendremos que subir nuevamente la quebrada hacia el desierto y seguir y seguir.


***Margarita Niemeyer nació en Santiago, Chile. Es Licenciada en Literatura en la Universidad de Chile (1986). Su tesis de licenciatura obtuvo el premio Gabriela Mistral otorgado por el Instituto Chileno-Argentino (1989). Durante 1984 y 1985 participó en el taller dirigido por José Donoso. En 1991 publicó el libro de cuentos Mujer frente al espejo y otros límites. Actualmente dirige talleres de creación y lectura.

3 Comentarios:

Anónimo,  jueves, septiembre 27, 2007  

Me parece genial que se pùbliquen las obras de esta manera, hay que ser generosos para entregar lo que se escribe, ojalà haya más de esto.

gracias

Anónimo,  martes, noviembre 24, 2009  

Me gustan muchos los microcuento, espero que esta muestra de ellos siga creciendo...

Anónimo,  martes, septiembre 13, 2011  

Los microcuentos anteriores me parecieron muy interesantes.Sin embargo un microcuento eralargo y los que vinieron despues fueron demaciado largos para mi gusto. Pero salvare algo me parece muy bien que demuestren estos microcuentos.

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