El cuerpo de Inés: identidad y memoria

Por Lilian Elphick

Ay mama Inés -
Crónica testimonial (1993) de Jorge Guzmán
[1]

El autor
Jorge Guzmán nació en Santiago en 1930. Estudió en el Instituto Nacional. Se recibió de Profesor de Castellano en la Universidad de Chile, 1958. Obtuvo un PhD en Filosofía y Letras en Iowa, 1961, y trabajó durante muchos años en el glorioso y desaparecido Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, el mismo donde Parra hizo clases. Ha publicado Job- Boj (novela, 1967), Diferencias Latinoamericanas (ensayo, 1984), Contra el secreto profesional (ensayo, 1991), La ley del gallinero (novela, 1999). Su cuento El capanga, que refleja la influencia de Horacio Quiroga, ganó el primer premio en el concurso de cuentos de El Mercurio (1956). Fue incluido en El cuento chileno actual (1950-1967), selección y prólogo de Alfonso Calderón, 1969.

El cuerpo de Inés

Ay mama Inés del chileno J. Guzmán, publicada en 1993, describe la entrada de Pedro de Valdivia a Chile, junto a Inés de Suárez. La figura de esta mujer es central en esta novela, aunque la historia pertenezca a Valdivia y se le vaya como arena entre los dedos. Por primera vez, Inés habla y su palabra, cercana a la muerte, es lúcida y se impone, después de años de olvido historiográfico.

Guzmán prepara al lector que leerá esta crónica testimonial [2]bajo la perspectiva del “parece”, “no se sabe” o “es casi seguro”: la historia está llena de vericuetos oficiales y ‘alternativos’, ha aprendido Guzmán, y depende del ojo que la mire. Esta duda, esta inseguridad de los hechos narrados se aparta radicalmente de los parámetros históricos establecidos por Sir Walter Scott en el siglo XIX. [3]

El título de la novela alude a una rumba afro-caribeña: “Ay mama Inés too lo negro tomamos café”, aparentemente inconexo con la historia de la entrada de Valdivia a Chile, su posterior asentamiento en el paradisiaco valle del Mapocho y fundación de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, junto a su compañera de armas y amante, Inés de Suárez. Sin embargo, en el artículo de Lucía Invernizzi
[4] queda claro que el autor pretende reunir a esas dos Inés, la caribeña y la española, y a otras que también pueblan la Latinoamerica mestiza. Guzmán escribe “desde la conciencia de una diferencia mestiza” y reivindica a Inés de Suárez como personaje histórico, la corporiza, mostrando diferentes ángulos y dotándola con un monólogo bellísimo e iluminador que nos muestra no sólo a una Inés moribunda y nostálgica, sino a una mujer con plena conciencia que el sueño utópico que tuvo junto a Valdivia se ha convertido en diferencia mestiza. La tierra es bella, pero a la vez horrible, espantosa: “…tus sueños pusieron en movimiento una realidad que no tenía nada que ver con tus sueños y que fue la que produjo este país atroz, pero bellísimo”. (259) .

El sueño primigenio de Valdivia es fundacional, representa el ánimo de descubrir una nueva tierra, conquistarla, dominar y evangelizar a los indios, crear una ciudad, cuadricular sus calles, formar un cabildo, en nombre de la Corona y del Rey. Chile representa la tierra pura, incontaminada, en oposición al Virreinato del Perú, espacio antiutópico, degradado por la traición, la mentira y la mediocridad. De Hoz y sus secuaces son representantes de este espacio, también el Regidor de la ciudad de Santiago, Don Martín Solier que “había venido al nuevo mundo solamente a buscar riqueza, y riqueza transportable” (140). En cambio, Valdivia se perfila como un héroe épico, posee un proyecto de vida y cree en la posibilidad “de un mundo distinto, otro mundo, aquí, en la tierra” (28). Luego que Gómez de Don Benito le cuenta de las maravillas del valle del Mapocho y hace relación de su impacto arrodillándose y llorando copiosamente, Valdivia “creía posible fundar un reino donde rigiera el bien, en ese mundo de Chile, todavía no inficionado por la borrachera del mal que endemoniaba al virreinato. La imagen de un paraíso terrenal, pero POSIBLE…” (30).

Pero la Inés lúcida se encarga de corroborar que el sueño ya se ha convertido en otra cosa, y aparte de esa “otra cosa”, examina con detención las diferentes monstruosidades que Valdivia y ella misma han ayudado a hacer, como la tortura y mutilación de María Torri por María de Encio Sarmiento, y otros actos lejanos a la ‘civilización’ como cortar las manos a los indios, juntarlas en un canasto, e ir a botarlas al río. Jamás Valdivia iría a pensar que el muchacho que se crió en casa de Inés, el indiecito llamado Felipe, años más tarde lo derrotaría en Tucapel *, en 1556, convirtiéndose en el amestizado Lautaro que, como la secta de los Assassins, vive con el enemigo, aprende sus fortalezas y debilidades, se mimetiza con él hasta dar el golpe mortal.

Lautaro, el huérfano, representa el espíritu guerrero que jamás será dominado. Vive entre españoles, separado de su gente, asimilando sus costumbres, el manejo de las armas, dominando el arte de cabalgar. La orfandad trae sus beneficios y, a la vez, reporta una doble traición, hacia al español y hacia el indio.

Inés, en el delirio de la memoria punceteada por la muerte, recrimina a Valdivia el haber sido derrotado por “…Lautaro, no un indio calato, sino un indio con casaca roja, con gorra y con un clarín colgado al cuello, un indio que montaba a caballo mejor que tú…” (258).

La propia Inés se ha amestizado, aunque no esté conciente de ello. De costurera analfabeta y viuda pasa a ser una soldado más en las huestes de Valdivia, que cabalga a horcajadas, usa el pelo suelto y se lava como las indias. Es la amante, la “doña”, la “manceba”, la que toma el hacha, degüella a siete caciques y después vomita sobre la sangre que cubre el suelo. Es la que aborta al hijo de Valdivia, mientras cura a los heridos, es la que le teme a los truenos y tempestades de esta nueva tierra, y es la que termina abandonada por Valdivia, casada con otro, gobernadora y rica.

Como mujer del jefe, es blanco de las envidias y denigraciones. Romero la trata como “la virago ese”, y en sus planes de asesinar a Valdivia piensa que puede engañarla porque aunque sea astuta, sigue siendo sólo una mujer masculinizada. Pero esta Inés es capaz de sintetizar la problemática americana:

“…Ya tienen hijos grandes los niños que nacieron en esos bellísimos primeros meses; y son distintos; tienen más posibilidades que los indios; tienen futuro; muy astutos; muy inteligentes, tanto como los indios, pero muy desenvueltos, hasta la desvergüenza, la mayoría; eso tampoco podíamos preverlo; hasta se ven diferentes; son otros que los indios y otros que los peninsulares; ahora, de sólo salir a la calle, ves tres clases de hombres, cuatro más bien; estamos nosotros, están los indios puros, están los mestizos y están unos pocos negros; en los años que vengan, estas castas se seguirán mezclando entre ellas y producirán algo; en eso, en suma, se nos convirtió el sueño.” (262).

Como dice Invernizzi :
“Guzmán interviene críticamente este discurso, delata sus muchos vacíos, olvidos, omisiones, carencias, incertezas, silencios, sus “ignorancias primarias e incurables” y su mayor ignorancia: la de pretender haberse apropiado del sentido “real” de los acontecimientos que, como señala el narrador-autor, además de ser pretensión imposible, hunde irremediablemente a los personajes en la historia.

De ese hundimiento los rescata esta “crónica testimonial” que reescribe (…) los enunciados del discurso historiográfico y filtra en ellos y en los vacíos que deja, otros contenidos, otras dimensiones, otros sentidos, los que afloran desde la conciencia, especialmente de la conciencia femenina. Y así, la crónica testimonial de Guzmán incorpora y restituye saberes de humanidad excluidos por el discurso oficial tradicional (…), proponiendo una visión y versión de la historia de la conquista desde (…) este mundo nuestro, mestizo, que reemplaza o debería reemplazar la versión y visión dominantemente ajustada a los códigos y sistemas europeos.” (Invernizzi.1995: 63-64).

Inés es ‘mama’, las indias que tiene a su servicio la llaman “mamitay” ; adopta y cuida de sus indias, trata como hija propia a la hija mestiza de Quiroga, vela y cuida a sus animales; en la guerra da comida y cura las heridas. Organiza el mundo cotidiano de esta “entrada” sangrienta. Es servicial y tierna con Valdivia y calla cuando es menester hacerlo, porque ella sabe que no hace la historia, la historia la hace ‘su’ Pedro; es mama pero nunca madre y siempre amante y no esposa. Inés percibe la diferencia hasta el final de sus días, cuando ya han pasado muchos años de la muerte de Valdivia y ella sigue amándolo. Inés está detrás de la figura épica y trágica del conquistador, es sombra a pesar de la luz que brota de la narración de Guzmán.

Recuerde el alma dormida

En Ay mama Inés, Guzmán saca parcialmente del estereotipo a Inés. ¿Es doña? El mismo autor lo pregunta en el Capítulo I, refiriéndose a otros textos historiográficos que la denigran, omiten u olvidan. ¿Es dueña de sí misma una mujer que se define por lo que no es? Es decir, amante y no esposa, mama, madrastra y no madre, gobernadora por el simple hecho de estar casada con Quiroga, el hombre que le dispuso Valdivia, hacedora de “un mundo espantoso” que generará una raza confusa. El monólogo de Inés se cruza con la fiebre y el delirio. Valdivia, muerto veinte años atrás, es atraído por la voz fantasma de Inés a quien ella le habla. Su identidad se deshace en el intento de rememorización, dejándole al lector retazos, restos, sobras de un personaje ‘apestado’. Uno, por el hecho de ser mujer; y dos, por ser mujer de armas y de sueños.

“La novela de Guzmán ha contribuido a entender que no hay nada más turbio que el paso de los seres humanos por el tiempo. […] Un destino trágico se cierne sobre los personajes, creado por la magnitud del encuentro entre el rico continente americano y el ávido mercantilismo europeo del siglo XVI.” (Martínez.1997:36).

Lo que Martínez denomina ‘encuentro’ es choque frontal y dominio de una cultura sobre otra. Santiago del Nuevo Extremo, cuadriculada como ciudad, se protege de la periferia india y apestada, legalizando las escrituras, creando interdictos, imponiendo utopías en el topos indígena. Cuando Doña Marina viene a América, Valdivia organiza la vida de la ‘otra’, la ilegítima Inés. Marido y dinero, prestigio y poder, esas son sus herencias. Como en El entenado, de Juan José Saer, Inés se manifiesta en el panóptico de su palabra y con ella intenta corporalizar su identidad, cayendo en el vacío ontológico. La imagen de América es reescritura que trae el pasado al presente para criticar el aquí y ahora colonizado por el capitalismo neoliberal.

Tanto el entenado como Inés son personajes marginales, lo mismo sucede con Juanillo de Maluco. La novela de los descubridores. Al respecto, Mabel Moraña en su ensayo “El boom del subalterno” [5]señala:

“Mientras los sectores marginados y explotados pierden voz y representatividad política, afluye el rostro multifacético del indio, la mujer, el campesino, el "lumpen", el vagabundo, el cual entrega en música, videos, testimonios, novelas, etc. una imagen que penetra rápidamente el mercado internacional, dando lugar no sólo a la comercialización de este producto cultural desde los centros internacionales, sino también a su trasiego teórico que intenta totalizar la empiria híbrida latinoamericana con conceptos y principios niveladores y universalizantes.” (Moraña. 1998: 179-180).

“Desde que la hibridez se convirtiera en materia rentable en discursos que intentan superar y reemplazar la ideología del "melting-pot" y el mestizaje con la del multiculturalismo y la diferencia, la cuestión latinoamericana pasó a integrar el pastiche de la postmodernidad.” (Moraña. 1998.181).

Para Moraña, el binomio subalternidad/hibridez se asocia al de sub-identidad/sub-alteridad. Estas dos parejas de nociones se entrelazan con el concepto de nación como aldea global, desde donde “puede ejercerse la resistencia a nuevas formas de colonización cultural y de hegemonía, […], de marginación, autoritarismo y explotación colonialista…” (Op. Cit. 182).
“ […] Latinoamérica sigue siendo aún, para muchos, un espacio preteórico, virginal, sin Historia (en el sentido hegeliano), lugar de la sub-alteridad que se abre a la voracidad teórica tanto como a la apropiación económica. Sigue siendo vista, en este sentido, como exportadora de materias primas para el conocimiento e importadora de paradigmas manufacturados a sus expensas en los centros que se enriquecen con los productos que colocan en los mismos mercados que los abastecen.” (Op. Cit.182).

***
[1] Guzmán, Jorge. Ay mama Inés (Crónica testimonial). 1993. Santiago de Chile, FCE.
[2] “Mientras el testimonio es denunciatorio, la crónica es frecuentemente eulógica. […] Adicionalmente, la obra se autoexime de un elemento crucial tanto de la crónica como del testimonio: la contemporaneidad entre el evento y su escritura. [La novela] experimenta la tensión de existir entre ambos.” Martínez, Renato. “Ay mama Inés, de J. Guzmán: entre la crónica y el testimonio”. 1997 Rev Ch. de Literatura Nº50 U. de Chile. Pg.21-22.
[3] [Las novelas de Walter Scott hasta Vicente F. López se sitúan] “como la expresión de la defensa del progreso ante un pasado feudal o colonial. […] La Nueva Novela Histórica Contemporánea no propone una visión apocalíptica de la historia sino que ésta es percibida como un proceso ininterrumpido de cambio que afecta la vida del individuo de manera que la existencia de éste aparece “históricamente condicionada” (Lukács, 1983:23)”. Pg.159. Cristina Pons.1999. La nueva novela histórica de fin del Siglo XX.
[4] Invernizzi, Lucía. “Ay Mama Inés de Jorge Guzmán”. 1995. Revista Mapocho, Número 37,I semestre.
* Guzmán no narra de qué modo murió Valdivia. Véase al respecto estas dos opiniones citadas por Martín Centeno R:
“…con una cáscara de almeja de mar, que ellos llaman pello en su lengua, le cortaron los lagartos de los brazos desde el codo a la muñeca; teniendo dagas y cuchillos con que podello hacer, no quisieron por dalle mayor martirio, y los comieron asados en su presencia.” (Góngora y Marmolejo.1990:115-116).
Góngora y Marmolejo, Alonso de. Histora de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile y de los que lo han gobernado (1536-1575). Santiago. Ediciones de la Universidad de Chile,1990.
“(...) tras una corta resistencia, empezó la carnicería y el sálvese quien pueda” (Encina. 1984: 221).
“Su corazón, dividido en pequeños trozos, fue devorado por los caciques vencedores” (Encina. 1984: 221-222.).
Encina, Francisco. 1984. Historia de Chile, Volúmenes 1, 22, 23 y 24. Santiago, Editorial Ercilla.
[5] Moraña, Mabel. “ El boom del subalterno”. 1998. En: Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate). Edición de Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta. México: Miguel Ángel Porrúa. Documento PDF.

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