Otras dos pasiones




Mi penúltimo whisky

Me ha dado por escuchar bandoneones y violines que rasgan la oscuridad de la noche, que quiebran el espejo meado de las calles. Me ha dado por llorar con Susana Rinaldi y la Balada para mi muerte, que habla de la vida vera más que de otras orillas solas, mientras el bandoneón de Ástor surca el aire de la melancolía, de esa saudade que aprieta el corazón sin ni un respiro. La música tiene un efecto devastador en mí, más que la literatura, esta música que escuchan mis oídos tan poco preparados para la metáfora de la clave de sol y del do menor. Luego, Adiós Nonino y dan ganas de partir en un carguero a Panamá o a Lisboa, a seguir oyendo el tralalá precioso de Amália Rodrigues y sus fados con sabor a lembrança y a felicidade de un día que fue, de esos bellos días de vino y rosas que sólo están en la memoria de nosotras, las ausentes, las descreídas, las que escribimos y siempre vemos la salida de la luna.

Mi penúltimo whisky queda sin beber, salgo de casa, por Arenales, plazoletas vacías, columpios que se mecen con el viento perro del invierno. Salgo y como buena piantada que soy, camino por la gran ciudad regalando balbuceos a quien quiera algo de sexo casual , un amor rápido y olvidable. Por allí un hombre me hace señas, a mi olvido iré por Santa Fe, sé que en nuestra esquina vos ya estás, todo de tristeza hasta los pies. Y nos vamos por ahí, hoy que Dios me deja de soñar, besos lejanos dibujados de rojo furioso y uñas acrílicas que arañan una espalda wash & wear, zippers que se abren y que se cierran con el relampagueo de los neones polillentos, manos desconfiadas que hieren todo deseo de abrazo. Así se construye el país en los suburbios, así se hace el grito en los laberintos sin salida; estamos todas locas porque mordemos nuestra propia memoria deshabitada, que es como tocar el bandoneón de Piazzola a cuatro miradas que se enamoran de la quinta obsesiva, por ser adiós y pañuelos blancos agitándose desde los trenes de una guerra inconclusa.

El hombrecito surcado de sombras se aleja sin mirar para atrás porque ahí estoy yo acomodándome el sostén-senos en plena oscuridad y hay zumbidos de cocinerías viejas que me llaman como Circe a los incautos de orejas pulcras. Y vuelvo a mis zapatos cantándome, arrullándome, un poco borracha del licor dulce que baja por mis piernas, ese anisado lechoso de un desconocido se amiga con los lunares de mi muslo y el tobillo hinchado de tanto sueño callejero. Y regreso por donde venía al principio de esta historia que no alcanza a gestarse, porque ustedes sabrán que moriré en Buenos Aires, será de madrugada, guardaré mansamente las cosas de vivir: mi pequeña poesía de adioses y de balas, mi tabaco, mi tango, mi puñado de splin, me pondré por los hombros de abrigo toda el alba, mi penúltimo whisky quedará sin beber…



~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Lo que el viento no se llevó

Érase una vez una historia de amor tan dulce que las palabras se derretían ante los ojos de las lectoras ávidas de libaciones y ovulaciones. Y como el verbo inicial lo indica, la historia ya está sepultada bajo duras capas de pasado esplendor. Dato importante: fui yo la protagonista; el príncipe, un hombre hermoso, diplomático y viajero, propuso que nos reuniéramos en un lugar lejano del bullicio y de los celos. Podría ser una isla griega donde la salvia crece agreste y las puestas de sol son las más bellas del planeta. El príncipe decidió que nuestro amor se sellaría en Xiros, una de las islas más pequeñas del archipiélago de las Cyclades. Allí te esperaré, amada, mi…, y ya no supo qué decir porque la emoción embargaba su epiglotis.

Qué me han dicho. Abrí los cajones y lancé ropa a la cama: solera para la playa, shorts para el paseo cerro arriba, para la noche nada, sólo un simple collar de perlas y perfume detrás de las orejas e inicio del pecho. Además jugué con toda la lingerie que poseo. El sostén negro se veía mejor que el rojo, muy de perra necesitada. El negro, en cambio, hacía elegantes mis tetas, que se erguían misteriosas como dos magias. Tanto me miré en el espejo ensayando los posibles bailes que terminé mojando un dedo con mi saliva y acaricié esos pezones que pronto brotaron al contacto tibio de la soledad.

Llegué a Atenas muy cansada. Busqué un hotel para pasar la noche y pregunté por el horario de los barcos que salían a Xiros. Esa isla no existe, madame, dijo el gerente, pero puede ir a Ios, le va a encantar y podrá practicar katharsis. Pero yo estaba dispuesta a llegar a Xiros, existiera o no. Cerré los ojos y me dije: Esto no me puede pasar a mí. Salí a la calle y un hombre buen mozo, que se presentó como Marini, me ofreció llevarme a la isla en un bote. Será un viaje largo, agregó pausadamente. Y extraño, va a sentir que traspasa un límite, un vidrio, una ventana. Marini estaba más loco que una cabra, pero igual le coqueteé todo el viaje, cruzando y descruzando mis piernas estilo Sharon Stone. Al fin llegamos. Marini se despidió con la mano y apenas pisé la arena traspasé el umbral. El príncipe conversaba con unos pescadores; comían kalamari y bebían ouzo. Corrimos a encontrarnos.

Nos abrazamos y su beso fue miel para mis labios sedientos y partidos. Lo que empezó como una suave brisa pronto se convirtió en vendaval. Me llegó arena a los ojos y cuando terminaba de sobármelos, él ya no estaba. A lo lejos divisé a Marini haciéndome señas para que volviera con él antes de que el umbral se cerrara. Supo consolarme arriba del bote, justo a mediodía. ¿Creerás que fui un personaje de cuento?, comentó Marini, señalando un avión que caía al mar irremediablemente.










0 Comentarios:

Publicar un comentario

Page copy protected against web site content infringement by Copyscape CÍTAME

OJÍMETRO

http://www.wikio.es
Blogalaxia
eXTReMe Tracker
Creative Commons License Free Web Counters
Ranking de blogs

Map IP Address
Powered byIP2Location.com

  © Blogger template Webnolia by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP