Andando, corriendo, ladrando II

Winnie llegó a nuestras vidas cuando Arturo aún estaba vivo, y Merlín insistía en ser el macho alfa, sabiendo que los verdaderos machos alfa eran los hombres de la casa que marcaban el territorio arriba de sus orines. Costumbres masculinas, al fin y al cabo. La cachorra abusaba de la paciencia de Merlín y Arturo: les mordía las orejas, aunque no osaba a robarles la comida ni a ingresar sin permiso en sus respectivas casas. Winnie era muy alocada y un día se cayó de la escalera. Resultado: una pata quebrada. Fueron dos meses de vendas y cartón-yeso, que la perra lamía y mordisqueaba hasta la destrucción total de la valva. El hueso soldó sólo por milagro, pero Winnie quedó con el hábito de la cojera. Exageraba los movimientos lastimeros, en actos de gran manipulación. Siempre lograba lo que quería: una galleta, o dormir a los pies de mi cama, oliendo mis sandalias (o comiéndoselas).

Al año y medio, Winnie se cruzó con Merlín y Arturo. De toda esa camada –lindísima, para qué vamos a decir una cosa por otra-, quedó Merlina en casa, también llamada “Tocineta”, por su gran tamaño y voraz apetito.

Los machos desaparecieron y quedaron la madre y la hija, muy territoriales y bravas; de verdad, muy bravas. A Winnie le gustaban los talones de la gente; y a Merlina, las pantorrillas. Los múltiples pololos de Natalia, Paulina, Francisca y Alejandra, pueden dar fe de la veracidad de estas palabras.

El año 2000 mi casa-mansarda se incendió. Esa casa la hicimos nosotros, a pulso, y nos costó años terminarla, aunque quizás una casa nunca se termina de hacer. Todas las ventanas y puertas de mi mansarda fueron sacadas de una iglesia viejísima; el piso lo compré en una casa que iba a ser demolida, piso de una madera nativa chilena: raulí. De la misma casa compré a precio de huevo la puerta de cocina y dos ventanas de vitral, maravillosas.

Parte del comedor lo forramos con unos listones de madera labrada (también vieja). De México (Puebla) nos trajimos una lámpara de vitral, que iluminó muchas noches nuestras farras y comilonas. También de Puebla me traje unos platos espectaculares que colgué de la pared.

Al fondo, estaba mi escritorio- algo caótico que sólo yo entendía- y, a un costado, un mueble alacena donde guardaba las “copas finas” y otras chucherías.

Los libros estaban repartidos por toda la mansarda. Había en mi escritorio; en el hall de entrada estaba la gran biblioteca vidriada, heredada del padre de Leo, en el pasillo estaba la otra biblioteca, con los libros que yo consideraba más modernos. En cada dormitorio (tres) teníamos estanterías con libros y fotos.

Libros, libros, más libros. Dos mil libros quemados y/o mojados.

Días después del incendio, soñé con un libro muy antiguo que compré en upstate New York, en el campo, en una especie de sale de libros en un granero. Desperté llorando y corrí a la mansarda. Entremedio de los escombros y las cenizas y después de quebrar un vidrio, rescaté el famoso libro de poesía inglesa. Estaba intacto…pero mojado.

Han pasado siete años del incendio de la mansarda de calle Nevería. Tengo una casa amarilla, y Winnie, vieja ya, sigue con nosotros, cada vez más coja y con artritis. La acompaña Ivalú, la loba blanca, de cinco años. Loba loba no es, pero casi. Es una pastora canadiense rebelde e indomable. Jamás ha soportado la cadena ni el baño sanitario. Lo que mejor hace es aullar. Los niños del barrio le temen, sin sospechar que es tremendamente cariñosa y juguetona. Mi nieto León juega mucho con ella. La asusta, e Ivalú le sigue la corriente: hace como que se asusta, y se echa al suelo y se tapa los ojos con las patas delanteras. León le dice: ¡Valú! , y se larga a reír de nuevo, mostrando esos cuatro dientes chicos que tiene. Después murmura un “Ii” y alza sus bracitos para que lo tome y juguemos al avión.

Pronto todos se marchan. Vuelvo al escritorio. El silencio es insoportable. Entonces, escribo. Winnie me acompaña.

2 Comentarios:

Mega jueves, enero 15, 2009  

Una historia no menos bonita que triste, la verdad.

Un abrazo fuerte

Anónimo,  lunes, junio 16, 2014  

También estoy haciendo un trabajo sobre este cuento. Me parece interesante cómo Carpentier mueve las realidades del aquí al allá de lo real a lo maravilloso. Sería bueno si hicieran un análisis de los distintos cronotopos en la historia, sobre todo cuando la acción ocurre más rápidamente, pues aquí es donde mayor riqueza de movimienos de espacios hay. Gracias

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