Andando, corriendo, ladrando III

Galileo y los gorriones de cartulina

Contaré la historia de Galileo, el pointer que cazaba mariposas y no los habituales ratones que a veces bajaban del parrón a enfrentarse descaradamente conmigo y la escoba. Galileo llegó solo a casa. Otro perro perdido. De pelo muy corto, siempre la pasó mal en los fríos inviernos santiaguinos. Salía de su casa exclusivamente para beber agua y hacer sus necesidades. Su escudilla con comida caliente (no aceptaba los pellets) había que colocarla adentro de su habitáculo. Cuando terminaba la sopa de arroz y huesos, con la pata empujaba el plato hacia fuera y se ovillaba feliz, con la panza llena, a dormir y a soñar –supongo- con perras de suave pelaje. En las mañanas asomaba la punta de la nariz y olfateaba el aire. Si estaba tibio, salía, sin antes arquear el lomo y estirarse, siempre tiritando.

Era un perro muy fiel y bueno. De chica, Natalia jugó interminables horas con él. Ella se subía a su lomo y Galileo, sin chistar, la paseaba creyéndose un caballo enano. También cumplía funciones de acompañante en los muchos funerales que Natalia efectuó de sus mascotas: Lazo de Oro, el hamster que vivió dos años y tenía pelos blancos en el mentón; los peces del acuario, amortajados en una caja de fósforos pintada con crayones y con pétalos de flores pegados con cola fría. Cuando Natalia no estaba en casa y algún pez moría de modo natural o era devorado por otro, yo simplemente botaba los restos al W.C. y asunto arreglado. Hasta ahora ella no sabe esta verdad horrorosa porque yo volaba a la tienda de acuarios y compraba un pececito para la reposición. Nunca se dio cuenta.

Galileo, entonces, oficiaba de llorón, mientras Natalia cantaba unas letanías tristísimas a sus mascotas enterradas en el sector del limón y del gran agave. Cuando el jardín se sumía en el silencio, el perro obedecía a sus instintos milenarios: desenterraba a los muertos. No se los comía, sólo jugaba con ellos. Así encontré en el camino de piedra a Lazo de Oro, Lacito para los amigos, tieso y mordisqueado, con sus bigotes más blancos y más lejanos. Tomé al ratoncillo, lo envolví en papel, y no fui capaz de enterrarlo nuevamente. Reparé las pequeñas tumbas exhumadas, y boté a Lazo a la basura. Qué iba a hacer. Galileo me miraba con esos ojos divertidos que tenía, siempre riendo o burlándose. Tuve una seria conversación con él: lo exhorté a que no volviera a cometer esos actos de necrofilia. En caso contrario, tendría que comer los fríos y secos pellets.

A Galileo no le gustaban la noche ni las estrellas. Era un callejero de día. Gracias a su excelente olfato, salía todas las mañanas a ver a una afgana vecina y regresaba con unos tiritones de amor que ni la cazuela caliente le aliviaba. Suspiraba y entraba a su casa, callado y soñador.

Un día, Galileo fue a visitar a su amiga y no volvió. Lo buscamos por el barrio, pusimos carteles, Natalia y Paulina lo llamaban a viva voz por las noches: ¡Galileo, Galileo! A veces, Leo venía corriendo, preguntando lo de siempre: ¡¿Qué pasó, por qué me llaman?! Y las niñas respondían: “No te llamamos a ti, llamamos a Ga-li-leo, quizás nos escuche y vuelva”. Pero el perro no volvió y las chicas lo lloraron tanto: pena, penita, pena. Natalia escribió una oda magnífica de título “No volberás”, y le hizo una ceremonia en el sector del limón y el gran agave. Allí enterró su escudilla y su hueso de goma, junto al fantasma de Lazo de Oro y los escalares tropicales, los celosos beta, y otros peces cuyos nombres no recuerdo.

En esa misma época, perdimos a la pequeña Elisa, nuestra preciosa niña que no alcanzó a ver el mundo. Todos nos sumimos en un silencio de meses; quizás, años. No fueron necesarias las lágrimas para definir la tristeza y el vacío de la cuna forrada en género amarillo, de los zapatitos de lana, del móvil de gorriones de cartulina que yo le había hecho. Elisa vive en mi corazón, mínima y dulce, en su infancia eterna.

2 Comentarios:

Carolina Garcia,  sábado, junio 23, 2007  

De despedidas y otras cuestiones, doloroso pero sanador.

Anónimo,  miércoles, julio 18, 2007  

te amo mucho madre

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