Andando, corriendo, ladrando

Hoy leí una historia tristísima de un perro que ha muerto. Me partió el corazón y no pude evitar llorar escondida debajo del escritorio, muy despacio, para que no me oyeran Winnie e Ivalú: hacen causa común con mi pena y aúllan en un coro lastimero que molesta a todo el barrio. Recordé a Merlín y Arturo, padre e hijo, sin magia ni espadas, pero con aguzados colmillos y mucho pelo. Merlín llegó solo a casa, con los cojinetes destrozados de tanto caminar. Era evidente que se trataba de un perro perdido. Una de sus orejas tenía tatuado un número y nosotros sospechamos que él había huido de alguna tenencia de Carabineros. Era un perro entrenado, muy inteligente. Le dimos comida y agua, y Merlín, agradecido, se quedó con nosotros durante más de diez años.

Éramos tres familias que vivían en el mismo terreno, compartíamos el jardín para las fiestas de cumpleaños y otras celebraciones de cada uno de los primos: Pau, Natalia, Andrés, Nicolás, Francisca, la negra chica, Alejandra, Felipe, Mariana, Sergio y Rocío. Merlín cuidaba a los niños mejor que nosotros, los padres. Hay cosas que hay que reconocer, ahora, en que los primos tienen sus propios hijos e hijas, y el familión crece y crece, y nosotros nos achicamos.

Merlín se preocupó de mantener a raya al cartero y a otros seres como el electricista, el gásfiter o los repartidores del gas. No ladraba, simplemente se acercaba despacio y mordía el bolsillo trasero del pantalón del “extraño” en una silenciosa advertencia. Cuántas veces vimos a esos “extraños” palidecer de susto y rogar muy suave: “Sáqueme el perrito, por favor”.

Luego llegó Susy, una pastora pequeña y coqueta, más mala que el natre. Nunca olvidaremos esa navidad cuando Susy robó entero el lomo de cerdo al horno que Marisol había dejado en la mesa de cocina. El grito de Mari aún resuena en nuestros oídos. Aparte de destrozar todo el jardín, excavando unos hoyos que llegaban hasta la China, Susy se comió los mangos de martillos, serruchos y otras herramientas, para furia de mi cuñado.

Merlín cayó en sus redes y en sus juegos de locura y seducción, y en un abrir y cerrar de ojos la perra tuvo su camada: ocho pastorcitos preciosos que invadieron la casa con sus colitas y orejas aún gachas, con sus ladridos ridículos. Susy, recién parida, se puso muy brava y cuando comenzó a gruñirnos, supe que era el momento de regalarla. Se la llevaron a una parcela y ahí también dejó el reguero de destrucción: mató a dos corderos y se comió los mangos de todas las herramientas que encontró. Los perritos fueron repartidos, y con nosotros quedó Arturo, el más bello y fuerte. Merlín, el padre, lo cuidó y le enseñó todos sus trucos. Así vivieron juntos muchos años.

Recuerdo haber llevado a Arturito a la playa y él, que era bonachón y sociable, reunió a una docena de perros en la terraza de la casa. Una de esas amigas, fue Sarnus Beach, una perra sarnosa, sola, quiltra, pero feliz. Durante años nos acompañó cuando íbamos a San Sebastián. Ella aparecía de la nada, más sarnosa y más pulguienta que antes, y hacía una fiesta por un poco de comida, restos, lo que fuera. Sobra decir que Sarnus murió en su ley, sin antes irse a despedir de nosotros con esos ojos tristes que dicen más que los seres humanos.


Arturo, el perro más bueno y fiel del planeta, tuvo un final trágico. Salió a la calle y fue atropellado. El conductor, cobarde de mierda, huyó. Arturo yacía en la mitad de la calle, muy a mal traer, demasiado asustado. Busqué unas planchas de madera muy delgadas y con la ayuda de otras personas lo subimos a una camioneta y lo llevamos a la veterinaria más cercana. Arturito tenía múltiples lesiones, pero las más graves eran sus vértebras rotas: no podría volver a caminar. Duérmalo, le ordené al veterinario de turno. Duérmalo, que tenga una muerte digna. Y llegó el momento de la despedida. No sé cuántas horas estuve con él, haciéndole cariño, que no notara que lloraba por él, pero él sabía y gemía muy despacito. Arturo sabía que nos estábamos despidiendo: movió la cola, contento de la compañía, y me miró con esos ojos preciosos de la miel y del adiós definitivo. Lamió mi mano y me volvió a mirar. Nadie me quitará sus ojos de mí.

Merlín buscó a Arturo por largos días. Lo extrañaba. Por las noches, lloraba. Un día, la reja de la casa quedó abierta, y Merlín se fue. No volvió nunca más. Quizás siguió el camino de Arturo, quizás lo fue a buscar más allá de cualquier límite. Con su leve cojera de viejo, Merlín partió. Y la saga de los perros maravillosos llegó a su fin.

Por ahí deben seguir andando, corriendo, ladrando, nuestros fieles compañeros de ruta.

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