Carta a Isabel anunciando el descubrimiento de unas nuevas tierras

Preclarísima y Bienamada Reina: Le escribo desde alta mar y recuerdo al genovés circuncidado, Almirante de la Mar Océana, Descubridor de las Indias Erróneas, cuando dijo que a eso de las dos de la mañana divisó, entre las brumas habituales del trópico, una línea de tierra, arrebatándole así la gloria a Rodrigo de Triana que gritó dos veces ¡Tierra, tierra! y no fue escuchado por nadie, salvo por los hermanos Pinzones que eran unos maricones.

El crucero se mece bajo las tibias aguas que ha sobrepasado la línea del Ecuador, y los vientos son favorables para mi piel extremeña, que poco a poco adquiere el tono adecuado de la canela y el verzín. La latitud me es desconocida, pero huelo a mangos y a papayas y también a sudor de negros cimarrones, conocidos por sus vergas azulosas y cómo os ven y no os cubren, Dios mío.
La tierra debe estar cerca porque me acaba de reventar en la espalda un cagonazo de algún paxarico colombino. Sin embargo, Reina Mía, como bien sabéis, el producto deglutido y eliminado de las aves es mucha maravilla para proteger la epidermis de los rayos solares, así es que suelto las amarras del cubretetas y taparrabo de verano y esparzo el suave mojoncillo por mi pecho y brazos.
Los otros tripulantes de esta nao de lujo me miran con asco y se alejan arriscando la nariz, dejándome sola y a mis anchas solazarme con este espléndido día, desnuda tal cual NSJ y su Madre, NSV, me echaron al mundo un día jueves, como es hoy, de otoño, y aunque no sea otoño, V. M., no puedo evitar traer a la memoria aquellos versos del poeta Vallejo que murió en París con aguacero.
Aburrida debéis estar, Bella Reina, jugueteando con vuestra almejilla mientras leéis esta humilde carta. Perdonadme, seguiré la narración sin irme por las velas que allá arriba se azotan con la danza del merecumbé y el cha cha chá.
Decía que el viaje me ha sido placentero y que los perricos de Abel Posse, que él asegura son del Paraíso, han venido a lamerme los senos con tanta delicadeza y buen talante que los moros con que yací en Granada, antes de que V.M. la hiciera suya, son zapatos viejos comparados con las lengüitas juveniles que evangelizan mis pezones con sus nervaduras rasposas. Lo mejor de todo, Reina Sagaz, es que no hablan ni dicen boberías propias de los hombres. Quien calla, otorga, dice el dicho, y los perrillos sólo otorgan, dan, dan, hasta que les duele, y a mí me llena de satisfacción que ellos muevan sus colas y yo la mía, al compás del palo mayor que ingresa en mis costas de delirio porque es otra cosa; así le dijo la yegua al burro.
Pronto avisto tierra y ante mis gritos jubilosos los canes huyen asustados. El concurso lo he ganado yo y recibo de parte del Contramaestre del crucero una suma de U.S.$ 0.50 y una canasta con bonetes colorados, espejos y cuentas de colores que, dada mi habitual generosidad, os haré enviar lo antes posible. Sin nada más que agregar, se despide SSS, Isabela la Loca, nieta de Américo Prepucci y bisnieta de Antonio de la Pijafetta.

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