El último Adán, de Homero Aridjis

Homero Aridjis nació en Contepec, Michoacán, México, en 1940. Su obra ha sido traducida a doce idiomas. Ha publicado 28 libros de poesía y prosa, entre ellos: Los ojos desdoblados (1960); La tumba de Filidor (1961); Antes del reino (1963); Perséfone (1967); Los espacios azules (1969); El poeta niño (1971); El encantador solitario (1973); Quemar las naves (1975) Espectáculo del año dos mil (1981); El último Adán (1986); Memorias del Nuevo Mundo (1988); Gran teatro del fin del mundo (1989); El poeta en peligro de extinción (1992); La leyenda de los soles (1993); Tiempo de ángeles (1994); Apocalipsis con figuras (1997); Ojos de otro mirar (1998) y La montaña de las mariposas (2000). Su obra ha recibido reconocimientos, entre ellos, el Premio Xavier Villaurrutia, en 1964. En 1997 recibió el Premio Roger Callois, por el conjunto de su obra poética y novelística. Dirigió los festivales internacionales de poesía de Michoacán, Morelia y Ciudad de México. Es presidente internacional del Pen Club. En 1985 fundó el Grupo de los Cien, del cual es presidente, integrado por artistas e intelectuales comprometidos en la lucha contra la contaminación y en favor del medio ambiente.
***
Nos enfrentamos a un texto abigarrado, ‘imbunchado’, copia de otras copias de un lenguaje fugado de sí mismo, parodia de la parodia (1). Existe la intención poética de abarcarlo todo desde múltiples ángulos y, en esa intención, la palabra se agota, produciéndose una hecatombe a nivel de imágenes, una suerte de batido indigerible. El tema apocalíptico -caída de la bomba nuclear y destrucción del planeta- está narrado con un lenguaje de similares características, que se apropia de otros lenguajes y los reutiliza, como el bíblico, el alquímico, el calderoniano y el dantesco, por ejemplo. También ingresan a este circuito, la ridiculización y la parodia de los países dominantes, representados en Bobwhite y Bobolink, Estados Unidos y Rusia, respectivamente. Quizás con la destrucción total de las ciudades y de otros espacios, el lenguaje también se pierde porque es parte de la fábrica humana y queda convertido en guiñapo lingüístico. A la cita de Oppenheimer recordando el Bhagavad Gita: “...I am become death, the shatterer of worlds”, puedo agregar que el narrador es también un “shatterer of worlds and words”, un destructor de mundos y de palabras, como si escribiera ‘desde’ la Muerte o fuera la Muerte, símbolo y arquetipo del cambio, la transformación, pero que en el texto de Aridjis funciona sólo como espejo sin reflejo alguno. El narrador-Muerte, antítesis del narrador-Vida del Génesis bíblico, revela que este último hombre, innominado aún y (…) “sin porvenir y sin historia, salió como pudo del pozo de podredumbre y desolación en el que estaba hundido (...) y empezó a andar.” (Aridjis.1986:9).

El encuentro con la mujer (2), su compañera, está representado por los conceptos opuestos de lascivia-virginidad: araña custodiadora de la mujer, maliciosa y viscosa; mujer “envuelta en una túnica amarilla semejante a la luz” , con capacidad de levitación, un ángel que, al modo de una Bella Durmiente, es despertada por el beso del hombre. Así comienzan su periplo por el espacio devastado, aunque se establece entre ambos una relación de sumisión y poder: “La mujer detrás del hombre, siguiéndolo con extraña obediencia.”(Ibíd.: 12) La ciudad -la que un día los cobijó y les dio un sentido de vida- ahora está en ruinas. Eros y Tánatos hacen su aparición: “dos esqueletos hacen el amor...parecen haberse ido en el momento del clímax” (Ibíd.:13), donde la petite morte se convierte irreversiblemente en muerte pura, corrupción, dentro de los restos de un automóvil, objeto creado por el homo faber.

Los cuerpos se disuelven, las voces vagan solas, separadas del aparato fónico, y la pareja humana insiste e intenta perpetuar lo que Cesare Pavese llamó la peor de las religiones: el amor. Pero, ¿de qué o cuál amor habla Aridjis cuando expone que “descarnados los cuerpos, sólo queda el amor”? Queda sólo el tiempo -otra construcción humana-, sin horas ya, “un tiempo uniforme” y dentro de este espacio agónico, el hombre comienza su búsqueda. ¿Busca a la mujer que ya no está o busca el tiempo que no puede medir? Errante, vagabundo, el hombre ha sido expulsado de su paraíso artificial (la ciudad) y busca no morir y para esto debe amar. Amor significa un no a la muerte. Sin embargo, la muerte como la vida son conceptos insertos en el tiempo, y el último Adán no acepta el cambio. Su búsqueda implica ansias de inmortalidad y su propia imagen humana se repetirá en su memoria. La aparición de seres como Corvus Albifrons (cuervo y águila, Mal y Bien), Godo Godofredo-Tomás de Torquemada-Satanás, Harpago y su harén de mujeres espectrales, la prostituta tentadora, son los restos históricos de Adán; esos personajes están en él, son su memoria maldita, su construcción [creación] y su destrucción. (3)

“La posibilidad de su fin, sin embargo, es su consolación...” “Percibe que se le olvida un gran número de palabras, aquellas que otros hombres pusieron en sus labios para que conociera el mundo.” (Ibíd.: 97) Al olvidar el lenguaje, Adán pierde su esencia, su humanidad y, por lo tanto, su destino. La fusión del tiempo le crea la última ilusión: tiene conciencia de su muerte al morir.

Notas

(1) [...] “la parodia supone un original y una copia deformada...” pg.11. (Enrique Giordano y Roberto Echavarren. Manuel Puig: montaje y alteridad del sujeto. Instituto Profesional del Pacífico, 1986.Santiago, Artimpres.)

(2)“Sin embargo, como en La divina comedia de Dante, en el ámbito infernal aún alienta el espíritu de la mujer, concebida por Aridjis como la proyección imaginaria de un falogocentrismo que se trasciende a sí mismo abandonando sus territorios parcelizados para retornar, a través de la imagen de lo femenino, a aquellas fuerzas cósmicas que ha intentado controlar en su afán civilizador.

Dentro de este contexto, el peregrinaje del protagonista de La ciudad sin nombre por el laberinto de cuartos y pasillos de una casa blanca y ovalada invadida por el calor y la bruma representa la resistencia de lo femenino en el espacio infernal de la destrucción. Mujeres de rostros descoloridos y marchitos, de labios exangües y piel desollada transitan allí como el rezago de una energía ancestral que ha sido artísticamente esculpida por la imaginación androcéntrica.

Sin embargo, el desastre apocalíptico ha producido la deformación de todas las figuras femeninas modelizadas, en el arte, como símbolo de la belleza y la trascendencia espiritual. Razón por la cual el protagonista se encuentra con varias Venus sin orejas ni labios y cubiertas de ceniza, ninfas de cara torcida, sirenas abatidas al borde de un estanque, vestales de nalgas negras y sílfides entre vapores purpúreos. Significativamente, en medio del aire fétido de carroña, sustancias químicas y cloaca, el peregrino ve a la Venus de Willendorf—símbolo de la fertilidad femenina “oscura, ancestral, milenaria”(p. 196)— como la tierra misma. Allí, en los baños laberínticos de la casa ovalada cuya forma se contrapone a la verticalidad de lo masculino,lo telúrico y femenino se resiste a morir en un último soplo de energía a punto de derrumbarse.” ( Lucía Guerra. “El último Adán: visión apocalíptica de la ciudad en la narrativa de Homero Aridjis”. Segunda etapa.Volumen 6, Nº 8. Año 2002. Pgs. 15-16)

(3) “El principio del Mal no es moral; es un principio de desequilibrio y de vértigo, un principio de complejidad y de extrañeza, un principio de seducción, un principio de incompatibilidad, de antagonismo y de irreductibilidad. No es un principio de muerte, sino, muy al contrario, un principio vital de desunión. Desde el paraíso, con el que ha terminado su advenimiento, es el principio del conocimiento. Si fuimos expulsados de él por culpa del conocimiento, aprovechemos por lo menos todos los beneficios. Cualquier intento de redención de la parte maldita, de redención del principio del Mal, sólo puede instaurar nuevos paraísos artificiales, los paraísos artificiales del consenso que sí son un auténtico principio de muerte” (Jean Baudrillard. La transparencia del Mal. Anagrama. Barcelona.1991. Pg.116).

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