Falsa noche

Después de haber pasado frente al Club Peruano, hambrientos y sin ganas de separarnos todavía, con esa nostalgia tremenda por unas papas a la huancaína y mucha Palmenia Pizarro, después de verificar que las fuentes de soda cerraban con su sonajera de lata oxidada y la noche se nos venía encima, apurona y en topless, no nos quedó otra que terminar en La Gaviota, un tugurio perdido en un pasaje oscuro y sucio.

Elegimos la mesa del rincón y al rato una muchacha entradita en carnes se acercó para limpiar con un trapo "nuestro" mantel de hule.

El ambiente era familiar. Todos ahí se conocían de alguna u otra manera, manteniendo un código implícito de miradas y sonrisas un poco desgastadas, de malabares circenses para no acabar en el silencio mala onda de siempre. Yo era la única que rompía con aquel equilibrio precario, porque miraba con detención a cada uno de los hombres y al hacerlo me sentía ajena y profanadora.

Seguros de su resistencia, Arturo y Manuel Tejeda pidieron unos cortos de pisco. Yo derivé en una Escudo tibiona, pero reconfortante.

Conversamos largo rato de libros y desollamos otro tanto a los escritores de moda. Manuel insistía en bolsearme mis últimos cigarrillos mientras alegaba que su trabajo era una mierda.

-Mira, esto lo hice en la pega- me dijo con su mejor voz-, y del bolsillo de su chaqueta extrajo un papel doblado con lo que parecía ser un cuento.

Me lo leyó. No escuché nada. Arturo me distraía guiñándome un ojo, avisándome que si no le paraba luego el carro al Tejeda chico, la noche se nos acortaría violentamente.

-Después me lo lee mejor -lo interrumpí, amorosa, como una mamá tibia y de brazos regordetes.

-¿Qué te parece? -preguntó, calándose el vaso de pisco hasta el fondo.

-Me parece que Manuel Tejeda se inscribe en la narrativa chilena de un modo convincente y eficaz -contesté con unas ganas irreprimibles de seguir hueveándolo con mi coa de crítica literaria. Pero Manuel no se sintió ofendido ni mucho menos.

-Háblame así, Anita -me susurró, lacho, con los ojos tapatíos de trago y humo.

Arturo, un tanto obsesivo, continuaba mariposéandome, lanzándome besos y risitas que yo no correspondía.

-Otro lacho -pensé, mientras miraba el vestido ajustado de la garzona y bajaba por su panza y sus panties rotas y los zapatos, hasta que comenzaba de nuevo el recorrido y el vestido era naranja y no melón, y ella pestañeaba mucho porque a esa hora el cansancio la hacía sonreír bobaliconamente o era yo la que me reflejaba en ella, impregnándome de su simpleza, queriendo articular sus preguntas bien formuladas: ¿Qué van a servirse?, ¿pisco solo, con hielo, algo especial tal vez?, ¿algo para comer?, ¿y la dama, desea otra cosa?

La dama que deseaba otra cosa era yo. Salir del tugurio y respirar el aire metálico de Teatinos a las tres de la mañana.

-Ya pues, háblame así, analízame- insistía Manuel, haciéndome un cariño en el brazo.

Deseaba volver a casa como quien vuelve a las siete, juega con el perro, prepara la comida y luego ve la teleserie made in Chile sin mucho entusiasmo.

Deseaba no mirar más con los ojos abiertos sino soñar que podría haber estado ahí y que el cabro que cantaba era también parte del sueño y que esa bohemia de segunda clase sólo existe en los cuentos de Tejeda, tan hemingwayianos, tan Malcolm Lowry quizás.

Deseaba que Arturo no se fuera a cantar con el grupo que ya amenizaba el local, a fuerza de una guitarra desafinada y del repertorio total de la nueva ola chilena, y no me dejara sola recibiendo estoicamente los salivazos de Manuel al tartamudear que mis pecas lo volvían loco, que las pecas de mis brazos eran una vía láctea para perderse y que contarlas sería un crimen cuando podían lengüetearse de una sola vez.

No tenía fuerzas para insultarlo. La derrota se me encaramaba encima: sentirme desnuda frente a la más pura y fidedigna realidad, inerme, desvalida, sin posibilidades de inventar nuevos mundos, porque simplemente ahí no los había.

Quería mentirme para poder continuar hasta el final y que Manuel me hablara de la Casa del Ciervo Azul y de otros hoteles parejeros mientras me acariciaba en forma decente y caballerosa, pero no podía, era sólo una cabeza abandonada y lacia arriba de un mantel de hule pegajoso, un cuerpo insensible y asfixiado.

-Te quedaste dormida, Anita. Duerme, no te preocupes -la voz de Tejeda lejana, turbia, más tartamuda que nunca.

-No estoy durmiendo - le dije desde la casita hecha por mis brazos, estoy en recreo.

-La vida es un largo recreo -sentenció estúpidamente, bebiendo su trago.
Arturo regresó a su asiento y pidió dos piscos más. Yo me inscribí con otra cerveza. Él la estaba pasando muy bien, se veía feliz. Era uno más, en cambio yo no pude zafarme de mi caparazón de testigo ocular en ningún momento.

Tejeda chico, calentón y curado, murmuraba boleros de un modo intolerable, en su optimismo de poca monta, mirándome a través de sus anteojos, hundiéndome con una supuesta complicidad de amante en ciernes, arqueando la ceja que yo hubiera querido depilar por completo, pelo por pelo, para no verla más.

Era inútil clamar un S.O.S a esas alturas. Ya estaba en el ojo del huracán.
Subí al segundo piso. Estaba vacío. Encontré un baño. Al salir, decidí sentarme por ahí. Arturo me fue a buscar, preocupado por mi tardanza.

-¿Te sientes mal? -preguntó socarrón.

-No -respondí. No quería hablar más. Ni una sola palabra.

Se sentó a mi lado. No hablamos. Antes yo había observado mis ojos en el espejo salpicado del baño. La pintura corrida, ojeras profundas, irritación de tanto ver e intentar falsificar la realidad.

Arturo trizó la calma.
El beso fue triste, pero certero. Un clavado perfecto en un arenal.

Entreabrió la blusa sin fijarse en mi silencio. Hurgó en mí con desparpajo. Cerré los ojos para sentirlo más, hasta comprobar que mi piel renacía un poco, y que sus manos eran verdaderas y sinceras, como las mías que rodaban hasta el cierre de su pantalón y lo abrían a mansalva para meterse y enredarse en la búsqueda cliché del tiempo perdido, hasta llorar de alivio y de pudor, y también por haber exorcizado de manera impecable a la soledad.

Al bajar, Manuel tenía a la muchacha sentada en su falda. Al vernos, muy pizpireta ella se levantó y nos ofreció otra cosita. Arturo negó con la cabeza. Nuestro escritor estaba molesto y muy ebrio. Sin embargo, aún disponía de algunos chistes y gracias para salvar la situación, como los personajes de sus cuentos.

-¿Estuvieron conversando? - preguntó irónico, pero al ver que no le dimos pelota, optó por colaborar con la cuenta y anudarse la corbata con parsimonia tambaleante.

- Sabe que más -le dije a Tejeda chico- usted tenía razón: La vida es un recreo. Él me miró sin interés, prendió un cigarrillo y mientras caminaba hacia la salida, gritó con desgarro: -¡ Pero no es tan largo, Anita, no es tan largo! Echó un par de puteadas al aire, luego eructó y siguió solo.

Arturo me detuvo y lo dejamos adelantarse.

- Después se le pasa - me dijo, tomándome la mano.
-¿Qué?
-Después se le pasa. Es liviano de sangre -repitió Arturo. En el fondo está nervioso por su próxima novela. Le va a ir bien a Tejeda.
-Le va a ir bien -contesté, pensando en mí misma, en mis cuentos breves.

Fuimos a dejar a Manuel a su casa. La noche estaba tibia y de ese color indefinido que presagiaba un nuevo día, un recuerdo más para suprimirlo con esa inmediatez que poseen las cosas marchitas.

Amanecer que llegaba sin que nadie se lo pidiera, irrespetuoso, tremendista, porfiado. Las micros comenzaban a donar su buena cuota de smog, los semáforos dejaban de ser neuróticos, y Arturo y yo debíamos reaccionar pronto, acordándonos que Manuel, antes de desaparecer por la puerta de su casa, nos dijo "pórtense bien, niñitos", y nosotros le respondimos que sí, que el ángel de la guarda nos estaba vigilando allá arriba, acordándonos que después de todo siempre nos habíamos portado bien y que seguiríamos haciéndolo, convenciéndonos de que el amor y las letras no se resuelven con un beso de golondrina y tampoco con un zarpazo de buitre, y que lo óptimo sería buscar un lugar donde hacer reposar nuestros huesos, pasar inadvertidos por toda esa muchedumbre que ya se abalanzaba a las calles, y seguir caminando hasta llegar a la Casa del Ciervo Azul, cansados, terriblemente cansados, para olvidar las palabras que no se dijeron, olvidarnos sin vergüenza, entregándonos al sueño sin temor a las pesadillas, sin la menor sospecha de que nuestro derrumbamiento coincidía exactamente con el de Santiago.

* “Falsa noche” fue publicado en la antología de cuentos Santiago, pena capital. Selección de Antonio Skármeta, 1990. Esta antología fue producto de un taller literario donde participaron, entre otros /as: Pablo Azócar, Alberto Fuguet, Rafael Gumucio, Andrea Maturana, Juan Pablo Sutherland, Carolina Díaz, Alejandra Farías y Luis Alberto "Chacal" Tamayo. El taller funcionaba en las dependencias del Goethe Institut, de calle Esmeralda. Nos daban un estímulo mensual de $15.000, que es esa época era harto dinero, suficiente para irnos al Bier Stuve, frente al Parque Forestal, a comer "gordas" y beber cerveza a destajo.

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