Líbrame de todo mal

-¡Iiiiiiiiiiii !

Ella grita para llamar a su mamá que la dejó aquí botada. Ella es vieja, tirillenta, ella tiene piojos. Está bien rayada. La Mamita.
-¡Iiiiiiiiiii!

La boca se abre. Horrible, negra. Los dientes bailan en las encías, la lengua es muy fea.

- ¡No grites más!

No escucha, ella no escucha a nadie. No tiene quién la saque de aquí, nadie la viene a ver. Entonces, viene el grito mayor, el que se nos mete al cerebro.

-¡Ayyyyyyy!

Pronto se la llevan a otro patio. Ella va riendo porque cree que ha llegado la mamá. Le dan una moneda para que se compre un chocolatín.
¿Por qué cuento esto?, ¿quién soy yo para hacerlo? Si ya me quitaron los cordones de los zapatos y el cinturón, si ya me quitaron el nombre y me pusieron otro. Y sigo vivo.

Cuando llegué pensé que no iba a resistir. Los demás me agarraron a golpes y me quitaron la ropa. En la noche tuve que compartir la pieza con otros treinta y cinco. Oí ronquidos y gargajos lanzados al suelo, oí llantos de hombre solo y correderas de paja. Quizás hice lo mismo, pero no me acuerdo. Cuando es de día los miro y somos todos iguales. Tenemos la misma cara de nada.

-Vas a terminar como la Mamita, pa’llá vamos todos.
-Al principio te vienen a ver, pero después se olvidan de uno.
-Nadie quiere a los locos.
- No estamos locos.

Cosas que aquí dicen. Palabras que se convierten en susurros, en alaridos entrecortados, en refunfuños. A mí se me han olvidado muchas palabras, hablo poco, casi nada. El Mudo. Así me pusieron. Por eso, perdonen esto que escribo. Quisiera que fuera de otra manera, más ordenado. Y el lápiz comienza a fallar, lo chupo, intento la “H” con vuelta, como me la enseñaron en la escuela y no sale porque esta mierda de lápiz ya no escribe aunque lo cargue fuerte en el papel, aunque las rayas lo hundan hasta convertirlo en algo que ya está roto, algo que no se puede arreglar, a pesar de mi saliva y de las bolitas de cerumen que uso de pegamento. No sirve. Hundo el lápiz en el dorso de mi mano para sacar la sangre. Chug Chug. El lápiz succiona la sangre y puedo escribir nuevamente: No me siento muy bien hoy día. Dos auxiliares me rodean.

-¡Qué estás haciendo, Mudo!
-Hmm.
- Mira como tienes la mano.
- ¿Hmm?
- Tu mano.
-No le converses más y llévalo a Enfermería.
-¡Hmm!
-Entonces te quedas sin postre.

Arrastran un saco de harina. Yo me dejo llevar para que ellos se puedan deslomar más rápido. Sin postre. La jalea es tembleque y roja. No tiene gusto a azúcar, no le echan rodajas de plátano ni gajos de naranja. Me recibe una enfermera bien bonita, amable.

-¿Qué le paso en la manito?
-Hmmmm.
-¿Le comieron la lengua los ratones?

Miro sus caderas, hasta que me ametralla con sus ojos de rimel.

- Listo.

La estúpida se da media vuelta y me deja solo. Puta, eso es lo que es. Debe acostarse con todos los auxiliares y los doctores. Ayayai, ayyyyy, muge la enfermera detrás de las puertas.

Mano vendada, la sangre sube para teñir la venda.

-Hmm, hmm -le muestro la mano a la enfermera para que haga algo.
Se ríe. Es un pajarito que sale volando por la ventana, es un chincolito, ¿has visto a mi tío Agustín?

La sangre tiñe la venda, TODA LA VENDA.

También me quitaron el lápiz, pero puedo escribir desde adentro.
Voy al patio a contar piedras. Me encuentro con la Mamita. Reza.

- ...Y líbrame de todo mal. Amén.

Comienza de nuevo el rezo murmurado, voz de niñita.
-Dios te salve María, llena eres de gracia...

Me mira, interrumpe la oración, se rasca la cabeza bien fuerte; después, con delicadeza, abre los manojos de pelo para deslizar una liendre con la uña. Por encima de los faldones hediondos se rasca el pubis.

-¿Dónde estará mi mamita? - pregunta.
-Hmm -contesto.
-¿Tú la has visto?
-Hmm hmm.

La tomo de la mano y la llevo al cuarto de los orinales oxidados. Querría decirle que su mamá debe estar muerta, que se olvide de ese contacto tibio y seguro que alguna vez tuvo, que perdone el abandono.

-Y líbrame de todo mal- dice de repente, en medio de la oscuridad asfixiante.

Lo dice con fe, con fuerza. Es su talismán. Me acerco hasta sentir su aliento, la abrazo, mis brazos se pegan a su cuerpo flaco.

-¡Mamá! -llora, escondiendo su cara en mi pecho. Le hago cariño en el pelo, y me olvido de su mugre. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío, es como un sólo cuerpo que aún restalla calor y deseo. Le busco las mejillas para besarlas y encuentro la piel rasposa, la lija desangrada...

La dejo sola y salgo, desde aquí aún oigo su llantina insistente. El sol me ciega. Ella alguna vez fue mujer, ahora es pellejo suelto, desarmado. Al abrazarla sentí sus tetas de casi nada y quise que ellas fueran paraditas, dos peras jugosas para lamerlas de a poco, como se lamen las heridas los perros huachos. La Mamita se asustó cuando las toqué. Ella no sabe que me dio pena no encontrar lo que yo quería.

¿Quién me contó que a ella la preñaron aquí mismo?, ¿quién me dijo que le desaparecieron la criatura porque aquí no se permiten infantes? Y nunca ha buscado a ese hijo, no lo ha nombrado, no ha llorado por él ni le tejió un chalcito, sólo busca a la mamá que la vino a dejar un día de primavera, jueves o viernes, no importa, y se fue prometiendo comprarle un chupete helado, ella la vio irse, sin más agua que la de sus ojos, sin más mueca que la de su sonrisa. La esperó hasta que se hizo de noche y tuvieron que trasladarla tiesa de muerte, abrazada de recuerdos. La tuvieron en una cama fría, con otras loquitas que se sacaban los mocos y miraban por los estrechos ventanales embarrotados. Todas gritaban: ¡Mamá! cuando era necesario y todas chocaron contra las paredes cuando no hubo respuesta.

En cambio yo no recuerdo quién me vino a dejar, no guardo memoria de este hecho tan importante. Un día, simplemente, estaba aquí.

La Mamita sale del cuarto, desorientada, mira a todos lados hasta que me ve, se acerca a mí con su rengueo silencioso, se acerca de a poco como si quisiera asustarme. Así lo hacen los gatos cuando quieren cazar su presa. Me mira fijo con sus ojos de vinagre. No me muevo. Cuando está a un centímetro mío, grita. Su grito se escuchará para siempre en este recinto. Será la marca, el distintivo.

Un día, simplemente, estaba aquí. No me sometieron a grandes exámenes, nadie pronunció un diagnóstico.

-¿Qué tengo? -pregunté.
- Aún no lo sabemos.

Creo que ya ha pasado mucho tiempo. No volví a insistir. Para qué. Me acostumbré al sistema hospitalario, a ciertas reglas que hay que cumplir. A veces, como hoy, las rompo. Lo hago para escapar de la rutina. Una mano vendada es una mano vendada, algo nuevo. Después veré cómo crece la costra arriba de la sangre vieja, la herida cerrándose lentamente. Mirarla es oler una naranja, es escuchar a un grillo por la noche.

Dijeron que me fuera y yo no quise. Faltan camas dijeron. Dormí en el suelo. Tuve días de salida, pero me negué. Salga, salga, váyase, ordenaron. Pero yo no oí. Adónde ir, a quién visitar, en qué casa vivir. No podría reconocer el mundo de allá afuera. Es tan enorme. No le hago daño a nadie, soy casi inexistente. Me miran poco, poco me hablan.

Ahora, qué raro, quiero estar con esta vieja llorona. Es el rezo lo que me ha atraído o sus uñas comidas. No lo sé.

-Hmmm - la llamo.

Ella está en su jerigonza, no la oigo bien, acerco mi oído hasta su boca. No dice nada: murmuraciones, susurros, sonidos entrecortados. El lenguaje de la indigencia, la palabra hecha ovillo, el serrucho y el martillo que no cortan ni clavan sino que sirven para destrozar los sueños. Pero algo querrá decir la Mamita, a mí, yo que me he acercado por primera vez a ella. Pienso que podría hacerle cariño pero me arrepiento. Después tendría que hacerlo a diario y todo sería igual: ella no dejaría de buscar a su madre ni yo volvería a hablar. Cierro los ojos. No tengo más recuerdos que los de ahora: esto que miro, los edificios de concreto, los pasillos siempre helados y, por supuesto, los hombres y mujeres que aquí habitan. Los de la sangre extraviada.

Hogar dulce Hogar.

No sé qué hacer con esta vieja al lado mío. Me tiendo de espaldas en el pasto y miro el cielo; quieto, sin moverme, los ojos muy abiertos. A mi cuerpo le llega todo el sol. Ella deja de rezar, se tiende junto a mí, en la misma posición. Y no se mueve. Y yo no me muevo. Y estamos muertos.

***

“Líbrame de todo mal” fue publicado en el volumen de cuentos El otro afuera. Santiago: Cuarto Propio, 2002.

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