Apuntes sobre "El tiempo perdido", de José Donoso

En esta nouvelle lo que más llama la atención es la mostración de dos espacios físicos y socio-culturales y su evidente contraste. Por un lado, está París majestuoso, la cuna de la literatura, mundo perfecto desde el punto de vista de Héctor Muñoz de la Barra y sus amigos proustianos y, por otra parte, está Santiago, la isla, el espacio mezquino, arrogante, envidioso y lejano; el centro de la “aldea” con sus cabarets de medio pelo, la noche grotesca y laberíntica, donde los personajes peregrinan de un lugar a otro, borrachos y pendencieros, hasta terminar detenidos en una comisaría. En el Santiago provinciano y asfixiante, los proustianos intentan desenvolverse dentro de un espacio irreal, novelesco, usando sus máscaras de un modo inconsciente y hasta cínico. Se trata de esconder una realidad que no les gusta pero que sin embargo practican. Al conseguir la beca con el Agregado Cultural de Francia, el narrador pretende alejarse de la “presión virtual del espejo” para entrar en una realidad tangible: París. Está hastiado de vivir con sus padres, de compartir la pieza con su hermano, en un añadido que le han hecho al “bungalow” de la Plaza Egaña, el cual está pegado a la cocina y, por consiguiente, siempre hediondo a los vapores de la comida que prepara su madre, “inclinada sobre la consumación ferviente de la olla”.
El narrador, Héctor, desea ser el petit Marcel, añora vivir en París y convertirse en un gran escritor. Cuando ya ha logrado su meta, se da cuenta que está frente a una sociedad impenetrable, tribal, egoísta. Comparte una habitación con otros dos estudiantes latinoamericanos, no tiene dinero y vive “en un mundo habitado por ecos de ecos”, “insondable, tan insondable que terminé de hacer todo esfuerzo para relacionarme con él”. De aquí el epígrafe de Proust en Le temps retrouvé: …"Cualquier cosa que haya estado clara antes de nuestra intervención no es nuestra ni nos pertenece…”

En París no tiene con quién 'proustear’, sus citas literarias son anacrónicas, su acento francés es pésimo. Héctor vuelve sin haber terminado su tesis de doctorado sobre Proust, añorando a su familia y el famoso caldillo de congrio de su madre, que antes desdeñó casi con asco.

Si antes del viaje existía esa nostalgia por impregnarse de la cultura parisina, ahora en Héctor se genera una nostalgia por el terruño, por los amigos y la familia. Neruda y sus Odas Elementales, elemento importante de “la cosa nuestra”, también es aquel viajero que viaja con sus muchas vidas, yendo y viniendo en el propio viaje interno y de descubrimiento desilusionante del narrador. Al volver, todos sus amigos han cambiado, han dejado de ser “personajes, para ser horribles, aburridas personas”. Charlus es Roberto Alvarado y vende autos, Oriane está muerta y enterrada en Zapallar; Juanito Irisarri (ex Conde de Guermantes) se ha casado con la ex Mme Verdurin, la palestina Olga Fuad, cuyo marido –Nissim el industrial- se suicida. La casa de Irisarri ya no es la bombonera de Jouy celeste, hay posters con la paloma de Picasso, gredas de Quinchamalí, bordados folclóricos y cuadros que traslucen “la cosa nuestra”.

El grupo de amigos se disuelve y degrada. El Chuto Farías –Morel- muere seguramente de cirrosis; antes de su muerte, Oriane se separa de Guermantes para irse con el “roto de ojos verdes, roto malo” (dicho de Odette), un actor mucho más joven que ella. La Picha Páez –Odette- ya no trabaja en la obra Los bajos fondos, de Gorki; ha cambiado el color de su pelo y vive en Viña con un nuevo marido, corredor de la Bolsa, y asiste a tés –canasta y otras actividades de beneficiencia. No quiere por nada del mundo que le recuerden cómo era antes.

Ninguno de estos amigos ni la familia le preguntan a Héctor por su viaje, a nadie le interesa. Sólo Adriazola, el carabinero, y los otros policías de la comisaría de San Isidro, le preguntan por el viaje, las azafatas del avión, por la torre Eiffel, ávidos de alguna información que llene un poco sus vidas chatas. Además, son los únicos que creen en la capacidad escritural de Héctor.

La nouvelle de Donoso vendría a ser la antítesis del bildungsroman; el narrador en su intento de aprehender una dimensión cultural que lo satisfaga, se degrada, ingresando en un mundo de apariencia, mascarada y autoengaño. Los otros personajes caen en el mismo vórtice de degradación, o quizás siempre estuvieron ahí queriendo escapar, pero ya sin fuerzas para hacerlo. En este sentido, el más observador de todos los “observers” es precisamente Héctor, narrador y testigo de la historia. Observador y con una inquietud romántica, una especie de Quijote adorador de las novelas de caballería que ya han pasado de moda. De los amigos, el único que ha leído verdaderamente a Proust es Héctor, por tanto, el único que mantiene su ilusión de vivir un mundo al modo del escritor francés. Para Olga, leer los siete tomos de À la recherche… es “ puro tiempo perdido”. Guermantes jamás lo leyó, a pesar de ser “una figura fulgurante” en el ambiente juvenil del narrador. Una estrella que, sin embargo, pierde brillo constantemente y que, como los camaleones, se adapta con facilidad a las circunstancias que la sociedad le impone.
Oriane, la gran dama, la musa de piel mate y ojos azules, también es degradada por el mismo narrador al describirla como “una caricatura de una burguesa frustrada del barrio alto” que, en ese entonces (años ’40), era la Avda. Ricardo Lyon, del barrio Providencia. Cuando Héctor le toma la mano, sentados en aquel sillón tapizado con escenas pastoriles y bucólicas, ella estrena una carcajada “bondadosa, pero terrible” y que, en palabras de Héctor "define el destino mediocre de los antihéroes martirizados por sus propias sensibilidades exacerbadas…”. La carcajada de Oriane no es más que la burla ante la inclinación romántica y literatosa del narrador.

Tiempo después, Oriane y Héctor se encontrarán en Gath & Chávez revolviendo el mismo canasto de ganga, en busca de camisetas; almorzarán restos de la comida de la víspera anterior, y ella envidiará el futuro viaje de Héctor a la “ciudad luz”.

La nouvelle se construye a partir del contraste: en Buenos Aires existe el Luna Park; en Santiago, el teatro Caupolicán; en París está el Moulin Rouge; en Santiago, el Burlesque, con Gilda, la mulata de fuego; en París ya existe el metro; en Santiago, sólo el tranvía. Las grandes ciudades atiborradas de cultura e información, en comparación con la “isla autofagocitante pese a la nubarada de palabras nerudianas.”

"El tiempo perdido", de José Donoso (En Cuatro para Delfina, 1982).

1 Comentarios:

Anónimo,  viernes, julio 13, 2007  

El problema de estas reseñas, Lili, que dicen poco. Yo creo por ejemplo que la homosexualidad De Donoso es vital para entender como él retrata el cinismo de la sociedad, además de cómo puede volverse en contra del mismo creador.Personajes frustrados que llevan vidas frustradas y que terminan en una situación peor a toda esa frustración que han arrastrado. Sí, es lo mejor que pudimos leer en cierta etapa de la narrativa chilena. Ahora es hora de reinterpretar o simplemente de comentar a narradores jovenes interesantes por ejemplo: Pablo Torche con sus libro En compañía de actores, Bonsai de Zambra o Bisama con Cajas Negras.
Por qué hacerlo te preguntaras? Simplemente porque ellos son hijos de Donoso también de alguna manera, pero también porque ellos han reinventado una literatura que sale de eso sofocante que retrata Donoso magistralmente y hann integrado otras tradiciones o gestos culturales.
Ok, yo también entre a la escritura leyendo a Cortazar y Donoso, Lihn, Teillier, Rosamel, Juvencio, Droguet, etc padres, gracias, estoy agradecido de verdad. Pero la nuevas lecturas también son vitales o sino hay animo de nuevas lecturas las relecturas de esos proceseres.
Todo en buena onda
d

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