La práctica del cuento corto, por José Leandro Urbina

Como mi práctica del cuento corto está fundamentalmente ligada al libro Las Malas Juntas, tendré obligatoriamente que referirme a él y a nuestras circunstancias. Lo hago no porque crea que soy el autor exclusivo de estos relatos sino porque considero que la experiencia de la escritura fue especialmente aguda e informada por una serie asimilaciones forzadas de lo histórico y lo estético.

Las Malas Juntas es un libro acerca del golpe y el post-golpe de estado de 1973. Es al mismo tiempo un libro de registro, una obra de invención y un texto político. Político sin ni media vergüenza. Si alguna vez me preocupó este aspecto fue sólo en lo relativo a su eficacidad. El libro fue escrito casi en su totalidad en Argentina, país en el que pude profundizar mi reflexión sobre lo que significa producir literatura en la coyuntura y la obligación de buscar un punto remoto desde el cual mirar como el propio cuerpo iba siendo afectado física y afectivamente.

Parto despejando situación de producción, para confesar el porqué una reflexión más teórica o abstracta sobre la forma cuento corto, minicuento, minificción o como quiera llamársele, me resulta un tanto difícil y no muy interesante viniendo de alguien que no se considera un practicante puro del arte que impone este tipo de artefactos. Reconociendo que puede sonar retórico diré sin embargo que, a nivel de una praxis auto-impuesta, sin haberlo ejercitado antes de septiembre del 73 lo interioricé rápidamente a partir del 74 cuando comencé a escribir la colección que terminó siendo Las Malas Juntas. La fórmula de escritura la recogí en la calle y está profundamente ligada a la oralidad.

Posiblemente alguna gente de mi generación recordará que, casi inmediatamente después del golpe, comenzaron a circular una serie de chistes de derecha en los que se ridiculizaba a la persona de Salvador Allende y las circunstancias de su muerte.

1) “Allende llega al cielo. El Diablo lo reclama. Se lo lleva al infierno. Tres días después, un Satán ojeroso y confundido lo trae de vuelta. San Pedro escucha impresionado cómo por las puertas del infierno emergen los gritos de una turba de condenados: luchar, crear, poder popular”.

2) “¿Qué decía la dedicatoria del fusil con el que se suicidó Allende? Fidel, Fidel, duro con él”.

A mí más que darme risa me picaban esos chistes. Consideraba que esos chistes eran parte del desvalijamiento, que los mismos que contaban esos chistes eran los que se llevaban los muebles, cuadros y cortinas de la residencia de Tomás Moro, denunciaban a sus vecinos y sacaban a la venta los productos acaparados. Los que se daban el lujo de circular chistes, brindar con champaña y saquear cuando se sentían protegidos e impunes.

Me acuerdo que intenté inventar algunos contra-chistes, pero no me resultaba. El ánimo no acompañaba y la junta militar no tenía nada de chistosa. Las calamidades se sucedían. Mi casa había sido allanada el mismo 11 de septiembre y mi padre y dos de mis hermanos estaban en el Estadio Nacional después de una estadía en el Tacna y en el Estadio Chile. Yo y mi segundo hermano nos habíamos refugiado esa tarde en el entretecho polvoriento. Mientras escuchábamos y observábamos por entre alguna tabla rajada el “procedimiento” policial, nuestra querida perra pastora, Laica, se empecinaba en ladrar hacia el sitio en que nos escondíamos. Mi madre intentaba distraerla en medio del caos del allanamiento y mi hermano repetía a mi lado como un mantra: perra traidora, cállate traidora, perra traidora, cállate traidora.

Al año siguiente, en una calle de Buenos Aires se me ocurrió el cuento “Padre Nuestro que estás en los cielos”, que llegó a convertirse en uno de mis cuentos más famosos y antologados.

Decía que no soy el autor exclusivo de estos relatos, porque, por ejemplo, en éste tuve la ayuda de Antonio Skármeta. Él había sido mi profesor mentor desde la época del Instituto Nacional y se encontraba en esos días viviendo en Buenos Aires antes de partir para Alemania. Fui a visitarle un día y le llevé algunos cuentos. Él leyó Padre Nuestro, tomó un lápiz y eliminó sin piedad las dos últimas líneas. Ahí está, dijo. No necesitas explicar el cuento.

Mientras volvía en el tren, me acordé de cómo nos burlábamos de esos amigos que no entendían los chistes o que los sobreexplicaban para que todos entendieran y volví a ponerme a pensar sobre los chistes efectivos y las buenas anécdotas: principio, medio y fin; casi principio, poco medio y fin; principio, medio y casi fin, sin fin.

En los días del colegio, tuve un compañero que se apellidaba Amenábar, creo que era Francisco, lo llamábamos Amendrac el Mago y era un genio para contar chistes. Contaba quince o veinte en un recreo y algún par de “anécdotas” que inventaba sobre los profesores mientras fumaba en el baño. Ese era su reino y allí llegaban admiradores y discípulos. Cómo contaba era lo que tratábamos de imitar, cómo manejaba su energía: alta-baja-alta; tonos, empezar alto y terminar plano, casi displicente, según fuera la materia de la que trataba (curas, monjas, cojos, cuchepos, necrofilia, etc.); cambios de voces, cambios de registro verbal, cambios de puntos de vista: todo un arte de la oralidad manejado astutamente por un tipo de dieciséis años que lograba hipnotizarnos con estas verdaderas maratones del contar. En paralelo se desarrollaban la sesiones de La Academia de Letras donde llegaban a leer alumnos y ex-alumnos con talento literario, pero es posible que, después del golpe, aquellas sesiones de urinario hayan sido más importantes que las de literatura.


Un día Valentina Vega, que también vivía en Buenos Aires, contó de una señora que se llevaron presa y no había querido soltar la cartera que llevaba apretada contra su pecho. Creo que fue esa imagen la que disparó mi “Retrato de una dama”, otro de mis cuentos cortos que podría considerar famoso. Otro día pensando en mi madre y su relación con Dios y con la Iglesia, escribí “Interrogaciones”, bastante cercano a mi último encuentro con ella en Chile.

Así, relatos de los otros, anécdotas y experiencias terribles o cargadas de emoción las iba traduciendo a esas cápsulas que yo deseaba potentes. Sin querer iba ocupando esas formas primarias, ese sin número de pequeños esquemas narrativos, que son parte de nuestro arsenal de fórmulas narrativas. Los cuentos no matan, pero a cada momento había que pinchar la indolencia de un posible lector o auditor, ganar un espacio de pertinencia y significación para que no abandonaran la página. En la era del ruido, de los altos decibeles, había que hacerse oír de alguna manera.

Un día, en algún recital de poesía y cuentos de esos que se organizaban en el exilio, una señora me dijo: Leí un par de sus cuentos y lloré a más no poder. Sabía que ella lo decía como halago, pero me cayó gordo. Yo pretendía que los cuentos de Las Malas Juntas fueran más que bombas lacrimógenas, quería que produjeran esa dolorosa sonrisa que nos deja pensantes. Buscaba persistentemente y encontraba a veces en Bertold Brecht, en Isaac Babel, algunas enseñanzas para esquivar las ganas locas de gritar en el papel, de ponerse uno a llorar y putear como huérfano de padre asesinado. ¡¡Verfremdung, Verfremdung!! Si saber cómo, planeaba escribir cuentos más largos, un par de novelas cortas y un libro sobre Chile, Vietnam, Laos y Camboya. Mientras tanto, acumulaba material en una libreta.

En esos días también, Mariano Aguirre había publicado tres cuentos míos cortos en un diario de Venezuela, y me había mostrado, para que opinara, un grupo de cuentos y poemas que venían de Chile y que estaba tratando de organizar para una publicación mayor. El enfrentarme en esas páginas, a largas diatribas, aullidos estremecedores, fue una especie de lección final. Muy pocas de esas páginas funcionaban como literatura, la mayoría no era literatura ni tenía que serlo. La mayoría se disfrazaba de literatura, intentaba pasar, escabullirse, salir de la prisión, la población, el cuarto inundado de miedo, cruzar la cordillera enmascarada como literatura, pero en verdad era un grito de dolor colectivo ante el cual la pura propuesta de selección era ridícula.

Después de esa experiencia, yo mismo boté y eliminé fragmentos y cuentos que tenía escritos, pude establecer los límites de la exasperación y preparé una primera selección de cápsulas que terminaron finalistas en el concurso Casa de las Américas de 1975.

El libro tomó forma casi definitiva en Canadá, donde hicimos una primera edición artesanal. Todos los cuentos iban de minúsculos a cortos. Entraban y salían de la colección. Yo los producía de una sola patada, a veces tres o cuatro al mismo tiempo. La primera edición chilena la hizo José Paredes con Sin Fronteras y creo que ahí se estabilizó. Luego vino una edición de Planeta a la que agregué cuentos y luego la de Akal en España. Tengo todavía una docena en algún baúl o tal vez más. La cuestión es que un día paré de escribirlos. Me acordé de Amendrac en el baño del colegio contando chistes interminablemente y me asusté. No quería seguir escribiendo en papelitos docenas y docenas de cuentos diminutos, cápsulas sobre historias escuchadas, lloradas por otros en un país del cual me había ido por demasiado tiempo. Busqué comenzar una novela. Me daba miedo que el afamado cuento minúsculo se transformara finalmente en chiste.
***
Poética leída en el contexto del Encuentro Chileno de Minificción “Sea breve, por favor”; 1- 4 de agosto del 2007. Santiago de Chile.

2 Comentarios:

Esteban Berwart viernes, enero 11, 2008  

Querido amigo Leandro, junto con desearte un muy feliz año, aprovecho de saludarte y cobrarte sentimientos. Nunca más me fuistes a visitar al Incontro. Pero bueno, espero nos veamos pronto al son de una buena musica y una buena botella de vino.
Saludo, Esteban Berwart

eberwart@yahoo.com
077426503

Anónimo,  martes, marzo 23, 2010  

hola leandro soy German y hace 2 años aproximadamente empese a escribir una novela sobre el golpe de estado y tu libro me favorecio mucho, mas que otros.Tienes una manera de escriber esos cuentos que son de facil lectura, pero que dejan mucho para rasonar.
saludos.

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