Animula vagula blandula

Releo las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar (con traducción maravillosa de Cortázar) y mi pequeña alma, flotante y tierna sueña con Adriano y Antínoo recorriendo el camino sinuoso del deseo y los inextricables pedregales de la Britania y la Dacia, las estepas del Asia o el mar de los bátavos. “Nunca sabré en qué momento aquel hermoso lebrel se le alejó de mi vida”, susurra el que escribe cercado por la muerte, para sí mismo. Antínoo, de diecinueve años, se quita la vida y Adriano repite cuatro veces la letanía: “Antínoo había muerto”, como para curarse y exorcizar el dolor: “Pero sólo yo podía medir cuánta acritud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor… Un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarme a él para siempre.” Estas son las palabras del emperador que también vio morir a su madre, a Mauritanio, cuyo cadáver fue picoteado por las cornejas, a tantos otros.

Recordar es volver al corazón y todo recuerdo es un desgarro, la atadura clavada en los ojos, en el centro de la mirada que poco a poco se encierra en un par de ojos de muerte abierta. Yo recuerdo un aforismo de Kafka: “Una jaula fue en busca de un pájaro”. Recuerdo tantas cosas. Por qué no olvidar, pero la memoria insiste en duplicar los espejos. Por qué no olvidarte, ahora que sólo te ve mi corazón ciego y loco, el que aún bombea mil secretos de sangre y deseo. Como Adriano puedo repetir que ya no estás y que esa invisibilidad tuya es parecida a la muerte, que yo soy la jaula que te persigue por las ruidosas calles de Santiago, disfrazadas de verano y livianas ropas, risas, entrechocar de vasos; yo soy la que retorno al corazón y digo: en qué mentira me he convertido. Pero la poca fe –como el bolero- me depara algunas liviandades: termina el año y dejaré de buscar a la mujer de enmarañado pelo y una sola trenza, de besos húmedos y tan imaginarios, la que acarició esa orfandad que llevo en las manos, en cada uno de mis dedos que ahora se hunden en la tierra y plantan albahaca y tomillo. Después hay que sentarse a la sombra y dejar que los aromas crezcan solos, bajo el parrón de la infancia y el nono tocando el acordeón, el padre tarareando Ma il mio mistero è chiuso in me, il mio cuore è chiuso in te, un vaso quebrado, el vino chorreando mesa abajo, la tarde de domingo completa de una alegría familiar que sólo está aquí, convertida en palabras.

Después hay que esperar la muerte como quien espera un tren en un andén solitario y burlarse de todos esos años de morder una toalla encerrada en el baño para que no saliera el grito y la lágrima, el acordeón lejano y el día domingo irremediablemente perdido en las páginas de esas memorias de Adriano, o en las tuyas…

1 Comentarios:

Anónimo,  domingo, julio 28, 2013  

Qué lindo collage de intertextualidades y reminiscencias!

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