Ausencia de lobo


Al que me hincó el colmillo del adiós

Un día fuimos el humus de los árboles, así pudimos ver que la bruja del bosque era la vieja del saco, la urbana, la de dientes cariados, a la que le violaron una hija de trece, niña tonta, para qué se fue al bosque, allí oscuro, húmedo, como su pelo oloroso a pino, a estrellas cayendo. Pero se introdujo a lo verde, a pesar de las recomendaciones; el canasto bien apretado entre sus dedos, la fruta temblorosa, y los tibios pastelillos haciéndose añicos por tanto zamarreo. Después de todo, qué importaban los víveres si nadie nunca supo a quién llevaba aquel mitológico canasto.

¿El lobo? El lobo no tiene nada que ver en este asunto, había desaparecido mucho tiempo atrás.

Bajo el amparo de las friolentas glicinas, mientras el viento susurraba cosas inaudibles para el oído humano; el cielo casi negro, ahí entre la hojarasca y los malos pensamientos, la niña - de uniforme escolar- cayó, enredada por la lujuria de sus rodillas sucias y de sus dedos entintados, cayó a las cinco, a las cinco en punto de la tarde; teñida de recuerdos infantiles con olor a tiza, naufragando en brazos sin capa ni espada, ni dientes hambrientos de cuellos albos, ni cuchillo que pudiera abrir todas las panzas del mundo.

Así fue que el galopar de caballos fue sólo seis pares de botas negras, seis pares de piernas camufladas de bosque y la risotada que hizo que los árboles cayeran arriba de ella.

***

"Ausencia de lobo" fue publicado en el libro de microcuentos Ojo Travieso, mayo del 2007.

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