Pozos de Venus


A Natalia y Denise, elfas de sangre familiar…, y también a Julio Cortázar.


El pelo revuelto, los ojos un poco hinchados y una mejilla marcada por los pliegues de las sábanas hacen de Nadir una mujer que acaba de despertar. La casa se ilumina con lentitud y parsimonia, es el sol colándose por las cortinas de organza y las celosías entreabiertas. Camina en dirección a la cocina con la mano en su espalda baja, como si le doliera o acusara una mala postura durante la noche y que recién ahora da señales erráticas: ¿ardor, aguijón clavado, un par de mordeduras? Imposible que alguien o algo la haya mordido ahí. ¿Dónde es ahí? Intenta mirarse, pero al girar la cabeza se marea. Se toca, entonces. Con la mano derecha baja la pantaleta y con la izquierda palpa la región adolorida, aunque la palabra ‘dolor’ no es la mejor para describir lo que siente.


Un jugo de fruta, un par de galletas. El vecino del frente toca la trompeta y Nadir logra reconocer Blue in green de Miles Davis. Nunca lo ha visto, sólo escucha su música por las mañanas. Y es preferible así; si se toparan en el supermercado o en el quiosco de diarios, Nadir, que es huraña por naturaleza, se vería en la obligación de bajar la vista o huir en dirección contraria. No quiere ingresar en las convenciones típicas, esos saludos o despedidas que, al fin y al cabo, no significan nada, parecidos a los “cómo estás”. Todos responden “bien, gracias y tú”, aunque se les haya muerto la madre o estén recién divorciados. Queda la música, los acordes reconocibles del jazz: All blues. Y luego, muy pronto, el silencio. La fuga imperseguible.


Desnuda frente al espejo de su dormitorio. Está de espaldas a él y utiliza un espejito de mano para ver qué tiene. Espera encontrar algún moretón o una rojez, al menos. Cerca de su cóccix, en los hoyuelos llamados pozos de Venus, dos ojos tatuados parecen observarla. Trata de borrarlos pasando sus dedos una y otra vez. Casi corriendo se dirige al baño, empapa una toalla y frota con fuerza esos ojos iguales a los suyos, esos dibujos que aparecieron ahí sin que ella se hubiera dado cuenta. No hay caso, los ojos están tatuados con tinta indeleble. Y por dentro, es decir, adentro de su piel, existe un escozor, una pulsación, una electricidad que va de ojo a ojo, ida y vuelta, sin cesar.


Nadir soba la región tatuada con alcohol, después intenta con colonia y acetona para sacar el esmalte de las uñas. Sólo consigue enrojecer aquellos ojos que la miran plácidamente desde su sitio, como si fuera algo normal y la viveza de su iris estuviera predestinada. Vuelve a usar el espejito de mano y mira fijamente los tatuajes, estira la piel de uno de los ellos y éste se achina, llegando el párpado a cerrarse. Luego, suelta la piel y aprieta el dibujo, deformándolo, creando una nueva estría de piel, un cordón de carne y tinta.


Nadir está recostada en la cama. De estómago. Así libera a los ojos que han brotado solos de su cuerpo, un par de acompañantes cuya única manifestación es la mirada. Ella está sola, siempre ha querido estarlo, ha sido su elección. Los pequeños monstruos la acompañarán desde ahora, mirándole la nuca o el mundo que sus propios ojos no pueden ver al mismo tiempo; silenciosos, acechantes, como gatos de la noche a la espera de un hada.


Lo demás es simple locura: Nadir yendo a una tienda especializada en tatuajes, pidiéndole al tatuador que le dibuje unos ojos en el punto exacto de los pozos de Venus. El tipo diciéndole que es primera vez que le piden algo así, que jamás ha grabado nada en los hoyuelos sacro lumbares de una mujer. Nadir sintiendo un pequeño placer cada vez que la aguja penetra su piel e inyecta la tinta. Pequeño placer inmerso en una montaña de dolor, que baja en oleadas hacia su vulva tibia, oscura, ciega. Pierde la noción del tiempo, oye la voz del tatuador que le susurra que ya están listos el par de ojitos; bromea con algo que no entiende, una risa lejana, una mano en sus nalgas, acariciándolas, Nadir inquieta quiere voltearse, pero la mano presiona como adivinando sus intenciones, y vuelve a la caricia en redondo, los dedos juegan con el calzón hasta que poco a poco lo deslizan hasta quedar aprisionados y tirantes en los muslos.


Es muy improbable que haya hecho semejante acto. Jamás me gustaron los tatuajes ni el piercing, tan de moda en estos últimos años. Si dejé que agujerearan mis lóbulos fue porque era demasiado indefensa y pequeña. Nada podía hacer contra la costumbre materna de colocar aritos de oro en la recién nacida. No recuerdo que alguien –alguna amiga quizás- me haya sugerido tatuarme ahí. Soy alérgica y tengo tendencia a hacer queloides. Mala piel, dictaminó el dermatólogo, cuando lo consulté por una cicatriz en mi pie. Mala piel, buena vista, dientes sanos. Eso fue lo que mi padre me legó. Y las venas. Ramificaciones azules que también forman intrincados dibujos: árboles, raíces; jamás ojos.


Rabia. Tengo rabia. No puedo recordar nada. Escucho al vecino, esta vez toca un tema de Gershwin. Abro un poco más la ventana, descorro la cortina. Quiero oírlo mejor.


El Moro dice que bloqueé totalmente la experiencia. Él llama experiencia a un acto de rebeldía: hacerse un tatuaje. Mi vida es tan horrorosamente quieta que necesitaba romper la corteza de esa parálisis antes de una depresión o, en el peor de los casos, el desquiciamiento. Dice, además, que lentamente irán apareciendo las imágenes de este inútil acto de valentía, que él considera un logro total y un avance significativo en la terapia. No creo que con un par extra de ojos pueda ver más y mejor, ni pueda seducir a nadie. El Moro recalca, además, que soy un seis contrafóbico y yo aborrezco los números y las tipologías. Me encasilló dentro de las nueve posibilidades de un esquema ideal y estereotipado: el eneagrama. Como todos los seis contrafóbicos, vamos por el mundo pateando piedras para así aplacar la angustia inabarcable que produce la cobardía. No entiendo por qué no he dejado de ir a esta terapia que ya me tiene harta. Será porque a pesar de las tipologías y las cartas astrales, él mira fijamente al hablar, asunto que me gusta y me disgusta a la vez, estableciendo una dulzura incomparable y, a la vez, un poder hipnotizante.


Los últimos compases de Someone to watch over me finalizan. Se instaura el silencio espeso, gravitante. El sol está en el centro del cielo. Nadir ha ido al médico y ahora reposa en el sofá, cerca de la ventana. En sus oídos aún zumban la tumorada y su futura biopsia. También hay otro ser ínfimo alojado en el útero, un pedazo de ella, su propia carne creciendo, alimentándose del cuerpo enfermo. El Moro dirá que los sueños revelarán la identidad del padre, aunque no es difícil discernir que se trata del tatuador, y Nadir, en estos casos, se encierra en su castillo de rabia elaborando posibles respuestas. No hay azar ni milagros. Nadir se consuela mirándose los ojos tatuados mientras el tumor crece a la par con el pequeño ser. A los seis meses podrá nacer e ir directo a una incubadora, para que ella se opere y comience su tratamiento de quimioterapia. Con su tranquilidad habitual, el Moro dirá que es el momento para abocarse a la fe –usará esa palabra: “fe”- de la sanación. Pero Nadir sabe que la fe la tienen los fuertes, aquellos creyentes, casi magos, que cierran los ojos con devoción y siguen viendo un horizonte y la inalterable redondez del mundo.


Ante esto, prefiero acariciarme los pozos de Venus y hablar con mis ojos que cada día están más bellos, luminosos, como si la presencia de la muerte les sedujera, o de la vida por nacer, no en perfectas condiciones, pero sí armónica, débilmente única. Los ojos me miran con su lenguaje de tinta y son el cuerpo de mi cuerpo, contenedores de la sangre festiva. Y lo más importante: pestañean y algunas veces lloran.


El feto vivo se alimenta por efecto de mi amnesia, como el tonto del pueblo, como Macario o Hamlet, fingiendo locura para reestablecer el orden imperante exclusivo de un acontecer entrópico. Esencia de la tragedia, el acto paradojal, la risa nacida de las lágrimas. Y en esto no hay ninguna originalidad. Agoto mi nombre de no nombrarlo para irme acostumbrando a la otra parte del ciclo. Los ojos que ven lo que yo no veo desaparecerán junto a sus órbitas, ya tan amadas por mí. La piel se desprenderá junto al feto sin la mácula de la enfermedad.


Ella ha optado por cursar la elipse completa, es decir, sentarse en el sofá y escuchar a su vecino parodear con un saxo tenor a Coltrane, el inimitable. Y duerme, a medida que Resolution de A love supreme se aleja; la cortina se mece con las primeras brisas otoñales; el silencio es igual al grito de un recién nacido. Duerme, por fin las pestañas caen a su cama de piel y los ojos -¿los verdaderos?- pueden descansar de todo lo visto, olvidar incluso a Nadir y sus creaciones.


***
"Pozos de Venus" pertenece al volumen de cuentos Las praderas amarillas.

2 Comentarios:

J.Yanes jyanes@ull.es jueves, septiembre 20, 2007  

¡Chapeau, Ojo Travieso, chapeau! He terminado de leerlo con un nudo en la garganta. Hablaré con Margarita Estalinda para que te dedique un aforismo.

Un saludo, no doy abasto. Me voy a Las Matrias y a las Fratrias y después pasaré por el de Pizarnik.

Una Saludo

JUAN YANES

Lili viernes, septiembre 21, 2007  

Gracias, J. Yo estoy igual con tu máquina de coser más que palabras. Me lo he devorado...
Un abrazo, L.

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