Recordando La ciudad y los perros

Por Lilian Elphick


Buscando en internet información sobre Mario Vargas Llosa me sorprendió encontrar en su página personal, un homenaje a los cuarenta años de la publicación de La ciudad y los perros (1962) y una entrevista en donde cuenta que él mismo estuvo en el Colegio Militar Leoncio Prado (1) , sin duda un dato interesante porque la novela se gesta a partir de vivencias que el autor experimentó, re-creando y transformando ese material autobiográfico en mundo fictivo que escarba y remueve una realidad que termina siendo muy ambigua en la perspectiva de sus personajes, jóvenes todos, en su mayoría, hombres o con intención de serlo, machitos que deben enfrentarse a diario tanto con la autoridad que representa el Colegio, como con la que representan los padres o familiares , en el espacio “exterior”: la casa, la ciudad-capital y sus barrios, la provincia (por ejemplo, la sierra) y su connotación degradante. Sin embargo, la autoridad es quebrantada, imponiéndose un modo de ser rebelde, cruel y tremendamente violento. Existe el robo, las timbas, comercio de alcohol y cigarrillos, peleas, amedrentamiento, castigo y acoso sexual, tanto a personas como a animales. Finalmente, asesinato. El que reúne todos estos ‘anti-valores’ es el más hombre o macho. Si estos adolescentes (su nombre lo dice) (2) carecen de ‘orden y disciplina’, divisa principal en el contexto marcial del Colegio, los adultos que se supone los educan y velan por ellos, también adolecen de un verdadero espíritu formador y se rigen por la mascarada y la ocultación. Es el caso del Capitán Garrido o el Piraña, que opta por no indagar acerca de la muerte del Ricardo Arana, para así mantener la reputación del colegio, chantajeando a Alberto y enviando al teniente Gamboa a la puna, uno de los únicos personajes adultos que lucha porque la verdad se conozca.


 Esta pretensión de ser o llegar a ser un verdadero hombre a través del ejercicio violento es lo que más me llamó la atención en La ciudad y los perros. La edificación hacia la violencia se genera no sólo en el Colegio, sino dentro de las familias, en donde el padre abusa del poder, promueve la hombría, la tradición familiar y el apellido, abandona, golpea tanto a esposas como a hijos y es adúltero. La imagen de la mujer está tan o más degradada que la del hombre: las madres o novias de estos adolescentes son manipuladoras, histéricas, lloronas, víctimas y victimarias de la circunstancia machista. Las prostitutas están caracterizadas como estereotipo de lo grotesco, carnavalesco (en el sentido de la pura carne) y son las que, al final de cuentas, inician sexualmente a los cadetes, educándolos así para que ‘se hagan hombres’.

 Desde este punto de vista, la novela es recalcitrantemente falocéntrica, incluso en los momentos de ternura, cariño o dolor emerge la concepción machista, no como llamado de atención o crítica sino como evidencia de algo ya establecido y atávico per se, modo de ser incuestionable de la sociedad peruana y latinoamericana en general, a pesar del guiño paródico, del simulacro que viven los personajes fuera y dentro del colegio. Apoyada en el doble vínculo es la historia de Boa y su relación con la perra Malpapeada, una quiltra que recibe cariños, mimos, pero también patadas y otros tratos infames. Boa dirá: “... uno piensa que es una muchachita. Algo así debe ser cuando uno se casa. Estoy abatido y entonces viene la hembrita y se echa a mi lado y se queda callada, yo no le digo nada, la toco la rasco, le hago cosquillas y se ríe, la pellizco y chilla, la engrío, juego con su carita, hago rulitos con sus pelos, le tapo la nariz, cuando está ahogándose la suelto, [...] y le digo piropos: “cholita, arañita, mujercita, putita”.” (pg.267) (El subrayado es mío).


Otras citas:

“Sólo las mujeres se pasan el día echadas, porque son ociosas y tienen derecho a serlo, para eso son mujeres...Yo te haré un hombre” (La ciudad y los perros, Edit.Seix Barral, 1971, pg.150. -Padre del Esclavo-Ricardo Arana-)


No hay nada peor que las mujeres para malograr a un muchacho” (pg.207) ( Padre de Ricardo refiriéndose a su madre y tía que lo vestían con faldas y le hacían rulos en Chiclayo)


“Se han hecho hombres, Gamboa (...) Entraron aquí adolescentes, afeminados. Y ahora, mírelos. “Yo voy a hacerlos más hombres-dijo Gamboa” (pg.263) (Conversación entre Garrido y Gamboa).


“En el Perú, uno es militar por las puras huevas del diablo” (Capitán Garrido dialogando con el teniente Gamboa.Pg. 163)


“Yo los defendí de los de cuarto cuando entraron. Se morían de miedo de que los bautizaran, temblaban como mujeres y yo les enseñé a ser hombres” (pg.324) (Jaguar a Gamboa)


Ya no tengo miedo, pensó. Soy un hombre.” (pg.95. Alberto entrando al prostíbulo de la Pies Dorados).


“- Vamos a dormir una siesta o qué?-dijo ella.
-No te enojes- balbuceó Alberto-. No sé qué me pasa.
-Yo sí -dijo ella-. Eres un pajero.” (pp.96-97) (Diálogo entre la Pies Dorados y Alberto).
(Los subrayados son míos)


Como dice Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana (3) el colegio es cuartel y cárcel, y esta imagen se perfila, sobre todo, en la vida de Ricardo Arana, El Esclavo, quien acepta sin reparo alguno entrar al Leoncio Prado con tal de huir de su padre, padre ausente, un extraño para él también. Adentro del Colegio el encierro debido a las reiteradas consignaciones es tan desesperante que acusa a Cava de haber robado el examen de Química para así poder salir un par de horas a la ciudad. El Esclavo se siente un extraño frente al Círculo y es víctima de sus burlas y de sus violencias: “Lo orinaban cuando dormía, le cortaban el uniforme para que lo consignaran, escupían en su comida, lo obligaban a ponerse entre los últimos aunque hubiera llegado primero a la fila” (pg.244) En la escuela también se burlaban de él por no ser capaz de defenderse.”Llora, muñeca, llora”, le gritaban sus compañeros y él se dejaba pegar hasta que se cansaban de hacerlo. Alberto será su aliado, pues es él quien delata al Jaguar de haberle disparado, motivado por un afán justiciero y por el sentimiento de culpa, ya que se ha enamorado de Teresa, la muchachita pobre que vive en Lince con una tía-monstruo y que, deliberadamente, se relaciona con los tres muchachos, Esclavo, Jaguar y Alberto, porque los cadetes poseen prestigio social.

 Alberto representa al sector acomodado, pero “lo único que le avergonzaba en ese tiempo era no ser como Teresa, alguien de Lince o de Bajo el puente, que su condición de miraflorino en el Leoncio Prado era más bien humillante”. Cuando egresa del colegio, Teresa “era uno de esos cadáveres que no convenía resucitar” y termina proyectando su vida en los Estados Unidos, estudiando ingeniería, ‘como debe ser’, y enamorando a una chica de su status, Marcela, quien por sí misma comprueba que Teresa, es “una huachafa fea”.

 Sin embargo, el Esclavo lo mismo que Jaguar, Boa, Cava o Alberto, es un remedo de hombre, su muerte y las otras muertes simbólicas (expulsión de Cava, confesión escrita del Jaguar, confesión de Alberto) se enmarcan en una concepción paródica de lo que debe ser la justicia y la lealtad. Comparto plenamente la cita que Fuentes hace de Gombrowicz: "Ser hombre significa jamás ser uno mismo.” (pg.39).

Los adolescentes que protagonizan esta novela están insertos en una sociedad precaria, prejuiciosa y con un destino trágico, porque el rito en que ellos participan -rito iniciático de convertirse en adultos - está teñido por la estructura patriarcal de esa sociedad, la misma que la de las otras sociedades latinoamericanas. Hasta nuestros días.


Notas:


(1) Han pasado 40 años desde que un joven Mario Vargas Llosa empezara a sentir finalmente que se convertía en escritor. Como recordaba Iñaki Gabilondo durante el diálogo que mantuvieron escritor y periodista la noche del lunes 27 en la Casa de América, por ese entonces el autor peruano ya había escrito un libro de relatos ('Los jefes') que le granjeó el Premio Leopoldo Alas y alguna obra de teatro ('La huída del Inca') representada con éxito en su país, pero no sería sino hasta la escritura y publicación de su primera novela 'La ciudad y los perros' (Seix Barral, 1963) que Vargas Llosa empezase a ver hecho realidad su sueño de ser escritor. "Yo no soñé jamás con lo que le ocurriría a la novela, la publicación en la España franquista, la traducción a decenas de idiomas, todo labor de Carlos Barral, a quien estaré siempre agradecido por todo lo que hizo por esa novela y mi obra en general". Desde que la novela estuvo terminada y hasta que le fuera otorgado el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, debieron pasar dos años, años de rechazo por parte de otras editoriales, que le hicieron dudar al autor de la calidad de la novela. "Yo ya estaba embarcado en otra novela y en vista de que a este libro le iba tan mal con los editores tenía la impresión de que quizá no había salido bien".

'La ciudad y los perros' empezó a escribirse en una tasca madrileña de nombre El Jute, cercana al Retiro, justo en la esquina de la casa del joven estudiante de doctorado que por el año 58 era Vargas Llosa. Iñaki Gabilondo le recuerda que por esas fechas el Real Madrid había fichado a Puskas y el Papa Pío XII había muerto. "No lo recordaba -responde Vargas Llosa mirando a las 800 personas que atiborraban el auditorio-. Lo que sí recuerdo es a un camarero bizco que atendía la tasca y me ponía muy nervioso. Me veía escribiendo en un rincón y de tanto en tanto se acercaba para preguntarme: ¿Cómo va eso, cómo va eso?".

El germen de la novela que probablemente abrió las puertas de España a toda una nueva hornada de narrativa latinoamericana, empezó a gestarse ya en los años de adolescente que el escritor pasó en el colegio militar Leoncio Prado. "Esa ha sido mi manera de escribir desde el principio, he escrito sobre determinados temas porque me han ocurrido ciertas cosas. En algunos casos he sido muy consciente mientras vivía la experiencia, como en el Leoncio Prado, de que tenía ahí un material maravilloso para fantasear una historia partiendo de él. Desde el comienzo yo pensé que ese era un material, un punto de partida".

"Soy un escritor realista. Me gusta fingir la realidad, así como a los escritores fantásticos les gusta fingir la pura fantasía, lo puramente imaginario. Yo tengo esa tendencia natural a escribir historias que simulan ser la realidad. Mi punto se partida siempre es la realidad, y quizá eso lo descubrí en la experiencia de escribir La ciudad y los perros. Utilicé mucho material autobiográfico, pero de una manera muy libre, reelaborándolo, transformándolo, y además añadiéndole constantemente invenciones, personajes y situaciones ficticios, incluso anécdotas que yo recordaba al pasar a la novela inevitablemente se fueron transformando, lo mismo que personajes que tenían modelos vivos fueron convirtiéndose en híbridos".


Gabilondo pregunta acerca del Leoncio Prado: "Pero el colegio que todos los lectores hemos incorporado a nuestro imaginario sentimental, ese lugar avejentado, con el mar muy cerca y ese olor a salitre, ¿es así?"

"Eso sí, el colegio está en un antiguo balneario en Lima, tiene el mar a los pies y recibe ese aire salino que vuelve herrumbre todo lo que toca, se respira una atmósfera llena de agua. Los meses de colegio son precisamente los meses de cielo encapotado, de neblina, de esa atmósfera blancuzca que sorprendió tanto a Melville cuando paró en Lima y le hizo decir que era una ciudad de fantasmas porque todo era fantasmal, hasta las personas. Desde luego en el colegio militar, en esa zona de Lima, muchos meses del invierno uno tenía la sensación de no sólo estar en una ciudad de fantasmas sino de ser un fantasma uno mismo" responde Vargas Llosa.

Ya en 'La ciudad y los perros' se encuentra una de las obsesiones que acompañará gran parte de la obra de Vargas Llosa: su rechazo hacia cualquier autoritarismo, del cual dice haber salido vacunado del colegio. "Creo que entre mi padre y el colegio militar hicieron de mi un alérgico visceral a toda forma de autoritarismo, desde esa juventud, esa niñez casi, donde viví el autoritarismo en carne propia, lo odié. Y a lo largo de mi vida ese sentimiento se ha acrecentado sistemáticamente. Esa forma de relación que consiste en imponer mediante la fuerza, mediante el poder que da la autoridad, una manera de actuar, una manera de creer, es algo contra lo que yo me he revelado siempre. Creo que el origen está en esa relación dificilísima que tuve con mi padre y en lo que fue sentir esa autoridad impuesta con brutalidad en mis años de cadete".

Vargas Llosa también agradece a sus años de cadete en el Leoncio Prado el haber podido ver muy de cerca la diversidad y complejidad de la sociedad peruana y recuerda cómo todos los prejuicios raciales y sociales de que adolecía ésta se veían trasladados a la vida del colegio. "Había un clima de prejuicios muy fuertes que estropeaban tremendamente las relaciones entre nosotros, exactamente igual como ocurría en la sociedad peruana, sólo que quizá en el resto de la sociedad estuviera más tamizado por las distancias que se establecían entre las razas y las clases por razones económicas. En el colegio no, todos éramos iguales, y una de las cosas que nos diferenciaba era el color de la piel, y eso creaba, incluso en el lenguaje y los apodos que se utilizaba, muy claramente una representación de ese mundo tan prejuiciado y racista".


(2) Según Cedomil Goic, Vargas Llosa pertenece a la generación de los narradores novísimos (Generación de 1972) y una de sus características es “la contraposición de autenticidad e inautenticidad, apariencia y realidad, verdad y falsedad, [que] opera como forma interior de representación de un mundo larvario o de la precariedad de todo lo real. Esto es, en primer término, la presentación de destinos juveniles o que adolescen; mas en la autoconciencia adolescente convertida en perspectiva adecuada para la interpretación de la realidad, el mundo de la humanidad larvaria extiende a la comprensión del mundo adulto, de toda la sociedad y, en último término, también al orden deficiente y precario del mundo americano.” (Cedomil Goic. Historia de la Novela Hispanoamericana. Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, Chile, 1972. Pg. 276)


(3) “...Los jóvenes están inventando al mundo adulto. El adolescente no es ingenuo: realmente inventa la realidad, la introduce en el mundo de los adultos y, al convertirse él mismo en adulto, sólo vive una pálida copia de su imaginación juvenil [...] Los oficiales del colegio son quienes parodian, solemne e inconscientemente, la vida de los adolescentes, [...] se han detenido para siempre en la tentación fascista de la “sangre exaltada” .
“El adolescente es visto, vigilado, y bajo esa mirada de los otros representa la parodia ritual que inventa la realidad:la trágica realidad paródica y ritual del amor, los celos, la denuncia, las leyes, la compensación” ( Carlos Fuentes. La nueva Novela Hispanoamericana, Ed. Joaquín Mortiz, México, DF, 1969. Pgs. 39-40).

2 Comentarios:

Daniel Barril jueves, septiembre 13, 2007  

Hola Lili.
Muy bueno el artículo sobre Vargas Llosa. Pero debo admitir que lo mejor de todo es el gato con hambre del final de tu blog...¿puedo invitarlo a visitar mi blog?...los niños, los locos, los curaos y los gatos dicen la verdad...jajajaja
Saludos
Daniel

Lili jueves, septiembre 13, 2007  

Gracias por tus comentarios, Daniel. Claro que puedes llevarte al gato de paseo. Le va a encantar! Y capaz que alguien le de comida.
Un abrazo, L.

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