Todos los desgarros



Acerca de Petrópolis, o la invención del suicidio

Aunque no soy especialista en crítica teatral, me permitiré hablar sobre esta obra que exacerba el desgarro de dos personajes, Gabriela Mistral y su hijo Yin Yin, como elemento nuclear y que genera la apertura de otros espacios, ya sean íntimos o públicos.

El personaje de Gabriela Mistral, recreado por Nelda Muray, es multifocal y dinámico, enfrentado a los variados espejos de una puesta en escena intervenida por la historia y la ficción. Muray trabaja excelentemente bien la personalidad camaleónica de la poeta, que oscila entre un histrionismo ya devastado (la escritora- la palabrera) y el trasvestismo maternal enloquecido ante la muerte del hijo-sobrino Yin Yin.

Mistral nunca se muestra tal cual es. A nivel superficial, está siempre cubierta de velos, abrigos, pañuelos, enaguas; incluso del humo de los cigarrillos. En un nivel más profundo y sincrónico, los diferentes roles adoptados y representados (mujer-escritora-madre-diplomática- viajera) obnubilan al personaje que pugna por salir de la tipificación y busca desesperadamente, no el ansia escritural, sino el sentido más prístino a su existencia: el querer ser.

Creo que la opción del director de presentar al personaje de este modo, se relaciona directamente con la aparición de diferentes espacios: sociales, políticos, culturales, raciales y geográficos, que se cruzan y descruzan en la obra. Por un lado, tenemos referencias al pueblo (Montegrande- Chile) en los rectángulos de piedra y polvo (que el espectador alcanza a oler), y en el baile de la cueca sola. Por otro, el baile de los brasileños que, más que una samba, es una danza guerrera de jóvenes resentidos; el espacio europeo aplastado por el fascismo, los diferentes idiomas que diversifican las identidades.

El desgarro mayor de Yin Yin es la no pertenencia a ningún espacio. Se presenta como un joven desadaptado, perdido, nebuloso. Frente a Mistral, la llena de palabras, él está en blanco, es incapaz de escribir. La muerte, entonces, puede ser un alivio: lo aleja de la incomprensión y la soledad. Le permite, también, huir de su madre, la prodigadora de la inestabilidad. Porque esta madre no puede hacerse cargo de la muerte de su hijo de modo digno. Dependerá de Palmita, su secretaria (Palma Guillén), y de las metafóricas amortajadoras que protegen, acarician y acicalan al joven-niño.

La imagen de la muerte se amplía con la intervención de las amortajadoras en la escena del canto ‘marcial’ del Ave María de Schubert, en alemán, y las consiguientes imágenes de la guerra.

Estas mujeres espectrales generan tensión y apoyan al personaje central en el sondeo de su interioridad más reprimida. No sólo funcionan como amortajadoras y lloronas, sino que también son la misma muerte, que acecha, vigila y espera. Este vouyerismo realza el binomio eros-tanatos.

El monólogo de amortajadora 1 (Natalia Bronfman), que reproduce el sueño de Gabriela Mistral, da cuenta de esta vigilancia (sueño –vigilia). Se trata de un parlamento vertiginoso y atormentado. La fuerza actoral y la potencia de la voz de la actriz son muy efectivas para este momento.

En suma, se trata de una obra afiatada a nivel de historia y de trabajo actoral grupal. El trabajo de los espacios epocales está bien perfilado desde la misma actuación de los personajes, imágenes (tanto reales como recreadas), música y documentación histórica.

El texto del dramaturgo Juan Claudio Burgos es muy poético y trabaja verticalmente las palabras. El que todos los personajes nunca salgan de escena y estén permanentemente moviéndose y hablando, susurrando, gritando, cantando, o declamando, funciona como un plus para esta verticalidad.

El desgarro se advierte en todas las acciones y situaciones, yendo más allá de la muerte trágica del muchacho: el resentimiento social de los jóvenes brasileños, la referencia al suicidio de Stefan Zweig y su mujer, la guerra en Europa, la pobreza en Latinoamérica, etc.

La escenografía es mínima y consta de varias sillas y una ventana cuadriculada y móvil. Estos elementos, según mi opinión, simbolizan el tema de la mirada (espectadores en el cine, niños en la escuela, la muerte vigilante, por ejemplo).
 
Finalmente, es importante decir que existe una clara intención de desestereotipar al personaje de Gabriela Mistral, en el juego de ocultación y develamiento de sus acciones, y en la mostración de fragmentos o retazos de mujer y de escritura, que funcionan como un solo signo. Aquí está la rasgadura de Petrópolis, o la invención del suicidio.

Petrópolis, o la invención del suicidio

Dramaturgo: Juan Claudio Burgos
Director: Ezequiel Tapia
Elenco: Nelda Muray
Diego Ruiz
Carolina Araya
Constanza Ramírez
Ítalo Gallardo
Juan Pablo Rahal
Gabriel Cañas
Moisés Norambuena
Matías Briceño.

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