Ven a mi lado II


Por tu recuerdo que nada en el océano de la imprecisión.

Ven a mi lado, le dije, pero no me escuchó. El círculo se cerraba lentamente: la puerta se abría y él salía por ella; la espalda ancha, orgullosa, el pelo negro cobijado por la chaqueta, la sonrisa yéndose con su cuerpo tan alto y tan solo.

Ven a mi lado. Pero él ya no estaba, quizás nunca estuvo como yo quería que estuviera: repleto de amor, con los ojos verdes de deseo, cerca de mí, siamés, gemelo de sangre y huesos.

Ven a mi lado. Y el silencio se parte en dos como una sandía madura. Me atosigo de él, elaborando la mejor manera para no llorar y quebrar este equilibrio precario e infame. Entonces, el recuerdo de sus manos me alegra. No es una alegría rotunda, sino una que pide explicaciones y una caricia extra en el punto más frágil de mis caderas.

Ven a mi lado. Mi corazón late, eso es lo peor. Estoy viva y respiro. Él ya no está y camino de un lado a otro: loba hambrienta, leona de praderas amarillas, mujer extasiada del ritual del cuerpo expectante. Mujer, una extrañeza por donde la miren, lo incomprensible dotado de pezones siempre erectos. Por ahí su lengua se arrastró, única en su soledad de caracol. Caminó el doblez con rebeldía: no quería irse de ese lugar, iba y venía por la piel sabrosa la lengua loca. Hasta que desapareció y todo fue una larga lista de palabras.

Ven a mi lado. Ven, aunque no estés, rogué. Pero ya era tarde para milagros.

Ven a mi lado I

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