Decisión de Onán

Por Marcos Taracido


Era feliz en la masturbación. Al principio probó a cohabitar con mujeres, pero se percató de inmediato de que nada había similar siquiera en gozo a la solitaria autocomplacencia. Durante años derramó su semilla al estímulo de sus manos, hasta que un día perdió ambas en un accidente laboral. Sobreponiéndose a la tragedia, ejercitó con los pies hasta conseguir llegar con ellos, indistintamente, hasta su miembro, de modo que pudo continuar con su placentero y perfeccionado tocamiento. Dos años después, una herida mal curada le disparó una gangrena que obligó a amputar el pie derecho, y apenas unos meses más tarde sajaron su pierna izquierda, destrozada por las mordeduras de un perro. Lejos del abatimiento, dedicó todo el tiempo libre del que gozaba a intentar doblar el torso lo suficiente para poder llegar con la boca al pene. Lo consiguió, y el placer autoinflingido fue todavía más intenso, pero al poco tiempo se le cayeron todos los dientes, y un cáncer se le llevó la lengua, y los labios se le llenaron de llagas que no cicatrizaban. En la misma época se quedó ciego. Ordenó entonces que le extirparan el ojo izquierdo, y durante meses ejercitó su cuerpo para salvar la distancia de 5 centímetros que todavía separaban su pene y la cuenca vacía.

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