Los favores concedidos

A la memoria de Oreste Plath

I

Si yo pudiera ir a verlo iría, pero mis piernas son anclas y esa voz cantando en los adentros: “Coronela, no seas tan lacha”, Coronela tonta, sí, y todos los días la voz se repite hecha pedazos, se repite mientras camino, cuando me miro los dientes nicotinados en el espejo o en la pirueta diaria para que el Nenuco no berree y esté tranquilito en su corral, porque si no te llega cabro e' miéchica, que no me dejas en paz ni un solo segundo...

El mundo está lleno de Rosanas y Marías y Carolinas y Marilús, pero la Perra se fue por el camino más corto: Coronela tenía que bautizarme. El que le manoseó la inocencia de los primeros tiempos, ladrón y carterista, a veces violador, de chapa El Coronel, el que le salió curao y tan pateperro, así marcó mi frente, como él.

Nelita, el papá está viajando, el papá no viene a comer esta noche, el papá no aparece hace diez meses porque anda en el sur, como si yo hubiera sido asopá y no hubiera sabido que el Coronel era el único aprovechador de la Perra, mandado a cambiar cuando ella era una miga de pan en el suelo, una migaja gordita, con así unos ojazos, cadereando joven y blanca...; buenamozona la Perrita, así le decía él: Perrita, perrita mía. Yo me acuerdo como si fuera hoy, porque la verdad es que tengo harta memoria. Me han quitado todo, pero los recuerdos bonitos y los de mierda los tengo yo, aquí donde mi mano toca y no hay respuesta.

Ella todavía visita al Coronel los domingos, le lleva cazuela, cigarrillos, alguna revista de monas piluchas. Supe que cuando recién entró, lo mostacearon hasta que les dio puntá. Linda bienvenida.

El Nenuco está inquieto, parece un pájaro zangoloteado, las mechitas paradas, la cara sucia de moco y tierra. Llora no más, llámame la atención, Nenuco, que no te saco de ahí; deja que recuerde a este gallo que me tiene loca, permite nombrarlo en silencio y criar lástima por ser soñadora, la perla.

N. N. le pondré, como los muertos que nadie reclama.

Cállate, niño del demonio, en mala hora te quité el tete y ahora no lo encuentro, por la rechucha. El tete que te regaló tu papá.

Bien casado es y lleno de hijos. La otra vez, en la feria, él pasó con su mina que era ahí no más, muy del brazo los dos. Herví de rabia y pena. El N.N. se hizo el leso y fue a mirar repuestos de bicicleta. Ella paseó la vista por mis cositas y me compró unas chalas, yo nerviosa y el Nenuco se hizo pichí delante de ella. Por la máquina, el cabro chico no aprende a sacar la pichula y mear como la gente; ya tiene año y medio, pero calzón de goma niporná, se le ocurre, le dije, tratando de hacer conversa. Qué iba a decir ella, si yo soy una bestia; sonrió de puro amable. Le hubiera contado de los besos de su macho, mordí mi lengua para no echarme al agua, qué huevá, supiera que las chalitas que llevó las robé de por ahí, supiera que el Nenuco es el hijo de su...mi hombre.

Ella se alejó y él volvió a mi puesto. ¿Cómo está usted?, preguntó, cómo está el niño, susurró. No contesté por mirarlo a los ojos, por saber si era sincero. Su mano en el pelito del Nenuco me dio la respuesta. Después se fue y el “no me puedo olvidar de usted” quedó en el aire, robándole las pilas a mi cuerpo.

Cállate la boca, Coronela, callado el loro, muérdete la lengua antes de soltar la pepa.

El lunes le ofrezco tres paquetes de velas a Rumualdito para que me cure el mal de amor.

Seré cuidadora, veladora, limpiadora de su casa de milagros.

Rumualdito ha escuchado mis súplicas. Animita cumplidora de la Estación Central. Pucha que te necesito, hombrecito de Dios, y yo sé que oyes cuando lloro y a ti también te da pena.

Mal de amor. Así se llama la enfermedad que tengo.

Por suerte te dormiste, Nenuco.

II

Nos conocimos en la calle. Sus ojos negros me encandilaron como a una coneja. Terneado, a pesar de andar al tres y al cuatro, orgulloso del oro en la mano izquierda; me siguió por cuadras y yo lo dejé, fui mostrando el camino, pacapallá las caderas, pantalón apretado, piel sobre piel, haciéndole caso a la Perra. El fue el único de la leva que llegó a destino. Antes de abrir la puerta me puso las manos encima y yo le abrí la camisa de un zarpazo. Nos besamos tan hambrientos que los labios sangraron, nos tocamos con tanta fuerza que al otro día tuve que emplastarme espuela de galán para los moretones en las piernas, en los brazos, en las tetas, en el cuello.

Mijitorico, para qué vamos a decir una cosa por otra. Sabía besar, conocía su lengua, yo conocía la mía. Así, parados lo hicimos; así, en el suelo; arriba del colchón y el catre cricricrí, dale que suene, toda la santa tarde hasta el otro día. ¿En qué andaría pensando que me encamé con uno de la calle, tan desesperada como la gata de al lado, andaría? Claro. No soy una monja, la necesidad tiene cara de hereje, dicen por ahí, y hace tiempo que me dolían los huesos de presenciar amores ajenos y el corazón venía a la boca de tanto suspiro. Lo hecho, hecho estaba.

El N.N. supo conquistarme de un golpe: las manos hechas pebre, uñas de luto, brazos de Popeye, mal afeitado. Lindo... feo...dio lo mismo, me enamoré de él, en mi cama, en pelotas los dos, nos reímos de lo que hicimos, nos contamos chistes, jugamos al corre que te pillo, ahí me enamoré, caí rendida y lo besé entero, le dije que no se fuera nunca más, que no saliera de mi vida como salen los hombres después de putas; no, espérate, yo te doy comida, te peino y después enciendo la radio para el partido de fútbol, yo bailo para entretenerte; no te vayas, le grité, no salgas como cuete a cruzar la calle y tomar la micro para llegar a tu casa, a darle un beso a tu mina, no partas tan luego...

No hizo caso y apuró el tranco.

Nos encontramos muchas veces: caballos desbocados, polillas quemándose, cachorros asustadizos...

Una noche él quiso que fuéramos juntos a un paseo a la playa. Antes de irse contó cuál era su sueño más soñado: navegar en el mar. Era cosa de visitar a un amigo en Matanzas, él le prestaría un bote a motor... El mar, el viento salado chicoteando las mejillas... y yo me entusiasmé. Cuando quiera, le dije; con usted quiero ir, me respondió despacito el engrupidor.

Con - usted - quiero - ir... y cuando ya no estaba ni su sombra lloré como loca, el corazón se estrujó de la emoción, puse la radio y la Miriam Hernández gritaba El hombre que yo amo, lloré con un cocodrilo en la garganta, enamorada hasta las patas.

III

La Perra nunca quiso conocer al Nenuco.

Ese cabro hijo de nadie no es mi nieto, ladró.

Antes, mucho antes, cuando era chica, ella misma me explicó el asunto de los hombres, cómo había que mariposearlos, coquetearles, darles lo justo y necesario, no ser ordinaria ni pasada para la punta, sino dama, dama de compañía. Me enseñó tanto que yo, sin entender, aprendí las reglas de memoria, las sabía mejor que la teleserie.

Ni un regalo le dio al Nenuco porque quedé preñada de un desconocido.

Tú eres muy imbécil, me dijo la Perra. ¿Acaso no usó condón el saco e' hueva?

No, nunca usó porque no le gusta forrarse el pico con plástico, insolenté yo.

Me voló la cara del cachuchazo y no se me movió ni un sólo pelo. La miré fijo, sintiendo la mano entera marcada en mi cara, pensando que si le decía que yo me preñé de adrede, me cacheteaba de nuevo; odiándola por todos sus consejos de mierda, con esa cháchara que me dejó las orejas tapiadas de tonteras, que los hombres son así, que son asá.

Perra rabiosa, ¿se te olvida de quién soy hija, te dio la garrotera de la cabeza, te llenaste la boca con tanta palabrería que tú misma te atragantas ahora? Te tuviste que meter con el punga más punga de todos y me vienes a reclamar, a humillar, a asquear a tu nieto.

El N.N. es un rey comparado con tu Coronel de mierda.

La miré tanto que mis ojos se aguaron y la Perra tuvo un poquito de compasión, lo noté por su boca torcida, muda, su mirada que no pudo aguantar la mía.

Ya, mejor tomémonos un té, invitó después del silencio.

Ni sí ni no, le dije.

Tuve ganas de abrazarla...

Me fui dando un portazo. Cuando tomé la micro no quise mirar para atrás, porque sabía que la Perra estaría parada en la puerta de calle, con el orgullo nuevamente colgando de su cadenita al pecho, brava y mostrando los colmillos, haciéndose la chora.

Perra que ladra no muerde, perra que gruñe se la lleva la corriente.

IV

Partimos rumbo al mar y a las olas que eran montañas azules con nubes blancas. No me dio miedo, él me miró desde la otra punta del bote, riéndose como él sabía hacerlo, gozando con el día que Rumualdito nos había regalado, cantando, celebrando el favor concedido. Fuimos mar afuera, bien afuera, los niños que jugaban en la orilla se hicieron cada vez más chicos, hormiguitas enterradas en la arena. Nosotros teníamos todo el tiempo del mundo, así lo sentí yo cuando él se acercó a mí con la sonrisa mantequilla a sus labios y no dijo nada, se quedó callado oliendo mi cuello, mis mejillas jaibas de tan coloradas; él parecía un trapito, de ésos que una deja arriba de la cama para que en la noche acompañe el dormir, tibiecito entre los brazos. Eso parecía. Yo quise hablar pero él puso su dedo en mi boca, cariño en el pelo, yo acaricié sus manos. N.N. y Coronela solos en el mar taza de leche, mecidos en una cuna de agua, dedos y besos lentos, siempre lentos, sin apuro, sin la urgencia de la primera vez. Sin rasguñarnos ni tironear la ropa ni jugar al corre que te pillo, sólo hacernos cariño, huérfanos dejados a la mano de Dios, lamiendo nuestras heridas, en el mar tobogán con el bote va y viene.

Después del amor dijo: Veamos el viento.

No pudimos. Lloramos.

V

El Nenuco está soñando en su corral, lo sé porque las pestañas se le escapan de los párpados y las manitos gordas tiritan, aletean para salir de aquí y volar a un bosque de eucaliptus. El mosquerío lo molesta, pero yo estoy cansada de espantar... Si pudiera comprarle un corral nuevo, dormiría mejor. La madera destartalada lo pone nervioso, las durezas del colchoncito lo hacen darse vueltas y vueltas como un trompo. Lo único que lo alegra son los juguetes que le ha regalado su papá.

El N.N. me contó que no soñaba, qué raro, todo el mundo sueña, debe tenerle miedo al color violeta o al rojo o quizás le hace el quite a los amarillos. Me gustaría verlo soñar, espiarlo mientras duerme, ¿soñará conmigo cuando duerme con la otra?, ¿pensará en mí cuando ella lo monta?, ¿buscará en sus lunares algo que le recuerde mis propias cicatrices?

Capaz que también se le vuelen las pestañas y diga Coronela sin querer en el medio de la noche.

Tiene fiebre este cabrito, está ardiendo, por eso llora tanto y los ojitos se le van. Coronela tonta, deja de pensar y ponte las pilas, mira que comienza a despertar y lloriquea, se soba la nariz moquillenta, llévalo al consultorio, mujer, no importa hacer cola, tómalo en brazos y parte.

Y salgo con el Nenuco envuelto en una frazada, afuera hace frío, está norteando. Vecina, ¿qué tiene el niño?; fiebre, ayúdeme que está tan pesado este chiquillo. Las manos se anudan, acortamos camino por el callejón de los perros, la niña de la comadre va juntando piedras para lanzárselas a los quiltros hambreados, apuramos el paso y miro el cielo negro y está que se larga. El Nenuco llora como nunca, se retuerce con ganas de no sé, y el camino es malo, no vamos a llegar si sigo con la cabeza tan llena de cosas...

VI
Qué hará en un día como hoy, cuánto durará su mirada cerca de una ventana, dónde está para quererlo desde el fondo de esta crueldad, desde el mar que no calló.

Quiero decirle que podría volver mil veces al lugar que me enseñó pero sé que no me pertenece. Estamos separados por techos y cemento caliente. Santiago se ríe de nosotros y nos muestra su peor cara: la gris y desesperante ausencia. Podría atravesar la ciudad para buscarlo, pero lo encontraría sumergido en martillos, lezna, suelas y clavos. No hay cabida para nosotros, los que se echan de menos deben cavar sus propias tumbas. Sólo queda seguir soñándolo, así no lo pierdo y puedo recuperarlo un poco día a día, a través de los rajones de la memoria, desde los recuerdos deslavados. Dolores y astillas, pasiones de sangre: vino tinto, tomate, metapío.

Amante de mi amor.

Tendré que inventar una caricia suya, la mirada que diga que sí cree en mí, que puede hallarme en cualquier esquina, disfrazada de árbol o mariposa, convertida en abrigo o en hoja seca.

VII

El Nenuco vuelve al corral. Le dieron una aspirina infantil, jarabe no había, leche purita sí. Fiebre, no mojes más su cara.

La señorita asistente preguntó por el papá. Soy madre soltera, le contesté.

Aquí estoy de nuevo, cansada y con la vista prendida en él. Ya no llueve. Mañana tengo que llevarlo al hospital para que le revisen el pecho. No vaya a ser que empeore, que le venga esa tos de cueva oscura, esos pollos desgraciados que lo ahogan.

Después del hospital iré donde Rumualdito a rogarle que cuide a mi niño y lo proteja. ¿Cuántas velas y cartas necesitará para que el chicoco no se convierta en angelito? ¿Qué oraciones deberé rezarle para que sepa que tengo el miedo grande y se conmueva?

Por la señal de la santa cruz, respira Nenuco, siente mi mano fría en tus mejillas, llora si quieres, ríete, dime algo...

Pagaré caro: si se mejora, me olvido del N.N., quedamos en paz los dos, tranquilos como las estatuas de la Plaza de Armas, sin soñarnos que es mejor, sin tocarnos las puntas de los dedos, sin reírnos. Y no besos lentos, no su lengua culebrita lijando mis pezones, no mi puño lustrando sus piernas, no al hilo de saliva que nos tejió, a las gaviotas que vimos pasar, a las calles que recorrimos, a las casas con flores colgando de las ventanas, a la pescada frita, no a las lágrimas revolcadas en la playa ni a su silencio, no ...

El saldrá adelante, a pesar de la pena que esconde en sus zapatos. Con lo empeñoso que es sus chiquillos van a ir hasta a la universidad, estoy segura.

Botaré el corral y me esfumaré para que él no encuentre ni huela nada de mí. Lejos, lejos de mi querido sin nombre. El tiempo borrará el amor y la maldición de no habernos conocido antes.

VIII

Gracias por el favor concedido, San Rumualdito de Borja.

Coronela de Matanzas.

***

“Los favores concedidos” fue publicado en El otro afuera, 2002.

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