Cuerpo y culpa en "Talpa", de Juan Rulfo

Por Lilian Elphick
 

Un triángulo: Tanilo Santos, su hermano (el narrador sin nombre), y Natalia. Estos son los personajes de “Talpa” (1953), cuento que narra un viaje hacia la muerte y hacia la vida, en forma circular, similar a “El hombre” y “El llano en llamas”, donde también los cuerpos festinan la culpa y el remordimiento recreados en la mutilación, la llaga, la pudrición.

Tanilo es la encarnación misma de la muerte- tánatos y del fervor religioso. La idea de ir a ver a la Virgen de Talpa es de él. Mantiene la esperanza de que la mano milagrosa de la Virgen le sane las heridas. “Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.”

Natalia (Dies natalis -día de nacimiento) personifica la vida, al cuerpo erótico pulsante:

“Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas, redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo.”

El hermano de Tanilo organiza el relato, su monólogo confesional, a medida que el relato avanza, intensifica las imágenes del cuerpo deshecho de Tanilo, “que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto”, y de su elección auto lacerante cuando está cerca de la iglesia: llevar pencas de nopal como escapulario y azotarse con ellas, caminar de rodillas y con las manos hacia atrás, usar una corona de espina, caminar con la vista vendada. Es decir, llegar redimido por la vía dolorosa a ver a la Virgen de Talpa, la más buena de todas, según Natalia.

Asimismo, describe a la muchedumbre de la que es parte: “un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados”.

La imagen dorada de la Virgen, sin embargo, no ilumina a Tanilo, y las palabras del cura pierden todo su significado: “Pero Tanilo no oyó lo que había dicho el señor cura, se había quedado quieto con la cabeza recostada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara, ya estaba muerto.”

La peregrinación por la tierra caliente, seca, polvorienta, anticipa el castigo del narrador y Natalia: seguir caminado eternamente hacia la nada: “Y yo comienzo a sentir como si no hubiésemos llegado a ninguna parte; que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.”

Y los cuerpos de Natalia y el narrador anónimo se buscan de noche, lejos de la mirada de Tanilo: “Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre.”

Estos dos cuerpos vivos, plenos de sexualidad, son la tierra misma recorrida. Pero la culpa trae la transformación. Natalia se repliega (llora en brazos de su madre, se le borra la mirada, “como si la hubieran revolcado en la tierra”). La culpa genera una lepra interna, tanto en Natalia como en el narrador. Los tres personajes son excluidos y expulsados de Zenzontla y Talpa, comunidades que tienden a la pureza, en un marco de fanatismo religioso.[1]

Mario Benedetti percibe muy bien el proceso de cambio activado por la culpa:

Este proceso, que comienza en un simple adulterio y culmina en una tortura de conciencia, se vuelve fas­cinante gracias al ritmo que Rulfo consigue imprimir a su relato. Obsérvese que la culpa sólo arrincona a los actores cuando sobreviene la muerte de Tanilo. El adulterio en sí no llega a atormentarlos. Únicamente cuando se agrega la muerte, ese primer delito adquiere una intención culposa y retroactiva. Es que, probablemente, hay grados de conciencia (como de honra) y ésta del hermano y la mujer de Tanilo, es también la conciencia de los muy pobres. Con todo, es curioso anotar que en este cuento, el adulterio es un acto y no remuerde; en cambio, en la última etapa del proceso, la infamia, que se limita a la intención, se vuelve a pesar de ello insoportable. Ningún hecho nocivo para reprocharse; sólo intenciones, palabras, pensamientos. Sin embargo, estos seres elementales, que no son con­movidos por su acto abyecto, se vuelven suficientemente sensibles como para sentirse agobiados por un destino que ellos sólo provocaron, pero que no ejecutaron con sus manos. “Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nos­otros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Ta­nilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza. Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida”.” [2]

El rasgo más característico del acto narrativo del hermano es la ambigüedad. Así, el cuento se presenta como un acertijo sin respuesta que descubre y oculta. El discurso es bivocal, es decir, contiene dos discursos, en algunos aspectos antagónicos y, en otros, complementarios. Como en otros cuentos de Rulfo, la estructura de la ambivalencia y la ambigüedad, es circular.

Siguiendo la teoría de la superrealidad, se hace imposible distinguir entre Realidad aspirada y Realidad rechazada. No se puede delimitar entre el bien y el mal. La Ironización ha crecido enormemente, absorbiendo lo rechazado y lo aspirado. Sin embargo, subsiste el elemento sobrenatural, lo femenino como principio unificador, y la sexualidad.

Instancia sobrenatural: La Virgen
Instancia natural- sexual: Natalia.

Talpa en lengua nahuatl significa “lugar sobre la tierra” o “tierra alta”. Pues bien, los tres personajes se han degradado y han perdido definitivamente ese lugar. Así se inicia el cuento, por el final, cuando los personajes están ‘caídos’. Natalia llora en el regazo de su madre, y el narrador no tiene otra opción que contar la historia.

Leer “Talpa”
 

[1] La idea de la lepra la extraigo de Foucault, en Vigilar y castigar.
[2] Benedetti, Mario. “Juan Rulfo y su purgatorio a ras de suelo”. Letras del continente mestizo, Arca, 1972.

3 Comentarios:

Giannina sábado, noviembre 01, 2008  

MUCHAS GRACIAS POR ESTA INFORMACIÓN, NOS FUE MUY ÚTIL PARA UN ANÁALISIS DE LITERATURA. GRACIAS. SALUDOS

Anónimo,  miércoles, noviembre 11, 2009  

Brutal! no tienes ni idea de cuanto esto me ha ayudado!!

Jare martes, abril 10, 2012  

Bueno, realmente es música. Música que cura el alma... que se vuelve una herramienta para decir lo que se siente en los más profundo del ser... Del ser humano que no es más que un entramado de sentimientos... Rulfo no es más una herramienta que interpreta.

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