Otra historia de plumas y de sangre

El cuento

Por Margarita Niemeyer

Muchos años después, rodeada de hijos y de nietos que se avergonzaron interiormente de la petición senil de la abuela que insistía en escuchar nuevamente un sabido cuento para niños, recostada en la cama alta en una pieza del quinto piso de un hospital, mientras la preparaban para la operación de la que sólo ella sabía que no saldría, y mirando sin ver la horrible nube parda que aplastaba la ciudad allá abajo, Rosario trataría de recuperar las palabras básicas, las ideas primeras y su secuencia, y fijaría provisoriamente el principio de la gran cocina de la casa vieja, con la abuelita Adelina desplumando una gallina en el lavaplatos mientras le contaba el cuento de la Caperucita Roja.

Fue allí donde el mundo ordenado de sus experiencias empezó a desordenarse y a mezclarse los planos, las imágenes y las figuras, mientras se empinaba para mirar y tratar de entender por qué olían tan raro las gallinas muertas. ¿Abuelita, por qué la mojas con agua caliente?…, una niñita muy linda que se llamaba Caperucita Roja y que vivía con su mamá… ¿Por qué se llama Caperucita, abue? Es el nombre de la niñita, para poder pelarla, pero no me interrumpas. Caperucita partió con su canasto a casa de la abuelita… y el cuento avanzaba: no te acerques tanto a la cocina y no te alejes del camino, Caperucita, y ten cuidado con el lobo malo. Y Caperucita recogía flores y más flores y las plumas se juntaban en una olla con agua y el lobo llegaba donde la abuelita que estaba en cama. ¿Cómo cuando te enfermaste tú, abuelita? Sí, pero no me sigas mareando con tus preguntas y saca las manos de ahí…En una cama grande de bronce con perillas redondas y una colcha blanca que llegaba hasta la sábana de crea bordada con letras grandes entrelazadas…y un olor raro en la pieza oscura, como si el agua vieja de los floreros se hubiera mezclado con el olor a abuelita de polvos del Harem y jabón Flores de Pravia. Y después, el olor a pelos chamuscados y el pellejo arrugado y el cogote colgando en un ángulo imposible. Entonces se comió el lobo a la abuelita y ¿por qué tienes los ojos tan grandes?, mientras ponía la gallina en una tabla gruesa y cercenaba el cogote limpiamente, y la cabeza pelada caía a un lado envuelta en sangre gelatinosa. Y al final, el cuchillo filudo de la cocina, y vino el cazador y agarró al lobo que se había quedado dormido, y el cuchillazo abriendo la panza de par en par.

Y salieron la abuelita y la Caperucita, mientras metía la mano y se llenaba la cocina de un olor sofocante, y la sacaba ensangrentada y llena de tripas y caca… y éste es el contri y éste es el corazón y no te acerques que te vas a manchar; sanas y salvas de adentro, y se abrazaron y fueron muy felices.

¿Y el lobo, abuelita?, mirando fascinada el revoltijo de tripas y plumas, y la gallina muy blanca en el azafate y los interiores en un platito de té y una grasa muy amarilla. Si te estás tranquila te voy a hacer un globo con el buche. El lobo, ¿tenía buche?, no, sólo las gallinas, ¿y dónde quedaron las tripas del lobo? Y su madre que invadía la cocina, interrumpiéndolas: ¡Qué le está contando a la niña, mamá! Y ella saltando a sus brazos. ¿Te cuento la Caperucita Roja? Y el alivio de la madre, ¡era eso!, y los besos borrando los olores y la pregunta sin respuesta entonces de las tripas del lobo, del olor y de la muerte.

***

En Mujer frente al espejo y otros límites. Santiago: La Trastienda, 1991.


También recomiendo La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

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