Tres de Pedro

Por Pedro Guillermo Jara*

El hombre de los pies quemados
Por extrañas circunstancias al hombre se le habían quemado los pies. Eran dos tizones como leños oscuros. Al caminar por las calles sus pasos se escuchaban así: ¡Tic-toc!... ¡Tic-toc! Los niños, curiosos, seguían al hombre de los pies quemados, no por compasión, ni burla, ni nada de eso. Lo seguían porque al caminar desde los pies se desprendían pequeños trozos de carbón que los niños se disputaban a gritos. Con estos trozos los niños dibujaban nubes, corderos, soles, lunas y lluvia, en las paredes de la población. En algunas oportunidades los adultos también seguían al hombre de los pies quemados, recogían los trozos de carbón y escribían consignas en las paredes, llamando a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, ideas que se habían perdido en el tiempo.

Brújula
Por enésima vez tomo la brújula, me señala el Norte y no me puedo convencer que mi aldea se ubique justamente en el Sur, invariablemente en el Sur.

Aquel viejo sueño que espera
Todos creen que el compañero Juan de la población se ha apaciguado porque guarda en su casa como preciado tesoro la raída parka verde, el pasamontañas, los neumáticos, los miguelitos, las cadenas, la honda, las consignas escritas en un viejo cuaderno de composición y esas queridas piedras en frascos con agua, ordenadas en la ventana que da a la calle en donde ahora florecen rosas, crisantemos y alelíes cada primavera.
***


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