Un cuento triste de navidad

Por Juan José Reyes

Todo sucedía en el mes del año que en otras regiones de la Tierra coincidía con la Navidad. Érase una vez un niño famélico y tan esquelético que pudiera quebrarse si se decidía a andar. Vivía un una región pobre del interior de un continente donde escaseaba el agua y los productos de primera necesidad. Allí no tenían medicinas, boticario, ni médico, sólo un brujo que miraba el cielo como ritual. Su madre, viuda y de expresión triste, adivinaba el negro futuro de su hijo, mas procuraba que su rostro no reflejara el íntimo dolor. La tribu, la etnia a la que pertenecía, se hallaba tan agobiada por querellas, males, desdichas y enfermedades que ya se había acostumbrado a la resignación. Las tierras de labranza eran escasas y el sol las calcinaba en la estación de estío. Había aperos, muy pocos; pero los frutos de la tierra eran escasos.

Una mañana soleada la madre se acercó al hijo, que estaba sentado sobre un centón en la puerta de la choza, junto a una roca, y le dijo:

-Mañana, hijo mío, te enseñaré otra letra de nuestro abecedario. No las sé todas, pero algunas aprenderás.

Y el niño estaba contento porque ya había aprendido cinco letras del abecedario. Su madre, antes de dormirse le contaba antiguas leyendas, mientras observaba cómo los ojos de su hijo despedían un raro fulgor en la oscuridad.

¡Ah! Pero allí, siempre solo y sentado sobre el centón, el niño soñaba despierto, raras visiones nacían de su pálido interior. Veía cómo los demás niños jugaban más allá, pero ellos eran más fuertes y podían corretear.

-Madre: ya que con los otros niños no puedo jugar ..., debo meditar.

Me alegro de que estés contento, hijo mío. Hazlo, así aprovecharás el tiempo.

Mientras las demás niños jugaban, Zaro (pues ese era su nombre) dejaba expansionar su mente, soñaba y soñaba; volaba y volaba. Seguía con la vista el vuelo de las aves y de los insectos. ¡Y deseó volar!

Un día llegó hasta él un ser invisible, un genio del aire llamado Ariel. Y Zaro trabó íntima amistad con él. Y tanto lo vieron conversar con su invisible amigo los miembros de la tribu (eso había asegurado Zaro que sucedía cuando hablaba a solas, aunque para los demás, hablaba consigo mismo) que creyeron que era presa de la alucinación.

Otro día, después de las labores, se arrellanó la madre a su vera:

-Zaro -le expresó su madre- nadie de esta tribu ha visto el mar y me temo que tú tampoco lo puedas ver jamás. Pero te diré que cuando las ventanas se abren de par en par, no es más rico quien más cosas posee, sino aquel que por sus adentros puede viajar.

Y el niño famélico pensó muchas horas en el sentido de esas palabras, después de aprender varios signos más del alfabeto que allí se utilizaba.

Pasados varios días, ya había aprendido quince letras del abecedario y había conversado con Ariel sobre muchos temas. Un día le manifestó solemnemente el genio del aire: "Mañana te traeré el mar".
-¿El mar, aquí?

-Y lo verás tan bien que creerás que fuiste a cientos de leguas para contemplar su llanura, el horizonte y su poderoso oleaje. De su ribera, ... espera y lo verás.

Y todo eso sucedió al día siguiente.

Zaro quedó maravillado: tal era su fascinación que, su rostro risueño, llenaba de contento a quienes le miraban.

Días después, le dijo su madre:

-Zaro: hoy no tenemos nada para comer. Pero he arrancado raíces del sotobosque de aquella arboleda. Dios quiera que muramos en paz.

-Yo sí, madre: ya puedo morir en paz.

-¿Por qué dices eso, hijo mío?

-Madre: hace unos días vi el mar.


(Cuento extraído del libro de relatos "He aquí un pazguato")

En: La sala mística

Foto: Kevin Carter.

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Page copy protected against web site content infringement by Copyscape CÍTAME

OJÍMETRO

http://www.wikio.es
Blogalaxia
eXTReMe Tracker
Creative Commons License Free Web Counters
Ranking de blogs

Map IP Address
Powered byIP2Location.com

  © Blogger template Webnolia by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP