¿Por qué escribo?


Sabrina, la tesista, me pregunta por qué escribo. Muchas respuestas pasan por mi cabeza, como una película de mi vida en cámara rápida; lo que dijeron otras escritoras, otros escritores, lo que dije yo misma hace años, cuando era joven, arrogante y creía ser poseedora de la verdad universal.

Sabrina está sentada en el silloncito cubierto con el pontro boliviano y espera mis palabras con una tranquilidad pasmosa, activando el aparatito que es mp3, pen drive y grabadora, tecnología avanzada y horrorosamente minúscula. Bromeo porque tengo susto. Nunca he podido hablar con claridad, me ahogan las lagunas, los mares, los ríos desmadrados. La oralidad no es mi fuerte porque soy disléxica: digo ‘caramón’ y no ‘camarón’, y la palabra ‘ingeniero’ la evito siempre. Además puedo caer en el tartamudeo, en el balbuceo y otras trampas de la lengua. Y cuando caigo me levanto con aullidos de sirena, malas palabras, interjecciones ininteligibles. Yo no vengo a hablar por vuestra boca muerta.

Escribo para que Sabrina, la de los ojos azules, me pregunte por qué escribo y yo no quiera ingresar en las grandes palabras, la respuesta capaz de transformar el mundo.

Hay tantas razones para escribir. Y tantas otras para olvidar. La vida es más veloz que la escritura; lo sé ahora en que me posiciono de mi espacio escritural con todo el amor que puede caber en el hueco de la mano. Una libertad, sin lugar a dudas. Mientras la vida corre desbocada, la escritura estalla en su punto fijo. La vida me ata; la escritura me libera. Invento mundos y así me re-invento, configurando un puzzle de ida y vuelta con otros inventores: Kafka, Cortázar, Lispector, Duras, Pizarnik.

Escribo por compulsión y disociación. Ya lo dije alguna vez. Tal vez para que quieran a todas las L. que hay en mí en esos mundos fragmentados, resquebrajados de tanta ficción.

La realidad es tan densa. Aún no hablo y Sabrina debe estar pensando lo mismo que yo: ¿Qué hacemos aquí? Hasta que me oigo a mí misma parloteando del otro afuera, el único lugar que me conmueve. Ese lugar me habita, no al revés. Es ahí donde me muevo.

No sé si ella entiende de lo que hablo. Para mí es todo tan sencillo y, a la vez, complejo y contradictorio. Quisiera huir de mis palabras, callar. Mientras más silencio, mejor. Y pienso que las pausas me gustan, que la más buena de las literaturas debe tener un momento de detención.

La entrevista llega a su fin. Sabrina ordena sus papeles. Antes de que cruce mi soledad por la mitad, le regalo un ejemplar de Ojo Travieso. Se despide sin mirar hacia atrás. Miro el cielo: en Santiago no llueve nunca. Y regreso a mi escritorio a escribir esto, por el simple placer de que una historia se repita.

1 Comentarios:

victor miércoles, enero 30, 2008  

"La vida me ata; la escritura me libera." Nada más cierto. Varias veces me he planteado ¿por qué escribo?, y, hace tiempo atrás, cuando fui otro escribí una respuesta:

"Pienso en el escribir como una manera de desaprecer de este mundo caótico, revuelto y hartamente hermoso. Si, a veces prefiero diluir la realidad en unas cuantas páginas inundadas de tinta y palabras; y hacer allí mi morada. Prefiero otear la realidad desde la segura desconfianza que nace del alma, vulnerable aún a los destellos mas vanales y comunes. Muchas veces prefiero escribir que hablar, muchas veces prefiero escribir que a pensar. Me es más fácil pensar los pensamientos puesto en otra superficie que no sea mi mente, es menos abstracto y mas organizado.

Si, algún día quiero ser escritor. No por la fama o por la necesidad de que me lean -no quiero someter a alguien a esta tertulia-, solo quiero ser escritor para abrirle una brecha a mi instinto de creación, para abrir un sendero seguro a mis ideas que poco a poco ahogan las voces de la cordura. Los escritores usamos las mentiras para decir las verdades, nada más ni nada menos. Usamos la mentira para preñar la realidad de las criaturas más fantásticas y hermosas. Y le hacemos un hijo a todo verdad absoluta, un hijo de fábulas y metáforas. Muchos reniegan su instinto de creación, don efímero que el Supremo Creador nos da para humillarnos unos a otros; el que reniega de ese don, simplemente muere. ¿Pero por que el afán de crear? Es un defecto patológico, no estamos satisfechos con la realidad que se nos presenta. Podemos crear mundos y personas que aunque están en unas cuantas páginas a veces son mas reales que las que nos tropezamos en la calle.

Pero para responder la pregunta que me hago, ¿por que escribo?. Simplemente porque prefiero morir que a dejar de crear..."

Saludos

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