La que mira

Sobre tus fragmentos y requiebres escribo

El círculo se cerraba lentamente: la puerta se abría y él salía por ella: la espalda ancha, orgullosa, el pelo negro cobijado por la chaqueta, la sonrisa yéndose con su cuerpo tan alto y tan solo.

Quizás nunca estuvo como yo quería que estuviera: repleto de amor, leyendo el verde del deseo, cerca de mí, siamés, gemelo de sangre y huesos.

El silencio se parte en dos como una sandía madura. Me atosigo de él, elaborando la mejor manera para mirar y quebrar este espejo precario e infame. Entonces, la memoria de sus manos me alegra. No es una alegría rotunda, sino una historia escrita en los ojos.

Mi corazón late. Estoy viva y respiro. Camino de un lado a otro: loba hambrienta, leona de praderas amarillas, mujer extasiada del ritual del cuerpo expectante: una extrañeza, lo incomprensible dotado de pezones siempre erectos. Por ahí su lengua se arrastró, única en su soledad de caracol. Abrió el doblez con rebeldía: no quería irse de ese lugar, iba por la piel sabrosa la lengua loca. Hasta que desapareció y todo fue una larga lista de palabras.

Léeme, rogué. Pero ya era tarde para milagros.

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