Historia de la risa


Por Wylie Sypher



Durante la Edad Media parece que la gente se reía de lo grotesco, como por ejemplo cuando Chrétien de Troyes trae entre los refinados caballeros y damas de su romance Yvain[1]. En leyendas piadosas como El vaso de Nuestra Señora, la risa medieval es caritativa, llegando hasta la ternura en anécdotas acerca de Fray Junípero, esa alma desgarrada que, dócil y humilde, jugaba al balancín con los niños. un rústico patán cuyas “orejas eran grandes y musgosas, como las de un elefante,” o como cuando los gargolescos demonios del Dante hacen cabriolas con ruidos obscenos por los círculos inferiores del infierno

La risa renacentista era compleja. A veces era como la de Cellini, arrogante y despectiva –sprezzatura. Cuando Maquiavelo se ríe, casi es una mofa, notoriamente en su comedia La mandrágora, al mostrar como le ponen los cuernos a un anciano estúpido. Podemos imaginar que su Príncipe se reiría casi como un Borgia. Después tenemos la sátira de Erasmo, silenciosa y dañina; menos escandalosa que la alegría monstruosa de Rabelais. Las obras de Ben Jonson ridiculizan tipos clásicos de burgueses que, como los colosos rabelaisianos, son risibles porque tienen un exceso de uno de los ‘humores’ en su temperamento o “complexión” . El teatro de Shakespeare está lleno de personas “humorosas” en el sentido médico, como Falstaff, que hace surgir una risa a un tiempo brutal, querendona y sabia. La risa en el Quijote cervantino es más amable y meditativa, y no tan corrosiva como el ingenio de Hamlet, que está teñido de la melancolía de Robert Burton[2].

La “perturbada” risa de Hamlet era muy “moderna”, como lo era también la tensa mueca triste de Thomas Hobbes, que explicó la risa como un sentimiento de “repentina gloria”, surgido de nuestro sentimiento de superioridad cada vez que nos vemos triunfantes y seguros allí donde otros sufren traspiés. Hobbes aporta la cualidad “biológica” de la risa, porque concibe la vida como una lucha por el poder que se lleva a cabo en un combate brutal “cada hombre es enemigo de todos los demás”. Unos trescientos años después Anthony M. Ludovici reformuló la teoría de Hobbes en términos freudianos al suponer que la risa es la manera que el hombre tiene de mostrar los colmillos.[3] Y el hombre necesita, como cualquier animal, mostrar sus colmillos sólo cuando se siente amenazado; reímos como una manera de autodefensa, mostrando los dientes para recuperar nuestro ánimo decaído o para apaciguar nuestro dolido sentimiento de inferioridad o de peligro inminente. La risa es una táctica de supervivencia, una marca de nuestra “superior adaptación” entre los animales gregarios. Tanto los débiles como los salvajes se ríen. Ludovici concuerda con Nietzche en que el hombre ríe porque sufre intensamente; y su contrariedad más insoportable es la frustración de su voluntad.

Respecto de este último tema podemos tocar todas las variaciones de la comedia moderna con sus ironías satánicas y sus ensoñaciones románticas. Los románticos “benignos” del comienzo del siglo diecinueve supusieron, con Charles Lamb, que la risa es un derramamiento de la simpatía, un amable sentimiento de identidad con los aspectos vergonzosos de los seres humanos, un gusto por lo caprichoso, lo raro, por las equivocaciones cometidas en privado. Carlyle (¡precisamente él!) alegremente suponía que el hombre que sonríe es afectuoso. Pero también estaban los románticos diabólicos, impulsados por la Voluntad de Poder o consumidos por sus propios venenos que reían frenética, amenazadoramente. La risa de Baudelaire, escuchada en el oscuro mundo bohemio de París –el París que desesperó a los hombres y traicionó sus ideales- es “una nerviosa convulsión, un espasmo involuntario,” una prueba de la caída de la humanidad[4]. La risa febril del héroe baudelairiano abrasa sus labios y retuerce sus vísceras; es un signo de infinita nobleza y dolor infinito. El hombre rió sólo después del Exilio, cuando conoció el pecado y el sufrimiento; lo cómico es una marca de la rebelión del hombre, de su aburrimiento y su ambición. “La risa es satánica; y también profundamente humana.” Es la voz amarga de la desilusión decimonónica. Schopenhauer fue el primero que definió la ironía romántica en la risa desolada de su “hombre clandestino;” la risa “es simplemente la súbita percepción de la incongruencia” entre nuestros ideales y los hechos que nos enfrentan. Byron bromeó “Y si me río ante lo mortal/ es porque trato de no llorar.”

El júbilo del idealista frustrado y desencantado, frenético por el sentimiento de distancia infranqueable entre lo que podría ser y lo que es, alcanza su diapasón más estridente en Nietzche, el filósofo-escorpión, liberado de todos los códigos de la clase media, cuya rebelión es, a diferencia de la “leve rebelión en la superficie de la vida social” de la comedia bergsoniana, salvaje. Nietzche es capaz de trastocar todos los valores sociales y convertirlos en dolor, repugnancia, furia. Esta risa enfermiza de los últimos románticos es la alegría más confusa y destructiva que el ser humano se ha permitido jamás. Tiene todo el pesimismo que Bergson se dio el lujo de no tomar en cuenta. La risa de Rimbaud es síntoma de angustia, una ojeada al abismo del yo. Es un aterrador menosprecio, un desvergonzado derroche de lascivia, una erupción del principio del placer en un mundo en el que el placer está vedado. La risa de Nietzche es una descarga mucho más “posesa” que la descarga sexual freudiana.

Así pues, el análisis de la risa que hace Bergson es incompleto, lo que podría explicar por qué él piensa que la comedia opera sólo “desde el exterior.” La comedia puede, en verdad, no producir risa en absoluto; y ciertas tragedias podrían hacernos reír histéricamente. Fue Shelley el que encontró que la comedia en El rey Lear era “universal, ideal, y sublime.” El mismo Ben Jonson anotó “Tampoco es producir risa siempre el objetivo de la comedia.” Cuando Coleridge dio clases sobre Hamlet y Lear, señaló que el terror está muy próximo a lo ridículo, ya que “la risa fue entregada por la propia naturaleza para servir como el lenguaje de los extremos, al igual que las lágrimas.” Así Hamlet “quedará ubicado al borde de lo risible”, porque “la risa es tanto la expresión de la angustia y el horror como de la felicidad.”. La mueca de la alegría se parece a la del sufrimiento; la máscara cómica y la trágica tienen la misma deformación. Hoy sabemos que una acción cómica entrega a veces valores trágicos.[5] En la comedia humana de Balzac (Comédie Humaine), encontramos a Papá Goriot y al Primo Pons, esos héroes de la miseria.

(…) En lo más bajo de la escala de la comedia –donde los seres humanos llegan a hacerse casi indistinguibles de los animales y donde la vibración de la risa es más prolongada y estridente- se encuentra el chiste “cochino” o el gesto “obsceno”. En este nivel la comedia infaliblemente encuentra el común denominador de la respuesta humana, el agente reductor que nos devuelve rápidamente desde nuestras normas de la decencia al reino del viejo Pan. La vitalidad inagotable del hombre surge a borbotones desde el estrato más bajo de la comedia de Rabelais, habitada por monstruos barrigones que hacen tumultuosamente lo que les da la gana en un mundo construido enteramente con los instrumentos de la pedagogía gargantuesca. Allí dejamos caer la máscara que habíamos compuesto con los rasgos de nuestros yo decentes y cautos. Rabelais le baja los calzones al ser humano; él es la moral sans-culotte. Los sicólogos nos dicen que todo grupo de hombres y mujeres, sin importar cuán refinados sean, se reirán tarde o temprano con un chiste “cochino”, y que no es cuestión de si se reirán o no, sino de cuándo y precisamente con cuál chiste “cochino;”es decir, exactamente bajo qué coeficiente de tensión un código de “decencia” se desmorona y permite que el ser humano descienda velozmente hacia el reconocimiento de su inalienable carnalidad.

Pero la risa, aún en el nivel del chiste más obsceno, separa para siempre al hombre del animal, porque el animal jamás llega a cohibirse ante ningún tipo de acto carnal; en tanto que el hombre no es tal si no se siente de alguna manera incómodo por lo “malo”de su cuerpo. Una de las paradojas más profundas de la comedia se revela en la obscenidad, que es un umbral a través del cual accede el hombre a la condición humana; es el equivalente cómico al estado religioso del pecado original o al del “error” trágico, y el hombre puede con justicia considerarse tan humano por su sentimiento de lo que es “cochino” como por su sentimiento de lo que es “perverso”, “pecaminoso” o temible. Esta autoconciencia elemental –esta conciencia de la vergüenza de la propia carne- lo instala a uno en el margen inferior de la civilización; e inversamente, la hipersensibilidad a lo “obsceno” es signo de una sociedad sofisticada y decadente. La paradoja de la suciedad cómica fue intensificada al extremo en la sátira de Jonathan Swift, ese pornógrafo puritano, que escribió en su libreta de apuntes que “un buen hombre es un hombre con ideas repulsivas.” Swift fuerza la obscenidad cómica al límite en el disgusto que le producen a Gulliver los Yahoos; su escrupulosidad llega a la locura cuando se asusta ante la hembra Yahoo colorina parada en la ribera mirándolo y aullando, inflamada por el deseo de estrechar su cuerpo desnudo.


***


De Los significados de la comedia. (Fragmento).
Traducción y notas de Luis Vaisman.
Ilustración de Gustave Doré.


[1] Sobre la risa medieval y renacentista, Bajtín: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, (1965 en el original). (N. del T.)
[2] (1577-1640) Autor de un célebre tratado médico-ensayístico sobre la melancolía: Anatomy of Melancholy (1621), de la que recientemente se ha publicado una nueva traducción castellana (1997), distribuida por Siglo XXI. Se ha comparado a este autor con Montaigne, por la calidad de sus ensayos. (N. del T.)
[3] A. M. Ludovici: The Secret of Laughter, 1932.
[4] Probablemente la discusión más importante de la risa “satánica” es el breve ensayo de Baudelaire De la esencia de la risa y en general de lo cómico en las artes plásticas, que apareció en 1855.
[5] Según L. C. Knights “la comedia es esencialmente una actividad seria” (“Notes on Comedy”, en Determinations, 1934).

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