Simulaciones

La obsesión por la carne la delata. Quisiera hallar otros colores en su piel. Está en su dormitorio, sentada al lado de la ventana. Tiene la biografía abandonada en su falda, abierta, al revés. Nieva, hay un pino tumbado por el peso de la nieve. Esa blancura tiene matices; la nieve no es pulcra, piensa. Donde hay caminos, ésta se mezcla con el barro, produciendo un café aguado; en cambio, en los prados de pasto, tiende a amarillear. Los copos caen livianísimos y en los techos adquieren esa gélida tonalidad azulosa del hielo. Se desconcentra, mira el libro, retoma la lectura, pero no lee. Recuerda ese diálogo extraño que tuvo con su amante y que ha robado del mismo libro que tiene en su falda. “¿A quién miras?”.... “A ella.”

También compara el castaño de su pelo con el rubio platinado de la madre en sus tiempos de gloria, cuando ganó aquel concurso de la mejor doble de la actriz. ¿Por qué no tinturarlo y ser también un poco Marilyn? Quiere gritar y mirar su piel y volver a gritar, odiando todo lo que la rodea, ese espacio tibio, confortable, inmenso. Cuando el cuchillito abrecartas se hunde en el muslo derecho, tiñendo las medias, ella agrupa el dolor punzante junto al placer del cambio. Su carne es diferente. El damasco aterciopelado de su muslo desaparece y brota el simple rojo de la sangre. Fresca y levemente dulce, gruesa, oleosa.

Continuará sentada con las medias abajo, arremolinadas en los tobillos. La herida no es tan profunda como para correr al botiquín de emergencias. Sanará sola, sin desinfección previa. Ese trozo de piel cicatrizará, el recuerdo del dolor no será necesario. Ella desea el presente del tacto, detenerse en la nueva rugosidad que irá envejeciendo hasta, quizás, ser un dibujo de matices violetas.

En la planta baja de la casona, el embajador recibe a los primeros invitados. Oye dos golpes suaves en la puerta... Alguna empleada que ha venido a avisarle lo que ella sabe. “Ya voy”, dice. No reconoce su voz, pero se levanta y comienza el acto de las simulaciones: cambiarse la ropa manchada, elegir el vestido de lamé plateado de su madre, maquillarse y perfumarse, mirarse al espejo para delinear los párpados, atenuar las ojeras, pintar el lunar en la mejilla y finalmente bajar por las escaleras como una reina, saludando y sonriendo, aguantando el dolor en el muslo sin ni siquiera cojear.

Con una copa de champán en la mano, conversa. El embajador se acerca sutilmente para decirle al oído que “estas recepciones me tienen cansado”. Ella sólo sonríe, casi al borde de la estupidez, aunque con una elegancia inigualable. Continúa peregrinando por la sala, reuniéndose con los grupos de personas que ella apenas conoce. La gente devora, sirviéndose grandes trozos de ternera o de pescado; beben y ríen con estruendo. Dientes, muelas, colmillos con comida entremedio; encías rosadas, paladares rasposos de caviar Beluga, tufaradas de sangría…; el carnaval de la boca, la carnavala del estómago. Las mujeres chillan y ella sólo sonríe, sintiendo que el muslo está inflamado y que sus pechos desbordan el escote. Pero es sólo una sensación, ella no lo olvida. No lo olvidará. Podría sacarlos de su casucha de lamé y bambolearlos frente a todos, o subir el vestido hasta enseñar su herida, pero el asco rezuma en su boca, bebe un poco más hasta que intuye el inevitable ascenso del vómito.

Del cuento “Las praderas amarillas”. (Fragmento).

***

N. de la A.: “Las praderas amarillas” es un cuento de 26 páginas. Lo escribí a propósito de una ventana de vitral que tenía frente a mi escritorio. Me gustaba abrir aquella ventana preciosa y mirar el jardín de la residencia de la embajada X. Por ahí paseaba el señor embajador fumando pipa. Arriba, en el segundo piso, su señora luchaba con el cierre de un vestido de fiesta.

Siempre espié los retazos de vida de mis vecinos. No sé si se habrán percatado de mi febril actividad mirona. Ellos tenían una vida social muy intensa: recepciones, risas, conversaciones. Pero también lágrimas y desgarros. El embajador viajaba mucho y la esposa solía llorar apoyada en la ventana.

Un día ocurrió lo que tenía que ocurrir: el embajador y su mujer se fueron para siempre, y yo escribí una historia.

1 Comentarios:

Dédalus lunes, abril 14, 2008  

Escribes bien, Lilian. Vaya que sí. Poco ha importado que fuera un fragmento. Basta dejarse llevar por el placer que acompaña la lectura...

Besos.

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