Hombre solo fumando

A Fernando Alarcón y Sarah Hovde


Jean François Lyotard dice que la era postmoderna se define por la crisis de los metarrelatos, es decir, se pierde el gran héroe y los grandes periplos. Otro teórico francés, Gilles Lipovetsky, habla de la era del vacío, donde la angustia metafísica se trastoca por una total indiferencia. Es el vacío por exceso o sobre consumo; hombres y mujeres reflejándonos en los espejos de Narciso, obcecados por el ombliguismo. Pero mi ombligo me dice otra cosa, pide a gritos que lo amen, y vive escondido en un cuerpo que se hidrata en la ilusoria fuente de la eterna juventud.
Recuerdo a un hombre solo fumando en el Central Park de Manhattan. Había decidido pasar la tarde en el parque recostada en el pasto, leer The New Yorker, dormitar y mirar a esos miles de seres diferentes que hacen lo mismo que uno. Al hombre lo habitaba una soledad tan indecentemente perfecta que me enamoré al instante, característica muy posmo, por lo demás. Ya no pude leer o dormir o solazarme con los muchachos de torsos desnudos y brillantes deslizándose en patines. El hombre fumaba apoyado en el tronco de un árbol, quizás dispuesto a terminar con su vida, como en el cuento de Jack London. No estaba triste, estaba solo y su dignidad al tomar el cigarrillo y acercarlo a su boca me enloqueció. Era un cuadro que pronto se nublaría, una visión fugaz que no podría retener salvo en la memoria del deseo. Mirarlo se convirtió en mi actividad primordial, en proyecto sin agenda ni futuro. Sus ojos eran amarillos; lo descubrí porque en un momento - segundos quizás- clavó su mirada en mí como un dardo de feliz veneno áureo. Imaginé al hombre tendido a mi lado, su mano en mi pierna, abriendo lentamente sus ojos de tigre para amarme y caracolear su lengua en mi ombligo, yendo por camino conocido hacia el pubis anhelante. Imaginé unos años buenos junto a él, una hija, un columpio, un yogurt vencido en el refrigerador, un calcetín huérfano en el canasto de la ropa limpia. Pero el tiempo es inmisericorde - ya lo sabemos- y cuando dejé de ensoñar él ya no estaba; el único marco era el gran arce cuyas hojas se mecían con una normalidad insoportable. Corrí hacia el lugar para ver si había dejado alguna huella, un trozo de su sombra, una miga de soledad, y no encontré nada, sólo árbol y viento, más allá mujer e iguana, saxofonista imitando a Coltrane, nigerianos comiendo pastrami. Nada, hasta que vi la colilla aplastada en el suelo. La recogí y me la guardé en el bolsillo. Ya en casa la busqué inútilmente, y los bolsillos de mi chaqueta estaban llenos de un polvo amarillento, una especie de polen fragante.
El hombre solo fumando es la historia más pequeña y alérgica que he vivido hasta ahora, sin héroes de ninguna clase, sin espadas clavadas en la arena esperando el instante de ser desclavadas y blandidas en el aire acerado de Coney Island o Ground Zero.

***
Imagen: El hombre solo, de Javier Rivero.

3 Comentarios:

El lenguaraz miércoles, mayo 21, 2008  

Sabía que Dédalus no habría de defraudarme, ¡exquisito madame!, gracias.

Dédalus martes, mayo 27, 2008  

Eres brillante, Lilian. ¿Lo sabías? Cuando vuelva a ser pequeño, que es lo que pienso ser de mayor, quiero escribir como tú.

Sonrío agradecido, ante este intimo placer que me procura leerte.

Un beso, sultana.

Abol miércoles, junio 04, 2008  

Gracias, lenguaraz y Mr. Stephen..., pero yo soy un simple gusano de la tierra, sin nada de brillanteces, que es un poco más feliz escribiendo.

Hugs & kisses

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