Galileo y los gorriones de cartulina


Entro al dormitorio de Nat y sólo quedan las huellas de sus fotografías en las paredes. Hay polvo en los rincones, horquillas, papeles diminutos, trozos de cinta adhesiva, cajas de cartón desarmadas. Hay eco.

Galileo y los gorriones de cartulina ya está en el Ojo, en la sección Historias tristes, pero hoy, domingo 15 de junio del 2008, quise nuevamente ingresar en la nostalgia y llorar un poco, como suelen hacerlo todas las madres cuando las hijas se van y cortan el cordón umbilical para ser independientes, ‘grandes’ y pasar pellejerías. En suma, para que la historia se repita.

Contaré la historia de Galileo, el pointer que cazaba mariposas y no los habituales ratones que a veces bajaban del parrón a enfrentarse descaradamente conmigo y la escoba. Galileo llegó solo a casa. Otro perro perdido. De pelo muy corto, siempre la pasó mal en los fríos inviernos santiaguinos. Salía de su casa exclusivamente para beber agua y hacer sus necesidades. Su escudilla con comida caliente (no aceptaba los pellets) había que colocarla adentro de su habitáculo. Cuando terminaba la sopa de arroz y huesos, con la pata empujaba el plato hacia fuera y se ovillaba feliz, con la panza llena, a dormir y a soñar –supongo- con perras de suave pelaje. En las mañanas asomaba la punta de la nariz y olfateaba el aire. Si estaba tibio, salía, sin antes arquear el lomo y estirarse, siempre tiritando.

Era un perro muy fiel y bueno. De chica, Natalia jugó interminables horas con él. Ella se subía a su lomo y Galileo, sin chistar, la paseaba creyéndose un caballo enano. También cumplía funciones de acompañante en los muchos funerales que Natalia efectuó de sus mascotas: Lazo de Oro, el hamster que vivió dos años y tenía pelos blancos en el mentón; los peces del acuario, amortajados en una caja de fósforos pintada con crayones y con pétalos de flores pegados con cola fría. Cuando Natalia no estaba en casa y algún pez moría de modo natural o era devorado por otro, yo simplemente botaba los restos al W.C. y asunto arreglado. Hasta ahora ella no sabe esta verdad horrorosa porque yo volaba a la tienda de acuarios y compraba un pececito para la reposición. Nunca se dio cuenta.

Galileo, entonces, oficiaba de llorón, mientras Natalia cantaba unas letanías tristísimas a sus mascotas enterradas en el sector del limón y del gran agave. Cuando el jardín se sumía en el silencio, el perro obedecía a sus instintos milenarios: desenterraba a los muertos. No se los comía, sólo jugaba con ellos. Así encontré en el camino de piedra a Lazo de Oro, Lacito para los amigos, tieso y mordisqueado, con sus bigotes más blancos y más lejanos. Tomé al ratoncillo, lo envolví en papel, y no fui capaz de enterrarlo nuevamente. Reparé las pequeñas tumbas exhumadas, y boté a Lazo a la basura. Qué iba a hacer. Galileo me miraba con esos ojos divertidos que tenía, siempre riendo o burlándose. Tuve una seria conversación con él: lo exhorté a que no volviera a cometer esos actos de necrofilia. En caso contrario, tendría que comer los fríos y secos pellets.

A Galileo no le gustaban la noche ni las estrellas. Era un callejero de día. Gracias a su excelente olfato, salía todas las mañanas a ver a una afgana vecina y regresaba con unos tiritones de amor que ni la cazuela caliente le aliviaba. Suspiraba y entraba a su casa, callado y soñador.

Un día, Galileo fue a visitar a su amiga y no volvió. Lo buscamos por el barrio, pusimos carteles, Natalia y Paulina lo llamaban a viva voz por las noches: ¡Galileo, Galileo! A veces, Leo venía corriendo, preguntando lo de siempre: ¡¿Qué pasó, por qué me llaman?! Y las niñas respondían: “No te llamamos a ti, llamamos a Ga-li-leo, quizás nos escuche y vuelva”. Pero el perro no volvió y las chicas lo lloraron tanto: pena, penita, pena. Natalia escribió una oda magnífica de título “No volberás”, y le hizo una ceremonia en el sector del limón y el gran agave. Allí enterró su escudilla y su hueso de goma, junto al fantasma de Lazo de Oro y los escalares tropicales, los celosos beta, y otros peces cuyos nombres no recuerdo.

En esa misma época, perdimos a la pequeña Elisa, nuestra preciosa niña que no alcanzó a ver el mundo. Todos nos sumimos en un silencio de meses; quizás, años. No fueron necesarias las lágrimas para definir la tristeza y el vacío de la cuna forrada en género amarillo, de los zapatitos de lana, del móvil de gorriones de cartulina que yo le había hecho. Elisa vive en mi corazón, mínima y dulce, en su infancia eterna.

2 Comentarios:

siempreconhistorias lunes, junio 16, 2008  

Qué triste, Lilian. Bien conozco como exniña las pérdidas de animales, los funerales sentidos, las búsquedas interminables. Bien conozco como madre las sustituciones de peces, las sepulturas en macetas, las cajitas y las cruces de llorados animales. No me ha llegado aún la etapa de la habitación vacía, de la sombra de las fotos de la ruptura del cordón. Tengos dos hijos, con o, y muy pequeños (siete y cinco) para mi edad. Sí conocí la pérdida (quién no) de la niña que no despertó a este mundo. Qué triste; Lilian. Qué cierto.
Un abrazo,
Iza

Demian martes, junio 17, 2008  

te quiero lili!

y aunque se te esten llendo toda tu prole, porque crece. Yo aun soy pequeñito y te ire a ver todos los martes.

PD: X) Yo nunca conocí al Galileo, como a la natalia chica.

besos

nos vemos hoy día

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