La seducción o los abismos superficiales



Por Jean Baudrillard

La seducción no es un tema que se oponga a otros, o que resuelva otros. La seducción es lo que seduce, y basta.
Inicialmente, casi un juego de palabras: nos dicen que todo funciona con la producción, ¿y si todo funcionara con la seducción?
Un juego de palabras siempre es un desafío, y aludir a la seducción en una era triunfante de producción apareja también un desafío teó­rico. El desafío, y no el deseo, aparece en el corazón de la seducción. Es aquello a lo que no se puede dejar de responder, mientras que sí es posible no responder al deseo. Nos arras­tra más allá de cualquier contrato, más allá de la ley del cambio, más allá de las equivalen­cias, en una puja que puede no tener fin. El desafío, la seducción, son lo que, mucho más que el principio del placer, nos arrastran más allá del principio de realidad.
La seducción no es lo que se opone a la pro­ducción, sino lo que la seduce; de la misma manera que la ausencia no es lo que se opone a la presencia, sino lo que la seduce, el mal no lo que se opone al bien, sino lo que lo seduce, o lo femenino no lo que se opone a lo masculino, sino lo que lo seduce. Cabe imaginar una teoría que trate de los signos, de los términos y los valores en su atracción seductora, y no en su contraste u oposición regulada. Que rompa definitivamente la especularidad del signo, y en la que todo se juegue ya no en términos de distinción o equivalencia, sino de duelo y reversibilidad. En suma, una teoría seductora del lenguaje.
Abundan los ejemplos de esta operación seductora, de este relámpago de la seducción que funde los circuitos polares del sentido. Así, en la cosmogonía antigua, los elementos -agua, tierra, fuego, aire- no eran elementos distintivos de una clasificación, sino elementos atractivos que se seducían mutuamente: el agua seducida por el fuego, el fuego seducido por el agua. La seducción es la dinámica elemental del mundo. Dios y los hombres no están separados por el abismo moral de la religión: juegan continuamente a seducirse, y sobre estas relaciones de seducción, de juego, se sustenta el equilibrio simbólico del mundo. Todo esto ha cambiado mucho para nosotros, por lo menos en apariencia. Pues, ¿qué queda del bien y el mal, de lo falso y lo verdadero, de todas grandes distinciones útiles para descifrar el mundo y mantenerle bajo el sentido? Todos estos términos, descuartizados a costa de una energía loca, están siempre dispuestos a abolirse el uno al otro ya hundirse para nuestra mayor alegría. La seducción precipita al uno contra el otro, les reúne, más allá del sentido, en un máximo de intensidad y encanto.
Jamás nos seducen los signos distintivos, o los plenos. La seducción aparece en signos vacíos, ilegibles, insolubles, arbitrarios, fortuitos, que pasan ligeramente de lado, que modifican el índice de refracción del espacio. Signos sin sujeto de enunciación ni enunciado, signos puros, en tanto no son discursivos ni sustentan un intercambio. Los protagonistas de la seducción no son ni locutor ni interlocutor, permanecen en una situación dual y antagonista; de la misma manera que los signos de la seducción no significan, sino que son del orden de la elipsis, del cortocircuito, de la agudeza
Siempre ha habido confusión entre el signo distintivo, el discursivo, el de la lingüística, y el otro signo, el trazo. La lingüística siempre ha fracasado (afortunadamente) al entender lo que constituye la seducción de un poema, de una historia, de un chiste (Saussure lo ha presentido en los "Anagrammes", pero precisamente porque entonces era anagramático, y todavía no lingüista o semiótico, presintió la inmanente reversibilidad del signo, la que ocasiona que en el poema el lenguaje se consuma a sí mismo en su rodeo).
El psicoanálisis también ha fracasado en explicar el carácter típico de seducción de una neurosis, de un sueño, de un lapsus, de la propia locura, porque justamente la seducción no es del orden de la fantasía ni de la inhibición, ni del deseo. El psicoanálisis sólo ve en todas partes síntoma; es la conciencia infeliz del signo.
Así, en La Gradita, de Jensen, recuperada y analizada por Freud, el pie de la joven es el rasgo de seducción, la actitud de ligereza que le confiere el ángulo vertical del pie con el suelo. Ese signo funciona como seducción pura, como signo puro, y es un contrasentido pretender atribuirlo a la infancia, o al inconsciente inhibido, para así convertirlo en el simple medium de las fantasías de Harold. El signo cae de la seducción a la interpretación, y al mismo tiempo cae también el propio Harold de la esfera encantada de la seducción a la esfera de lo real y lo matrimonial. Bonito ejemplo del desencanto de la interpretación, de la malversación que puede ejercerse en nombre de cualquier disciplina, incluso el psicoanálisis, sobre el rasgo de seducción.
El rasgo de seducción es más que un signo. Igual que la mirada, cuya fuerza procede justamente de no ser un intercambio, sino un momento dual, un rasgo dual, instantáneo, sin desciframiento. La seducción sólo es posible por este vértigo de reversibilidad (también presente en el anagrama) que anula cualquier profundidad, cualquier operación de sentido en profundidad: vértigo superficial, abismo superficial.
La superficie y la apariencia son el espacio de la seducción. Al poder como dominio del universo del sentido se opone la seducción como dominio del reino de las apariencias. Nos empeñamos en escapar de las apariencias y mimamos la profundidad del sentido. Así es la ley: todo ser, toda cosa debe mimar celosamente su sentido, y alejar las apariencias como maléficas. La seducción es maldita (aunque éste no es el menor de sus encantos).
En tales condiciones, sólo ciertas cosas excepcionales, y en momentos excepcionales, acceden a la pura apariencia, y sólo ellas son seductoras. Toda la estrategia de la seducción consiste en llevar las cosas a la apariencia pura, en hacerlas brillar y vaciarse en el juego de la apariencia (juego que tiene sus reglas, su ritual eventualmente riguroso). Literalmente estamos sometidos a la necesidad de "pro-ducir" las cosas, pues han caído, bajo el peso del sentido, a la profundidad. Por tanto, es preciso rescatarlas y devolverlas al orden de lo visible. De pronto, el secreto no es nada para nosotros, y sólo importa lo visible. Así que podemos imaginar un mundo en el que basta con seducir las cosas, o hacerlas seducir entre sí.
En todas partes se intenta producir sentido, hacer significar el mundo, hacerlo visible. Sin embargo, el peligro que corremos no es su carencia: al contrario, el sentido nos desborda y perecemos en él. Cada vez caen más cosas al abismo del sentido, y cada vez hay menos que mantengan el encanto de la apariencia.
Las apariencias tienen algo de secreto, precisamente porque no se prestan a la interpretación. Permanecen insolubles e indescifrables. La estrategia inversa, la de todo el movimiento moderno, es "liberar" el sentido y destruir las apariencias. Acabar con las apariencias ha sido siempre la tarea esencial de las revoluciones. No expreso aquí ninguna nostalgia reaccionaria. Simplemente intento recuperar un espacio del secreto, al ser la seducción lo que hace circular y moverse la apariencia como secreto.
¿Qué hay más seductor que el secreto? Ya he dicho lo mismo del desafío y de la agudeza, pero, precisamente, todas estas cosas forman parte de la constelación de la seducción. Así como la seducción es un desafío al orden de la producción, el secreto es un desafío al orden de la verdad y el saber.
No se trata aquí de algo guardado en secreto, pues esto no haría más que exacerbar la voluntad de saber, e incesantemente intentaría aparecer bajo las especies de la verdad. Ahora bien, la verdad no tiene nada de seductor. Sólo es seductor el secreto que circula no como sentido oculto, sino como regla de juego, como forma iniciática, como pacto simbólico, sin que ninguna clave interpretativa, ningún código, acuda a resolverlo. Por otra parte, nada hay por revelar -nunca lo repetiremos suficientemente: JAMÁS HAY NADA QUE PRO-DUCIR-. Pese a todo su esfuerzo materialista, la producción sigue siendo una utopía. Por mucho que nos empeñemos en materializar las cosas, en hacerlas visibles, jamás resolveremos su secreto -ahí está la paradoja de una producción que ha errado su finalidad, y que, por consiguiente, sólo consigue exacerbarse a sí misma en una extraña impotencia-. Los mismos protagonistas del secreto no podrían traicionarlo, ya que sólo constituye un acto ritual de complicidad, de reparto de la ausencia de verdad, de reparto de las apariencias. En la seducción, reencontramos el ejercicio de este reparto y el profundo placer que lo acompaña.
Así en Kierkegaard (El diario de un seductor), la muchacha es una fuerza enigmática, y el proceso de seducción es la resolución enigmática de esta fuerza, sin que jamás sea revelado su secreto. Si éste fuera revelado sería el sexo y la clave de la historia sería la sexualidad, si es que tiene alguna. Pero no la tiene, y en este punto se engaña, y nos ha engañado, el psicoanálisis. La seducción permanece más allá del final de la historia, es decir, más allá de la determinación del sexo y su verdad, un duelo y una resolución enigmática.
Cabe imaginar, por tanto, que, en la seducción amorosa, el otro es el lugar de nuestro secreto -el otro es quien posee, sin saberlo, lo que jamás nos será dado saber-. No es, por consiguiente (como en el amor), el lugar de nuestra semejanza, ni el tipo ideal de lo que somos, ni el ideal oculto de lo que nos falta, sino el lugar de lo que se nos escapa, por el cual nos escapamos de nosotros mismos y de nuestra verdad. La seducción no es el lugar del deseo (y por tanto de la alienación), sino del vértigo, del eclipse, de la aparición y la desaparición, del centelleo del ser. Es un arte de la desaparición, en tanto el deseo siempre es un deseo de muerte.
El secreto jamás es lo inhibido. Jamás es "todo lo que no sabes y te gustaría saber sobre ti mismo y sobre el sexo"" (Woody Allen), sino lo que ya no pertenece al orden de la verdad. Lo que, por exceso de sí mismo, se retira de sí, se sume en el secreto y absorbe lo que le rodea. Vértigo inmediatamente contagioso: la seducción pasa por el goce sutil que experimentan los seres y las cosas en permanecer secretos en su propio signo, mientras que la verdad pasa por la pulsión obscena de forzar los signos a decirlo todo.
La seducción no se limita a girar en torno a la regla fundamental, ES la regla fundamental, y sólo existe si jamás es dicha. Pensemos en la provocación, contrario y caricatura de la seducción. Dice: «Sé que quieres ser seducido, y te seduciré...» Traiciona la principal regla secreta. Nada menos seductor que una sonrisa o un comportamiento provocativo, ya que suponen que no es posible ser seducido naturalmente y que hace falta un chantaje o una declaración de intenciones: "Déjame seducirte..."
La seducción no es deseo, sino lo que juega con el deseo y se burla del deseo. Lo que eclipsa el deseo, le hace surgir y desaparecer, levanta las apariencias delante de él para precipitarle a su propio fin. Brahma comenzó por formar, con su propia sustancia inmaculada, una diosa conocida bajo el nombre de Sharatuya. Cuando vio a esta admirable hija salida de su propio cuerpo, se prendó de ella. Sharatuya (que tiene cien formas) se alejó hacia la derecha para evitar su mirada, pero inmediatamente apareció en este lado una cabeza en el cuerpo del dios. Y cuando Sharatuya se volvió a la izquierda y pasó detrás de él, surgieron dos nuevas cabezas. Voló hacia el cielo: se formó una quinta cabeza. Brahma dijo entonces a su hija: "Demos vida a todo tipo de criaturas animadas, hombres, suras, asuras." Al oír estas palabras, Sharatuya descendió a la tierra. Brahma la desposó y se retiraron a un lugar secreto, donde vivieron juntos durante cien divinos años...
Estrategia de la ausencia, de la esquiva, de la metamorfosis. Virtualidad de sustitución ilimitada, de encadenamiento sin referencia. Desconcertar, colocar trampas que dispersen las evidencias, que dispersen el orden de las cosas y el orden de lo real, que dispersen el orden del deseo... Desplazar liberamente las apariencias para llegar al corazón vacío y estratégico de las cosas. Es la estrategia de las artes marciales orientales: jamás mirar frontalmente al adversario ni su arma, no verle jamás, mirar al lado, al punto vacío desde el cual se lanza, y golpear allí, en el corazón vacío del acto, en el corazón vacío del arma. Lo mismo que hace el carnicero de Chuang-Seu: no mirar jamás el buey, apartar la evidencia del cuerpo del buey, para alcanzar el vacío intersticial que articula los órganos, y llevar allí la hoja del cuchillo.
Lo mismo ocurre con el deseo en la seducción: no tomar jamás la iniciativa del deseo, así como tampoco la del ataque. El primero en atacar está perdido, el primero en desear está perdido. No oponer nunca su deseo al del otro, sino apuntar al lado, a falta de la apariencia, o también atraparle en su propia trampa. Para la seducción, el deseo no existe. Así como tampoco el azar para el jugador. En el mejor de los casos, es la que permite jugar: una baza. Es lo que debe ser seducido, como el resto, como Dios, como la ley, como la verdad, como el inconsciente, como lo real. Tales cosas sólo existen en el breve instante en que se las desafía a existir, sólo existen por el desafío que les formula precisamente la seducción, que abre ante ellas una sima sublime, a la que acudirán sin cesar a precipitarse, en un último resplandor de realidad. Pensándolo bien, nosotros mismos sólo existimos en el breve instante en que somos seducidos, sea lo que sea lo que nos arrastre: un objeto, una cara, una idea, una palabra, una pasión.
Ahí radica la atracción del cuerpo negro de la seducción. Las cosas parecen seguir su verdad lineal, su línea de verdad, pero encuentran su apogeo en otra parte, en el ciclo de las apariencias. Las cosas pretenden ser rectas, como la luz en un espacio ortogonal, pero todas tienen una curva secreta: la seducción es lo que sigue esta curva, y la acentúa sutilmente hasta que, siguiendo su propio ciclo, alcanzan el abismo superficial en el que se resuelven.
Raras son las cosas que alcanzan la apariencia pura. Y, sin embargo, cabe pensar que la seducción es la dimensión ineluctable de todo. No es necesario escenificarla como estrategia. Las cosas se inician por sí mismas a esta regla fundamental, a esta convención superior que ordena una baza distinta de lo real. Todos nosotros, al igual que todos los sistemas, sentimos la avidez de desbordar nuestro propio principio de realidad y refractarnos en otra lógica.
Así, el dinero es seducido en el juego: desviado de la ley del valor, se convierte en una sustancia de puja y desafío. Así, el deseo se convierte en la baza de otro juego que le supera, y del cual los protagonistas del deseo sólo son figurantes. Así, la misma ley moral puede ser seducida: en la perversión, entra como elemento táctico en un espacio ritual y ceremonial; la perversión consiste en hacer funcionar la ley moral como pura convención, y lo divino como artificio diabólico.
El principio de reversibilidad, el mismo de la magia y la seducción, se expresa en la obligación de que todo lo producido debe ser destruido, de que todo lo que aparece debe desaparecer. Hemos olvidado el arte de la desaparición (el arte a secas siempre ha sido una poderosa palanca de desaparición: poder de ilusión y de negación de lo real). Saturados por el modo de producción, debemos recuperar los caminos de una estética de la desaparición. La seducción forma parte de ellos: es lo que desvía, lo que aleja del camino, lo que hace ingresar lo real en el gran juego de los simulacros, lo que hace aparecer y desaparecer. Casi podría constituir el signo de una reversibilidad original de las cosas. Cabría defender que antes de haber sido producido el mundo ha sido seducido, que sólo existe, al igual que todas las cosas y nosotros mismos, por haber sido seducido. Extraña precesión, que sigue planeando actualmente sobre toda realidad: el mundo ha sido desmentido y desviado originalmente. Es imposible que jamás se verifique o reconcilie consigo mismo, ya que en su origen ha sido desviado. La negatividad histórica no es más que una piadosa versión de las cosas. La desviación original sí es auténticamente diabólica. A la utopía del Juicio Final, complementaria de la del bautismo original, se oponen el vértigo de la simulación, el arrobo luciferino de la excentricidad del origen y el final. Toda nuestra antropología moral -del cristianismo a Rousseau, del pecado original a la inocencia original-, resulta falsa. Lo que debe sustituir al pecado original, no es la salvación final ni la inocencia, sino la seducción original. El hombre no es culpable ni inocente: es seducido y seduce. Culpable o inocente, es su estatuto de sujeto -seducido y seductor-, es su destino de objeto, su destino objetivo. No cuesta adivinar cuán maniquea es toda esta teoría. Evocar la seducción equivale a profundizar nuestro destino de objeto, y tocar el objeto, equivale a despertar el principio del Mal.
Así pues, la seducción sería ineluctable, y la apariencia siempre victoriosa. Es cierto que asistimos a una proliferación de sistemas de sentidos e interpretación que pretenden despejarle el camino a una operación racional del mundo. La interpretación hace estragos por todas partes, y, según parece, está dotada de una violencia destructora; el psicoanálisis es, sin duda, junto con la teoría del deseo y la inhibición, el último y más hermoso de los grandes sistemas de interpretación. Al mismo tiempo, se comprueba que todos estos sistemas están incapacitados para producir cualquier cosa dotada de una determinada verdad u objetividad. En el fondo, todo ya está ahí, en esa desviación maléfica, en la imposibilidad para cualquier sistema de sustentarse en la verdad, de romper el secreto y de desvelar lo que sea. El discurso de la verdad es simplemente imposible. Se escapa a sí mismo. Todo escapa a sí mismo, todo se ríe de su propia verdad, todo se escapa por el lado de la seducción.
La obsesión por desnudar la verdad, por llegar a la verdad desnuda, que impregna todos los discursos de interpretación, la obsesión obscena por alzar el secreto es exactamente proporcional a la imposibilidad de conseguirlo jamás. Cuanto más nos acercamos a la verdad, más retrocede ésta hacia el punto omega, y más se refuerza la obsesión por alcanzarla. Pero esta obsesión no hace más que hablar en favor de la eternidad de la seducción y de la impotencia para acabar con ella.
El actual sistema de disuasión y simulación consigue neutralizar todas las finalidades, todos los referenciales, todo el sentido, pero fracasa en neutralizar las apariencias. Controla eficazmente todos los procedimientos de producción del sentido, pero no controla la seducción de las apariencias. Ninguna interpretación puede explicarla, ningún sistema puede abolirla. Es nuestra última oportunidad.
Existiría a ese respecto, una estrategia contemporánea de la seducción contra los procesos, policiales, informáticos, de localización y búsqueda cada vez más sofisticados, incluida la localización biológica y molecular del cuerpo, contra todos los procesos de identificación (que han sustituido a los de alienación), de identidad forzada, de detección y disuasión.
-¿Cómo se maquilla?
-¿Cómo se disimula?
-¿Cómo se encuentra una exhibición en el adorno, el silencio, el juego de los signos, la indiferencia, en una estrategia de las apariencias?
La seducción como invención de las estratagemas del cuerpo, como maquillaje de supervivencia, como dispersión infinita de las trampas, como arte de la desaparición y la ausencia, como disuasión aún más poderosa que la del sistema.
Los poderes maléficos que ha levantado contra Dios, contra la moral, los poderes del artificio y del Genio Maligno del disimulo y la ausencia, del desafío y la reversión que siempre ha encarnado y por los cuales ha sido maldecida, la seducción puede reinventarlos actualmente contra el dominio terrorista de verdad y verificación, de localización y programación que nos rodea. La seducción continúa siendo la forma encantada de la parte maldita...
***


En: BAUDRILLARD, Jean. El otro por sí mismo. Anagrama, Barcelona, 1997.
(Ed. Original: L’autre par lui-même (Habilitation), Éditions Galilée, París, 1987).


Imagen: Roy Lichtenstein.

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