Ese objeto de papel



Un pajarito me contó que un amigo lejano tiene intenciones de vender su biblioteca. ¿Cuántos libros tendrá? ¿Más de tres mil? Imagino que se trata de una colección importante, donde abundan las novelas, los cuentos, los diccionarios, los mamotretos, los de hojas amarillas, desgastadas por el tiempo, los de lomo con letras doradas y gruesas tapas (hardcover le llaman los siúticos), los pequeños que llegan por correo postal, atravesando el océano, escapándose del afán catalogador de Bartebly. Cada uno de esos libros debe tener una historia: los heredados, los regalados, los comprados; incluso, los robados.
Lo digo ahora, sin más rodeos: No vendas tus libros. Yo no los conozco, pero tú sí y les tienes aprecio; no me vengas con la cantinela del papel inservible. Podrías negociar con el diablo, pero no te deshagas de tu propia vida. ¿Cuánto te van a dar? Quizás, como en la película, veintiún gramos, lo que pesa tu alma.
Deshacerse de ellos es lo mismo que la soledad más absoluta, ésa que llega a silbar de tan silenciosa que es. Sin los libros te quedarás ciego, y con dinero en los bolsillos. A las pocas horas comenzarás a extrañarlos y mirarás los estantes inservibles y te acercarás para pasar un dedo y dejar una mínima huella en el polvo.
Más de alguna vez he contado que mi casa se incendió y se me quemaron dos mil libros. Los que no ardieron, se mojaron por obra y gracia de los bomberos, y florecieron como repollos ahumados. Llegó el momento de la gran decisión: cuál botar a la basura y cuál salvar a como diera lugar. Los últimos fueron muy pocos: Muerte y fulgor de Joaquín Murieta, de Pablo Neruda; El psicoanálisis del fuego, de Gastón Bachelard, una antología poética de Rafael Alberti, Los asesinados del Seguro Obrero, de Carlos Droguett. Al tacho se fueron los más amados por mí: Las diez ediciones distintas que tenía de Rayuela, de Julio Cortázar; las Obras completas, de J.L. Borges; C’est tout, de Marguerite Duras; Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.
Mi poesía inédita, la escrita entre los trece y veintitantos años, simplemente desapareció, junto con todas mis fotos familiares, esas imágenes que me permitían decir: yo fui una niña feliz jugando en la playa, mi hermano reía aquella vez en el bosque, papá y mamá se querían aquel día en el Cerro San Cristóbal.
Nunca tuve tanto miedo como en ese entonces. No tenía pasado, salvo el de la fugaz memoria. Qué me importaban el refrigerador, la licuadora, el comedor con sus seis sillas. Nada. Sólo quería de vuelta mis poemas y mis fotos.
Poco a poco, con el paso de los años, fui recuperando algunos. Mis amigos /as escritores/as me ayudaron muchísimo en esta empresa. Nunca olvidaré a Carola Rivas llegando a mi casa con un gran canasto de mimbre repleto de libros, crema humectante y un espejo. Y a Diego Muñoz Valenzuela cuando me invitó a cenar, me hizo pasar a su biblioteca y me dijo: “Elige lo que quieras”. Y a Jorge Ramírez llamándome por teléfono y avisándome que había encontrado una copia de unos poemas míos en el baúl donde guardaba sábanas y ropa vieja.
Después, a una se le ocurre mudarse por enésima vez, y llega el instante del odio que, como un relámpago, te ilumina la mente de acciones perversas. Guardar libros en cajas de cartón es la actividad más repugnante que conozco. Primero, hay que conseguírselas y tener kilos de cinta de embalaje, bien resistente para que la susodicha caja no se desfonde. Segundo, hay que rotularlas con un plumón de color negro o rojo. Si el conjunto de libros es inclasificable, pues bien, hay que escribir: flecha hacia arriba y frágil.
Pero el odio pasa y vuelve el amor a embriagarte de ese olor único del libro antiguo o el que contiene, perdida entre sus páginas, una carta escrita a mano, perfumada de tinta, lágrimas y buenos deseos.
¿Qué más puedo decir? Que soy una fetichista de los libros ya todos lo saben. Que el libro es caro, también. Que no puede seguir siendo un objeto de lujo. Que es inevitable el furor de los e-books, aunque nunca podrán reposar arriba de tu pecho (o de tu cara) cuando te quedas dormido, como lo hacen tus libros preferidos.
No los vendas, amigo. Después no hay antes. Hay vacío.

15 de julio del 2008

13 Comentarios:

montserratona,  martes, julio 15, 2008  

cuántos y cuántos libros habré tirado, en todos mis traslados? algunos porque sí, otros obligada... pero siempre he guardado algunos, mi viejo "rayuela", firmado por su autor. mi viejo "100 años de soledad".... libros que había marcado y subrayado y que ahora capaz que no me dicen nada, pero que forman parte de mi vida... "tantos libros y tan poco tiempo..."

J.Yanes jyanes@ull.es miércoles, julio 16, 2008  

¡Ay la locura por los libros! Yo tengo por ahí un tipo de lector/a que llama "Clasico":
Clásico, a.: Lector aristocratizante que sigue el canon clásico de la lectura: privacidad, sigilo, meditación. Posee una biblioteca privada que trata de imitar las emblemáticas bibliotecas personales de Erasmo y Montaigne. Vive en una mansión. Si en lugar de mansión tiene un pisito, aunque mantenga intacta su refinada pasión, los libros suelen andar atrabancados por toda la casa, en los armarios, debajo de la cama o en la nevera. La situación llega a ser grave cuando también se ve obligado a colgarlos de las ventanas como guirnaldas de flores.
¡Jamás tirar un libro, aunque no echen de cas y no sepamos dónde demonios meterlo!

Dédalus miércoles, julio 16, 2008  

Fíjate, en lo que a mí me sucede con este tema: Que me precio de tener una hermosa biblioteca... cada vez menor. Tuve cerca de mil quinientos libros y ahora rondo la mitad. Mi meta está en no superar los trescientos y en morirme con ellos. Cada vez menos, cada vez los mejores.
Te escribiría una carta, si fuera el caso, para contarte que con el tiempo necesito vaciarme, desposeerme, quitar contenido a lo superfluo, soltar amarras del discurso arbóreo, volverme esencial. Esa cosecha a la que ambos pertenecemos, nos hace crecer como sarmientos, con nudos que se enredan y nos deparan extrañas maneras de crecer que nunca cantes concebimos. Ahí estoy, es decir aquí, querida Lilian... y desde aquí te escribo. Con mucho cariño.

Besos.

P.S. Pero si yo hubiese pasado por la terrible experiencia de un incendio devastador, quién sabe si ahora no me haría llamar Noé y recorrería mi vida en una canoa de madera, amarrado a mis pocas pertenencias.

Dédalus miércoles, julio 16, 2008  

Oh, perdona Lilian, se me olvidaba: Pero nunca vendí un libro, ni creo ir a hacerlo ya, salvo por causas muy extremas. Suelo regalar los menos malos (con advertencia previa) y los peores los encarcelo en esas horribles cajas de cartón que tú comentas, y de las cuales tal vez nunca debieron salir en precedentes mudanzas.

¿Admite tu cupo otro beso?

Abol miércoles, julio 16, 2008  

No tengo estanterías suficientes para los libros. Es horrible tener doble fila en cada repisa. En mi mesa de noche tengo una pila; a veces caen al suelo.
En cuanto al desprendimiento, puedo decir que sí, lo soy. He regalado muchos de mis libros; he prestado, sabiendo que no volverán más.Hace mil lunas atrás robé un Ulises en dos tomos. No tenía un puto peso, mis zapatos estaban rotos, era invierno; era tan joven. Y escondí los libros en el poncho. Viajé con ellos a Estados Unidos. Allá cambié los dos tomos en español por una edición en inglés que aún "vive". Salí ganando: la traducción era pésima.
PS: El Ojo admite infinitos besos.
Por eso: muac para Dédalus y chuic para el Canario.

pau miércoles, julio 16, 2008  

Nunca los vendo, ni siquiera los que coleccioné de pequeño, no podría; eso sí, a mi hija se los regalo. De vez en cuando hago que entre en mi librería y escoja algunos, ya no caben en ella; además es tan honesta que me los devuelve aumentados con alguno de regalo, siempre buenos.
Hoy comento, no porque el tema me guste más que otros, sino porque admite comentario; eso según mi percepción, claro.
Un abrazo.

Delfín,  miércoles, julio 16, 2008  

Lilian, gracias por tu visita.

Te aviso que ya te agregué en la sección de enlaces de minificciones.

Te dejo un saludo y nos seguimos leyendo!

Delfín

siempreconhistorias miércoles, julio 16, 2008  

Pánico siento yo a botar cualquier libro. Lo hice alguna vez, claro, y me quede sola; quiero como Dédalus desprenderme y pienso en Cortázar de ARgentina a París con sólo un tomo, pero siento real miedo. Mi comentario de hoy se basa,sin emmbargo, no en los libros sino en la pérdida de las fotos. Terrible pérdida conocida que te deja sí la memoria sola. En herencias mal-llevadas siempre he pedido los álbumes de fotos familiares- no las joyas, ni los cristales. A veces no reconozco a los figurantes, pero me encuentro.
Un abrazo con aplauso para todos y todos para Lilian.
Izaskun.

Abol miércoles, julio 16, 2008  

Delfín, yo también te enlacé. Lo bre si bue...
Canariza: las fotos... Han pasado ocho años. Una se acostumbra a todo, incluyendo las pérdidas.
Un abrazo, L.

Dinora viernes, julio 18, 2008  

Todos mis libros son grandes amigos, no me ha pasado por la cabeza deshacerme de alguno, sería una gran pérdida

Un placer visitar tu espacio, vengo desde El Alfeizar ;)

Saludos!

Abol viernes, julio 18, 2008  

Más bibliotecas: les recomiendo el artículo de Rocío Silva Santisteban, escrito en su blog Kolumna Okupa. Léanlo:
http://kolumnaokupa.blogsome.com/2008/07/17/mi-biblioteca/

Gracias por tu visita, Dinora.

Alejandro Gelaz,  sábado, julio 19, 2008  

En mis mudanzas, exilios y transumancias he dejado atrás varias bibliotecas. Uno se jura nunca más poseerlos, para evitar el dolor de su abandono posterior. Pero el fracaso del propósito es inevitable, pues quién puede resistirse al aroma de un volumen adquirido en un mercado de pulgas, al perfume de áquel en el que uno descubrió algo fundamental para continuar camino. Un libro es un gurú, un compañero, una utopía escondida en el interlineado. Una segunda lectura es un nuevo libro, un aroma de vanguardia camuflado entre palabras viejas. Definitivamente no los vendas.

Abol domingo, julio 20, 2008  

Qué emotivo lo que escribiste,Alejandro.Larga vida al libro y larga vida al lector. Y que los editores no trapeen el suelo con nosotros.
Un abrazo.

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